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Lo que duele no se nombra

Título: DOCTOR FOSTER
Creador: Mike Bartlett
Reparto: Suranne Jones, Bertie Carvel, Tom Taylor
Cadena: BBC
Calificación: 4/5 

LO QUE SE desmorona no se puede nombrar, solamente sentir. No tiene nombre lo que se deshace y, sin embargo, pesa tanto. Todo eso que existió, todo eso que fue construido con un sinfín de detalles nimios y fragmentos trascendentales. Un amor que se supuso –al igual que el resto de los amores– único, y que así vivió, creyéndose elegido por alguna estrella. ¿La duda pervierte o es el hecho mismo lo que corrompe, aún sin saberse? 

Doctor Foster’ comienza con una sospecha. A partir de ahí, no hay nada que se pueda hacer para salvarse porque todo ha sido vaciado de contenido. Lo que queda en el interior es un recuerdo inhumano de lo que hubo y lo que se vislumbra en el exterior es una proyección sin luz. El resquebrajamiento de una mujer, de su voluntad, de su raciocinio, de su deseo, es la premisa en la que se basa esta serie británica, estrenada, cómo no, en la BBC.

Los actos del otro obligan a repensar la propia moralidad y, al mismo tiempo, inducen a un comportamiento desesperadamente irracional. Ahí está el conflicto. En el momento en que ella comienza a dudar es el instante en que la maquinaria se pone en marcha. Es un recorrido personal, íntimo, pero que contiene la esencialidad de lo universal, por eso resulta fácilmente identificable. Gemma Foster, la doctora, transmite empatía porque se mueve en un terreno tan resbaladizo como conocido. Su conflicto es el combate entre razón y emoción, entre la certeza y lo imaginado. No importa tanto, en esta serie, la constatación de la primera sospecha, como el abismo que se abre ante la protagonista. Lo fundamental y lo realmente interesante es el camino que emprende, que ella, y que todos, sabemos sin retorno y no porque no se pueda volver a una curva feliz, a un desvío excitante, a una recta placentera, sino porque ese regreso se convierte en el andar de la persona herida que ya no es más aquello que fue. 

Lo que se derrumba, por tanto, no tiene nombre, y no se puede nombrar ni se puede negar porque es como gritar una nada que se expande, como vociferar las no palabras en busca de justicia. Ante esta falta de conceptos con los que comunicarse, solamente queda una salida: actuar como se siente, con la rabia como impulso vital. A la violencia de los comportamientos se le va sumando la humillación –una vergüenza compartida, por su propia manera de hacer las cosas y por la de los otros–. Se va entonces completando un combinado explosivo que estallará en pedazos en cuanto no exista ya ningún otro espacio hacia el que huir. Los capítulos de la serie son caminos que se estrechan hasta cerrarse definitivamente. 

Claro que la protagonista intenta salir de ahí, de esa casa, trabajo, vida, trampa. Lo intenta. Porque es fuerte, valiente, inteligente. Porque ha sabido salir adelante y porque, a pesar de todo, cree en el futuro. Sin embargo, las paredes se estrechan porque lo que pretende es ya imposible. Todo lo que es posible explicar pertenece ya al pasado. Existió, sí, la idea del amor, la idea de la familia, la idea de la felicidad, la idea del triunfo. Pero resulta inútil aspirar a ellas en un porvenir sin palabras salvo las que quedaron para nombrar los recuerdos. Si la memoria es eso, puede que sea mejor olvidar. 

La violencia instalada en el sentir de la doctora Foster no viene generada por la traición en sí, sino por la incapacidad para denominarla. Hay un diccionario en blanco delante de su vida a partir de la primera sospecha. Esa lucha para llenarlo deviene por veces en locura, por veces en contención feroz. Gritar no palabras y llenar el mundo de tristeza muda. 

El equilibrio es lo mejor 

HAY UN programa en Decasa.TV que es ideal. Se llama ‘Cuerpo en armonía’. Tienes una ‘coach’ que te va diciendo como hay que equilibrar cuerpo y mente, que parece que no tiene otra cosa que hacer que ir del gimnasio a la clase de yoga y después a los masajes y más tarde a la relajación. En uno de los episodios cuenta cómo hay que organizar la bolsa del gimnasio. Eso fue, confieso, lo que me enganchó, porque mi bolsa para la piscina me explicó de un golpe mi existir disonante.

Lo que duele no se nombra
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