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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Viñetas de ciudad

Paseo una mañana cualquiera y me quedo con estas postales de recuerdo

Veo a una señora china entrar en el metro. Lleva la tarjeta en la mano y la pasa delicadamente por toda cuanta superficie tiene delante, como si la estuviera escaneando o sacándole brillo, pero no con un trapo sino con un plumero. Hace unos ruiditos de indignación porque frota y frota pero aquello no se abre. Cuando ya está a punto de restregársela al torniquete le cojo la muñeca y se la dirijo al círculo verde que es lo único que ha estado evitando. Suena un pitido de reconocimiento. Aliviada, me mira y dice: "Glacias". Me da una rabia tremenda contribuir al estereotipo pero así lo dice, con L.

Me subo al tren detrás de un hombre bajito con un jersey negro de cuello vuelto y una guitarra, un Steve Jobs folk. Su paso precipita una coreografía: el vagón entero se pone los cascos y saca el móvil, en una ola de movimientos idénticos. Lo veo alejarse y a ambos lados las cabezas se van bajando para mirar la pantalla. Las aguas, en vez de abrírsele, se le cierran. Nadie quiere leer las noticias, lo tengo claro. Ni los mensajes, ni los juegos, ni el Twitter, se les nota muchísimo. Todos quieren escuchar esa canción de tanto sufrir, en la que un hombre vuelve a ver a aquella mujer que le gustaba y esa visión fugaz le trastorna sobremanera. Todos desearían cerrar los ojos y escuchar tranquilamente el bolero como si la siguiente no fuese su parada, pero resulta que ninguno lleva suelto. Fingir indiferencia, negarse a escuchar, es una forma de sentir que no debes nada. Nuestro Bill Gates sale del metro y deja la canción reverberando dentro. Algunos se sacan los auriculares para escuchar el final, cuando ya tienen la certeza de que es gratis.

piñeiro

Paseo por un barrio de ricos. Las calles están limpias, los árboles bien podados, los coches relucientes. Un chico con un mono blanco, calcetines blancos, zapatillas blancas, y salpicaduras de pintura blanca por toda la cara se fuma un porro apoyado en el tronquito de uno de esos árboles, árboles finitos, de ciudad, que son como arbustos en vertical y que hacen lo que pueden para crecer. Llena la calle con vaharadas olorosas que dejan a la gente mirando para atrás cuando la cruzan, intentando localizar su origen. Tres adolescentes del bracete, lo miran, se clavan los codos unas a otras y se ríen con la mano sobre la boca. Él sigue fumando muy concentrado y coloca la cara en el único lugar en el que al tronquito le cae un rayo de sol. No se puede estar más complacido.

Entro en una tienda a mirar, sin intención alguna de comprar nada. Hay mucha gente. En el centro, una mujer alta agita unos pantalones. Se los lleva, así se lo dice a una de las dependientas, que enseguida aparece con unos idénticos. La mujer pregunta si son la misma talla; la dependienta, que por supuesto, que le ofrece estos porque están mejor planchados; la mujer, que a ver si le van a sentar peor; la dependienta, que de ninguna manera, pero que si quiere que se lleve los otros, la mujer que le dé esos. "Que sí, hala, que eres muy amable, que eres un amor", le dice la mujer sacándosela de encima. La dependienta se va a la caja y le ruedan un poco los ojos, visto y no visto. Ante ambas hay un espejo. Compruebo si la mujer se ha percatado de ese gesto de hartazgo, pero no. Se mira su propio cuello, donde se prueba un pañuelo.

Tomo un café en una barra abarrotada, mientras escucho a un hombre contarle a otro el cambio vital que ha supuesto dejar la lactosa. Le pregunta si no se acuerda de sus dolorosas mañanas, de las náuseas que sentía nada más llegar a la oficina, de su mal aspecto diario. El otro es categórico: "Para nada". No se lo explica, era un sufrimiento evidente, a la vista de todos, lleno de quejas recurrentes. El otro se encoge de hombros con indiferencia, no se implica como a su interlocutor le gustaría, así que este abandona el tema y le pregunta por "lo de Gutiérrez". Pierdo interés. Pienso en la mujer alta de la tienda. Con el último sorbo deseo que los pantalones, efectivamente, no le queden como los otros. Solo un poco más justos, una insignificancia, lo suficiente como para tenerla presente cuando se los ponga.

Viñetas de ciudad
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