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Igual, aunque más oscuro

STRANGER THINGS, segunda temporada. Nada de lo que hayamos visto en la primera —o casi nada— se cuela en la segunda, sin embargo, se sigue viendo. ¿Por qué? Quizá sea algo ligado a la nostalgia. Quiero decir, es una serie que, desde el principio, supo explotar los elementos melancólicos de una época, con sus mitos asociados, su lenguaje y sus símbolos; supo cómo apelar emocionalmente al espectador y retrotraerlo a los ochenta. A un espíritu común y claramente identificable. Son signos, colocados en lugares estratégicos, que marcan la narrativa y disparan la añoranza. Una vez que se ha conseguido situar ahí a la audiencia, lo que se desarrolla es una historia de ciencia ficción, estilo de andar por casa, que resulta riquiña. Es una ternura buscada que produce el efecto deseado. Pocas cosas hay más encantadoras que rendirse a las aventuras de un grupo de adolescentes que luchan contra otra realidad malvada e impredecible. Si, además, aparecen criaturas que rozan lo repugnante con algún que otro rugido aterrador, la historia está servida. Solamente hay que dejarse llevar.

El humor está presente también en la segunda, pero únicamente porque se repiten los gags de la primera y se perpetúa la línea marcada en los capítulos anteriores. Los adolescentes han crecido un poco, pero no lo suficiente como para tener que cambiar la línea humorística. Continúa, pues, funcionando la comicidad basada en la personalidad de cada personaje, sobre todo en uno (el sin dientes) que es el epicentro de la risa, del que parten todas las situaciones divertidas.

Por otra parte, la historia se oscurece y el tono general se vuelve bastante más dramático que antes, tomando como punto de partida la situación de dos de los protagonistas: el que estuvo en el lado oscuro y la niña con poderes. Hay también una deriva interesante que es la de la búsqueda de Barbara, una desafortunada amiga, que cayó a la primera en las redes del mal. El tono que se utiliza para tratar esa parte tenebrosa, digamos, es quizá lo que diferencie a las dos temporadas y que no siempre obtiene el resultado esperado. Se puede resumir en más bichos y más perversidad. Que claro, dicho así, no atrae en demasía. Sin embargo, tampoco han querido explotar exageradamente esos ingredientes por temor, imagino, a una bajada en la audiencia. Eso sí, existen, y queda la duda de hasta dónde podrían haber llegado de seguir por ese camino, olvidando un poco los recursos que hicieron del primer Strangers Things una serie, ya prácticamente, de culto.

Así que, en resumen, tenemos: los mismos personajes, la misma amenaza —que se presenta más terrorífica esta vez— y el mismo planteamiento en el que se mezclan varios géneros típicamente cinematográficos, el de aventuras, de terror y de ciencia ficción. Podríamos hablar, asimismo, de algún subgénero propio de los ochenta, relacionado con el cine familiar, en los que predomina más la trama de personajes que la trama de acción. Esta serie es un remix, que ha dado con la fórmula y ha demostrado que, si se ponen determinados ingredientes —en su correcta cantidad— en un guion, se revuelven bien y se cocinan a fuego lento (lo que sería lo mismo que decir que se escribe con maestría), el resultado es siempre positivo. Divertido, a veces, entretenido, las más, y justo.

La brillantez es otra cosa, la profunda emoción es otra. Pero no hay que estar hablando de eso a todas horas ni pretendiendo buscarlo sin descanso. Existe un mundo de historias y un sinfín de caminos para hacer de la existencia un lugar que merece la pena conocer y sentir.

La esencia y la existencia

LA MODA de las minicasas se extiende como la pólvora en España desde que el programa de Divinity Quiero mi minicasa nos abrió los ojos. La cosa es: tú vives cómodamente en un espacio de 200 metros cuadrados y, de pronto, un día, te preguntas, ¿para qué? La vida —y con esto quieres decir, lo que de verdad importa— no consiste en habitar una casa enorme. Y te dices, me compro una minicasa de 30 m2, llevo allí a toda mi familia y a disfrutar. Porque la esencia es otra. Qué felicidad. 

Igual, aunque más oscuro
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