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Sí, ojalá algo cambie

PASABAN ARPOXIMÁDAMENTE unos quince minutos de las tres de la madrugada. Era sábado, 23 de julio. Calle 12, esquina con Avenida Clairmount. Detroit, 1967. Antes de ese momento, el ambiente en el local sin licencia era festivo. Se celebraba el regreso a casa de dos soldados movilizados para combatir en Vietnam. Negros.

Casa, porque el estado norteamericano no puso, en su día, objeciones de ninguna clase para considerarlos ciudadanos de pleno derecho a la hora de enviarlos a una guerra perdida.

Imagen de la película 'Detroit'. EPNegros, porque en casa, en Detroit (Michigan), en ese barrio, eran otra cosa.

La redada de esa noche era una cuestión más que habitual. Acción rutinaria. Entraban unos cuantos policías blancos, clausuraban el local y se llevaban a unos veinte negros en un furgón. Los golpes, el maltrato, la humillación, no se notifica ni se investiga ni se cuenta. Sólo se ve. Si se quiere ver. O se sufre, quieras o no quieras.

Lo habitual no es noticia, ni siquiera es sorpresa, vive enmarañado en la cotidianidad egoísta de una sociedad apática.

Sin embargo, aquel sábado, no había veinte negros, había ochenta y tantos, porque estaban festejando la vuelta de dos héroes de la patria —aparentemente sanos y salvos—. Negros. Los policías irrumpieron con la violencia acostumbrada de aquellos que se creen amos de la tierra. Blancos. El cuerpo policial podía presumir y presumía del siguiente porcentaje abrumador: un 93% de blancura, luminosidad y verdad en sus filas.

Contra el muro del edificio, esperaban su turno para entrar en el furgón. Eran demasiados, hacían demasiado ruido, los policías empezaban a ponerse nerviosos y los vehículos habituales no eran suficientes para meter a tanta gente. Hubo que llamar a más. Los vecinos se asomaron a las ventanas, salieron a la calle, gritaron ya basta y fuera Policía y cosas por el estilo. Algunos recogían piedras o ladrillos en su avance. Los policías se llevaban la mano a la pistola. Para asegurar.

La calle desierta de primeras horas ahora se tornaba en un escenario amenazador. Miedo. Pero también desesperación. Hartura. También el liberador paso hacia una rebelión tanto tiempo encerrada, silenciada. Con esa tensión loca que produce el cautiverio.

Poco más tarde, lo que estaba sujeto, se desató.

El lado blanco lo llamó disturbios raciales —los famosos disturbios del 67, en Detroit—. Del 23 al 28 de julio murieron 43 personas (33 negros/10 blancos); 2.509 negocios fueron incendiados o saqueados o ambas cosas; 388 familias desplazadas por la destrucción total de sus viviendas; hubo más de 2.000 heridos y más de 7.000 detenidos. Luego, la ira se extendió a otros estados, y algunos comenzaron a calificarlo de rebelión.

A unas manzanas más allá de la calle 12, dos días después de la redada, con el barrio envuelto en fuego, humo negro, furor y desintegración, en un motel —el Algiers— representantes de la Guardia Nacional y algún miembro del Ejército que, tan convenientemente, el presidente Lyndon Johnson había enviado para controlar el levantamiento, todos ellos blancos, retenían a un grupo de jóvenes que se estaban divirtiendo y, de paso, huían del tumulto. Los jóvenes negros, ya se sabe, no son conscientes de su propia inferioridad. En seguida se ponen a bailar y cantar a pesar de las circunstancias. A los cuerpos de seguridad les sorprendió desagradablemente encontrar a dos chicas blancas en medio de aquella fiesta. Una impureza. Tres fueron asesinados, los demás torturados durante horas en un juego macabro de vida o muerte.

Hubo un juicio contra los asesinos. Fueron absueltos.

Cincuenta años después, Kathryn Bigelow hace una película, la titula Detroit y lo cuenta. El Oscar se lo dan a una de un bicho verde que se enamora de una chica muda porque dicen que eso es pura poesía.

La directora declaró en una entrevista: "Para mí no hacer nada contra el racismo no es una opción" y: "Esta historia necesitaba de diálogo" y: "Si la película puede generar una discusión sobre el racismo, será positiva y significará mucho. Ojalá pueda hacer que algo cambie". Pues eso.

Sí, ojalá algo cambie
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