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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

'Unbelievable'

Mejor que con la frente marchita, se vuelve con con una caja bien grande de bombones

BRIDIE REZABA todas las noches de rodillas ante un altarcito en su habitación. Para asegurarse de que la cobertura llegaba a toda la casa tenía otra virgen en el aparador del comedor, contiguo a la cocina. Al altarcito le pedía las cosas grandes: por la salud de todos, que velara el alma de su hijo mayor, muerto a causa de un tumor cerebral y, con absoluta intensidad, que a su hija mediana se le pasara el interés por el hombre divorciado con el que salía, que nunca la podría llevar al altar, solo al juzgado. A la virgen pequeña las cosas prácticas, de orden del día, las minucias. Pero no banalidades. Marcaba una línea.

Durante la última semana que pasé en su casa perdí mi último billete de 20 libras irlandesas, una fortuna adolescente. Bridie decía que a la Virgen nunca se le puede pedir dinero, solo si se necesita. Yo la miraba arrugando los ojos, desentrañando. "Mucha gente pide que le toque la Lotería, pero no necesita que le toque la Lotería", aducía, deteniéndose mucho en los verbos. Juzgó que yo sí necesitaba ese billete y rezó, a solas, ante la virgen pequeña. Me mandaba salir de la habitación porque no son cosas que se hagan delante de otra gente. Eran charlas privadas, aunque hablasen de una.

Ilustrción para el blog de María Piñeiro. MARUXA

El billete siguió sin aparecer. Yo buscaba sabuesamente por todos los bolsillos, abría todas las cremalleras de todas las mochilas y sacudía las camisetas como si de ahí fuera a llover. Bridie se trasladó a su habitación para continuar las conversaciones sobre mí ante más altas instancias y, al salir, me pidió que volviera a buscar. Metí la mano por enésima vez en el bolsillo del vaquero, ese mapa de Brasil, y de la esquinita, del Amazonas, saqué el billete, doblado hasta alcanzar el tamaño de un sello. Abrí la boca y la volví a cerrar, en modo pez. Al final, un poco perdida, dije "Unbelievable". Bridie asintió como si se hiciera justicia.

Bridie era una mujer de sesenta años que cantaba como los ángeles todas las trágicas canciones irlandesas; fumaba en cadena desde que, a los 35, alguien le ofreció un cigarillo en una boda y le gustó, y perpetraba unos platos espantosos, convencida de estar haciendo tortilla de patatas o paella; "menús españoles", decía. Se extrañaba de que no los reconociera al primer vistazo, pero no desistía. Tomaba un bocado, cerraba los ojos y decía "mmmm...unbelievable", empujando el plato hacia mí.

El último verano que pasé en su casa elegí no ir a clase. Pasaba las mañanas con Bridie yendo al supermercado, haciendo guardia para regar a cualquier perro que se acercase a su perra en celo o viendo el programa de Oprah por cable. Si algo nos llamaba muchísimo la atención tenía que ser muchísimo  porque epatante era casi todo- cruzábamos las miradas y decíamos al unísono : "Unbelievable".

Cuando íbamos a algún sitio, me presentaba a todo el mundo. Como si fuese una embajadora recién llegada, decía mi nombre sin parar: al veterinario, al carnicero, al hombre que leía el gas... a gente que no iba a volver a ver nunca. Me fui de allí y supuestamente al verano siguiente empecé a ser adulta. Pasaron los años, que se hicieron décadas, y me convencí de que sería ella a quien no volvería a ver.

Esta semana, 25 años después, vuelvo a Irlanda. Le llevo, como siempre, una caja bien grande de bombones. Nos pedirá a todos que nos fijemos en el tamaño, que nos asombremos de que, con esas proporciones, haya sido trasladada desde el extranjero hasta su casa. Negará con la cabeza, la volverá a mirar y dirá: "Unbelievable". Y lo cierto es que sí, sí que lo es.

*Ilustración de MARUXA

'Unbelievable'
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