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A modo de cuento (segunda parte)

 

FUE DURANTE una temporada que empecé a darle muchas vueltas a mi papel concreto dentro de la pareja. Éramos dos, éramos uno, éramos piezas recortadas de nosotros que encajábamos en un puzzle novedoso y excitante, éramos sujetos en transformación que coincidíamos por momentos brillantemente señalados, éramos solo objetos del azar desembocando en un mismo camino, en una misma carretera que luego, como se vio, dejó paso a una autovía, mucho más nueva, mucho más rápida, presta a nuevas combinaciones en las que una ya no sale porque una ya no está. Se van multitud de cosas, cuando se va uno. Y ya no me refiero a las personas, a las relaciones que se pierden cuando se rompe el eslabón. Se van cosas de ti que cuando las tienes, no te importan demasiado y cuando las pierdes notas su ausencia. Cosas que hubieras compartido, pensamientos absurdos, alguna ocurrencia graciosa, ideas rebuscadas o propuestas locas cuyo objetivo final hubiera sido hacer algo así como un mundo mejor. Sueños y orgullo. Deseos y una ambición un poco perezosa y un poco tierna, como si necesitara de cuidados para hacerse real. Todo eso se va de ti y se queda en ti. No sé si me explico. Se queda porque no tiene sentido decirlo en alto cuando no hay nadie para escucharlo. Lo sigues pensando pero no lo pronuncias. Parece insuficiente, poco trascendente. Después de darle algunas vueltas, he llegado a la conclusión de que ese es el momento crucial en el que empieza la soledad. El instante en que te dices las cosas a ti misma sin que salgan por tu boca. A partir de ahí, podrían sellártela y no pasaría nada, nadie o casi nadie se daría cuenta.

No he sido capaz de decidir todavía si son más terroríficas las noches o los amaneceres. En el bar de carretera, digo. Durante las horas de oscuridad, aunque se puede reducir al mínimo, siempre queda un ruido en alguna parte que te mantiene en el mundo. Si suena lo que sea, y si lo puedes oír, estás salvada. Siempre algún coche atraviesa la autovía y corta el silencio permitiéndote pensar que aún no estás del todo fuera, que quizá el siguiente tenga hambre, o frío, o esté cansado de la lluvia, y la flecha luminosa venga a su encuentro para salvarlo también a él. El destino, pienso durante esas horas, también está hecho para los otros, no solo para mí. Entonces, con un poco de suerte, puedo dormir tranquila un poco más. Las madrugadas, en cambio, no son buenas en ningún sentido. Hay un margen en el que no escuchas absolutamente nada y si estás por completo despierta, como me ocurre a mí, el pánico te invade sin remedio. Es un silencio cargado, premonitorio, como si fuera a pasar algo malo de un momento a otro. Eres consciente casi al instante de abrir los ojos, tu corazón se acelera y agudizas el oído preparándote para lo peor, que nunca llega, porque lo peor es exactamente eso, la espera sin fin de algo peor que lo que tienes. Una condena que no te ha llegado pero que está ahí, que está ahí. Es inquietante y devastador; ningún cartel, por enorme que sea, ningún fluorescente, ninguna flecha serían suficientes para contrarrestar ese abismo. El impulso inmediato es levantarse y empezar a hacer cosas, como si fuera un momento normal en la vida de una, como si no estuviera todo a punto de caerse y aplastarte, cubrirte de cosas rotas hasta hacerte desaparecer. Porque el olvido es eso, que los propios objetos se vuelvan animados, que explosionen a tu alrededor y tapen, primero tu cuerpo y luego tu vida. Las cosas pueden estallar cuando entran en desuso. Pueden llenarse de moho o de óxido; al principio una esquina imperceptible cambia de color, después comienza la carrera, la colonización, y cuando te quieres dar cuenta, todo el territorio está invadido y ya no reconoces su aspecto anterior, ya tiene otro nombre y ya no sirve. Entonces explota, y tú, si tienes fortuna, te encuentras en otra parte de la estancia y solamente te roza alguna pieza, completamente muerta. Si estás en un buen día, te sacudes los restos y, como mucho, el moratón que te queda se irá pronto y no te dolerá. He pensado infinitas veces qué ocurriría si explotaran todas las cosas al mismo tiempo. Que no tendría lugar donde esconderme. Eso.

A modo de cuento (segunda parte)
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