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El adiós de ‘'Downton Abbey’'

'DOWTON ABBEY’' llega a la última temporada, la sexta. Todo lo que se puede decir de ella es bueno, y también que se haya decidido a echar el cierre. ¿Por qué? Porque las ideas se agotan, los argumentos se repiten y la serie se acaba resintiendo. Así que mejor despedirnos y recordar lo que fue, lo que disfrutamos o lo que aprendimos.

Esta temporada final nos encontramos un poco con lo de siempre, lo cual está bien, ya que funciona. Asistimos al despliegue de toda la problemática de clases, la baja, la de la servidumbre y la alta, la de la aristocracia que, dicho sea de paso, ya le está viendo las orejas al lobo en cuanto a reducción de privilegios. Es interesante este momento de transición que reflejan las últimas temporadas, en cuanto a la irrupción de nuevos tiempos, en cuanto a ese pasmo existencial que envuelve a los personajes ante tamaña desfachatez.

Los guionistas han sabido desarrollar las distintas opciones del conflicto: la resistencia, la reticencia y la adaptación. Cada personaje representa uno de esos modelos, más o menos radical, más o menos velado.

En otro orden, tenemos todo el plantel de sirvientes que responde del mismo modo a las transformaciones de la sociedad. A unos les cuesta más que a otros ver desaparecer el mundo conocido, aunque sea un mundo tirando a claustrofóbico, al menos en apariencia.

Esos choques, esas batallas, son las que resultan más atractivas, las que invitan al debate o a un pensamiento posterior. Cómo reaccionamos ante los cambios, cómo encajamos los nuevos paisajes, cómo sobrevivimos en el nuevo panorama.

Es en el momento en que saltan los miedos cuando el personaje (y la persona) se revela. Es ahí cuando el ser se hace presente en todas sus dimensiones, con todos sus pliegues. Las contradicciones, los absurdos, las vacilaciones, se manifiestan y se esparcen, dando sentido al asunto de vivir, ya sea en la ficción, ya en la realidad. Saber escribir un personaje, con esquinas y sombras y espirales y un andamiaje imposible, es muy difícil y harto admirable. Son esos, jamás otros, los que se quedan clavados y se hacen inolvidables.

'Downton Abbey'’ no posee, en su elenco, personajes así, tan así, pero sí están bien escritos y son los suficientemente flexibles como para que nos los creamos sin poner pegas. Son arquetípicos y se complementan, lo que hace que el conjunto fluya y avance a buen ritmo. La trama principal -la de la decadencia de una especie que no da crédito a lo que le está pasando- es la que tira de la acción, mientras que la romántica es la más floja; tiene, por decirlo de alguna modo, un aire folletinesco que, a veces tensa las cuerdas tanto que lo de un aire se queda corto. Es en esta trama en la que el drama se expande y echa raíces por doquier. Muertes violentas, desapariciones irremediables, disgustos mayúsculos tienen lugar a este lado de la narración. Sin embargo, todo se supera y la vida continúa. Destaca el personaje encarnado por Maggie Smith, al que han sabido dar el punto exacto de humor negro para no representar a un ser despreciable. Y es que los del castillo son ricos, sí, son clasistas, sí, pero son simpáticos. Así que nos despedimos de una serie amable, entretenida, bien hecha y bien contada. Podemos hacer mención especial a lo esmerado de la ambientación -ya sabemos que los británicos en cuestión de creación de atmósferas lo bordan- y quedarnos con una sensación de moderada satisfacción. No es decir poco, que seis temporadas manteniendo estos aceptables niveles, cinco años emitiendo, no lo consigue cualquiera. Hasta siempre, amigos.


Qué gran idea de programa

Para los que no lo sepan aún, en Divinity -qué canal- están emitiendo ‘'Bebé a bordo'’, un programa superinteresante dedicado a los papás primerizos que, normal, están nerviosos porque no saben bien cómo va eso del bebé, qué hay que hacer cuando llora, en qué momentos hay que darle de comer y esas cosas tan raras. Pero esto, oye, está genial, porque en la tele te ponen una ‘coach’ que te lo explica todo bien clarito y así, pues ya te va diciendo, para que no te equivoques.

El adiós de ‘'Downton Abbey’'
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