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Entre Dios y los hombres

Título: The Crown.
Creador: Peter Morgan.
Reparto: Claire Foy, Matt Smith, John Lithgow.
Cadena: Netflix.
Calificación: ●●●●0

LO INTERESANTE de ‘The Crown’ no es exactamente lo bien realizada que está, que también, sino el planteamiento desde el que se aborda el personaje principal, o sea, la reina. Esa construcción, a la vez, de la persona y del personaje, que no siempre coinciden y que, en numerosas ocasiones, entran en conflicto, es lo que le da a la serie el toque de calidad que, de no ser por eso, acabaría cayendo en una especie de receptáculo de cotilleo sobre la familia real inglesa.

Los entresijos internos de esa familia se entrelazan de manera inteligente y se dejan arrastrar por el motor principal de la narración, cuyo disparador es la muerte de un rey y la consiguiente coronación de una reina. Demasiado pronto, demasiado inesperada, demasiado aterradora. Se ven así, esas fisuras comunes a cualquier núcleo familiar y aquellas derivadas de su condición privilegiada. Porque, lo sabemos, eso de cumplir los mandatos de Dios no siempre es fácil, sobre todo cuando se sufre de lo humano, al igual que todos lo demás. Súbditos y no.

Hay, en la realeza inglesa, historias variopintas que vienen a confirmar la dificultad de creerse divino siendo humano aunque se pisen, día sí, día también, alfombras persas y se vaya a la India a intentar mantener el imperio perdido.


El choque no es tanto generacional como natural, y no es divino, sino humano


Uno, al final, no puede desprenderse tan sencillamente de la piel con la que nació, que no es otra que la de persona. Llega entonces el amor arrebatado, se tambalea la monarquía, se abren los cielos, Dios se manifiesta. De algún modo. Se destierra al díscolo, en plan el Cid Campeador, pero sin la gloria posterior. Y vuelve, como en una profecía, a repetirse la historia con la sobrina, con la hermana, con el hijo... Estos cataclismos se reproducen generación tras generación y la crisis que estalló en épocas pasadas vuelve a explotar en los rostros de la rama siguiente del árbol genealógico. Y así hasta el infinito, esta gente vive en bucle.

La reina Isabel II, la pobre, ha de aprender, capítulo tras capítulo, las cuestiones profundas de la monarquía y no basta con saberlas, sino que debe fusionarse con ellas y convertirse en parte de su raíz. De ella, a partir de su coronación, emanará la verdad y esa verdad será incuestionable porque, ay, Dios ha decidido elegirlos —a ella y a su familia— sus confidentes, por decirlo así. Pero claro, la vida, rebelde, posee la costumbre de interponerse en tan consolidada institución. Siempre, sin escapatoria posible, hay una lucha entre lo nuevo y lo viejo, entre tradición y modernidad, entre lo regulado y lo libre, entre lo impuesto y lo elegido. En todo momento y en todo lugar hay algo que nace y se abre paso por entre antiguas edificaciones que decían —y parecía ser cierto— saberlo todo acerca de nosotros. El cuestionamiento inevitable va asociado a nuestra condición (o debería, al menos).

El choque no es tanto generacional como natural, y no es divino, sino humano.

Con todas estas cosas se las tiene que ver la joven Isabel que, claro, ni está acostumbrada ni tiene aún interiorizadas —a pesar de haberse criado en el ambiente— las normas correctas para proceder. Lo interesante entonces: la dicotomía de un ser, la pugna entre el cumplimiento del deber y el propio ser inexorable.

Además: la ambientación exquisita, la interpretación conseguida —en especial la de la protagonista—, la utilización efectista y brillante de los recursos audiovisuales (con los que se podría hacer un manual de técnicas narrativas) y un guión que ayuda a que la historia no se estanque ni se aleje de ese centro neurálgico del que emana todo lo demás. Véanla.

REBELIÓN DE LAS QUINCEAÑERAS
No me pierdo el estreno del programa ‘Mi fiesta de quinceañera’, en DKiss porque, así lo digo, la ocurrencia me parece estupenda. Ya que acabamos de comentar el problemático asunto de romper con lo establecido, qué mejor que este espacio, donde las quinceañeras se muestran rebeldes en lo que a su celebración se refiere.

Que sí, que hacen bien. Hay que ir bebiendo de las costumbres ajenas para que, cuando se instauren aquí, tengamos ideas suficientes para acabar con ellas.

Entre Dios y los hombres
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