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Ese universo privilegiado

Título: American Crime 2ª Temporada
Creador: John Ridley
Reparto: Felicity Huffman, Timonthy Hutton, Lili Taylor
Cadena: ABC
Calificación: 4/5


AMERICAN CRIME’ segunda temporada, es mejor que la primera porque se deshace convenientemente de aquel toque que era más de pose que de honestidad. Ese deje pretencioso que respiraban todos los capítulos restaba puntos a una serie que, poniendo a un lado ese detalle, conseguía ahondar en problemáticas sociales de toda índole, muy actuales, poco agradables y nada cómodas, ni para contar, ni para contemplar. Son pecados colectivos, que salen a la luz en todo su esplendor y que se hacen más y más horrendos cuanto más tratan de justificarse. En este ‘American crime 2’, tenemos un acoso escolar y posterior abuso sexual, que tiene lugar en un instituto privado, selecto, clasista y, por supuesto, carísimo. La víctima es un chico que no se corresponde con la imagen del lugar y, consecuentemente, baja el nivel marcado por la dirección. Es un adolescente apocado, sin cualidades especialmente brillantes y lo que peor tiene es que proviene de un entorno humilde, que, desde luego, no está a la altura de semejante institución. Allí acuden los mejores y los más ricos. ¿O debería decir al revés? Y los miembros de la junta directiva son los padres de las criaturas, los cuales realizan unas donaciones estupendas, sin las que todo ese sueño americano iría a la deriva. Una de las cosas que tiene querer ser el mejor es que uno comienza a establecer relaciones de dependencia con elementos indeseables. A partir de ahí, siempre será tarde para volver a un ansiado punto cero.

Cuestiones interesantes de esta segunda parte: el tema planteado, de entrada, engancha, pero lo mejor viene después. Para hacerlo gráfico podemos recurrir al manido ejemplo de la bola de nieve, o, en un alarde de originalidad, podemos atrevernos con la acción, por otra parte, tan descriptiva, de bajar una persiana o desenrollar una alfombra o estirar cualquier cosa que previamente estuviera enroscada. Ese movimiento -pensemos en la alfombra- si se ralentiza, es el detonante, y lo que estalla después, son las múltiples partículas que, quizá no veamos, pero que obviamente están. Es así como saltan infinidad de consecuencias que ponen de manifiesto una actitud y un pensamiento. El trabajo de enroscar la alfombra no se muestra explícitamente en la serie, sin embargo los diálogos y las acciones están impregnados de ese esfuerzo y de lo que supone. Cada uno de los personajes lleva en su interior el peso de su propia brillantez. Nada les es ajeno pero no porque se sientan en común unión con el resto de seres humanos, sino más bien, porque cualquiera de ellos, que, de todos modos son menos seres y menos humanos, está al acecho para usurparles su posición. Se comprende el sin vivir. Se concibe la angustia. Se entiende perfectamente que necesiten descargar esa presión. Y lo siguiente ya es lo único que queda, la única salida con la que todos están de acuerdo porque claramente no existe opción alguna. Disculpar ese intento de liberarse del aplastamiento. Sobre todo en los jóvenes. Que están en tiempo de cometer alguna que otra locurilla sin importancia. Eso se perdona. ¿O no?

Aunque la locurilla se haya cebado casualmente con el pobre, con el modesto, con el cohibido, con el diferente. Con aquel que ha tenido la osadía de creer que podía ser uno más en el mundo de los privilegios. Aunque la locurilla haya sido imperdonable.

Se tolera. Se tapa. Y después se olvida. Así de simple. Se va metiendo todo en esa alfombra persa, tan cara, tan lujosa. En cuanto se llene de horrores se cambia, que siempre habrá una mejor y más grande y más aparente, en la que quepa más de lo mismo.

Ese universo privilegiado
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