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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

No sabes qué

Hay charlas insustanciales con amigos que se recuerdan toda la vida

A VECES, cuando te estás quedando dormida, se te abre una compuerta y se te mezclan dos aguas. La del pensamiento ordenado, dirigido, que llevas y traes, ahora esto, ahora lo otro, y la de corriente subterránea, que viene de lejos y quién sabe de dónde mana. Juntas dan una bebida inesperada, de sabor extraño, el fruto de una receta a ojo.

Me pasó el día de la muerte de Manu, que repasaba yo tantas cosas, su empeño vital por no prestarse mucha atención pero sí a todo lo demás, la entrega a la ligereza, esa manera de vivir exprimiéndolo todo... cuando el río, riachuelo, de mi cabeza me llevó a otro tiempo, de hace tanto.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXATengo 16 años y Manu,18 ó 19. Estamos en una habitación de hospital como ya no existen, viejísima, con papel en las paredes y una camita tubular que parece una broma para su altura. Acaban de operarle. Le han hecho un agujero en la parte posterior de la cabeza, han tomado una muestra y la han enviado a analizar a Madrid. Los resultados tardarán porque entonces éramos muy periféricos y parecía que todas las cosas importantes tuvieran que llegar de Madrid.

Empieza a contarme algo con un inicio prometedor. "Bueno, no sabes qué". Les parecerá un asco de comienzo, pero no. Es una frase preparatoria, un estiramiento de abductores, un ajuste del termostato. "En la habitación de al lado hay un tío que tiene un huevo ascensor", dice con mucho suspense y enseguida repite, muy despacio y abriendo mucho los ojos para que me cale bien: "Un huevo ascensor".

Después ya las risas y las dudas, qué sería aquello exactamente, a quién le pasaba, sería posible que te sorprendiera en cualquier lugar, cómo detectarlo y cómo revertirlo. Igual que una cigarra de la información, Manu juntaba, de charlas informales de las enfermeras y preguntas que hacía como al azar, todos los datos posibles y los repasábamos cada tarde tronchándonos. Un huevo ascensor, una cosa mágica.

Averiguó después que era algo dolorosísimo, un suplicio para aquel a quien le tocaba padecerlo de adulto y empezó a cortar, recriminatorio, cada risa porque "es que pobre chaval", pero no abandonaba el tema. Es decir, era el chico ingresado por un tumor lamentando la suerte del del testículo elevado.

He pensado mil veces lo que hubiéramos hecho en la adolescencia con un Google en el teléfono y casi me he relamido, pero ya no. Cómo va a ser mejor el acceso inmediato y completo a mil artículos, fotos, dibujos y testimonios de pacientes sufridores de huevos en ascensor, que los despreocupados comentarios, las dudas e intrigas que llenaron aquellas tardes de aquel invierno, en aquel hospital donde hasta la luz parecía vieja, mientras aguardábamos a que los madrileños dijeran que todo iba bien en su cabeza.

Mantuvimos cientos de conversaciones irrelevantes durante el tiempo que seguimos siendo amigos y me topo una y otra vez con cosas que no sé por qué sé y que resultan ser fruto de una de esas charlas que empezaban por un "no sabes qué": nombres de sillas, de fotógrafos, de arquitectos, de edificios, de tipografías, de libros de Taschen.

Pasaron años, muchos, parece mentira cuántos, y dejamos de ser amigos como lo habíamos sido. Una separación lenta, sin problemas, de cariño alejado. Nos vimos por última vez un sábado de verano. Manu, flaquísimo y con hilo de voz, me preguntó si me dirigía al trabajo y enseguida comentó a su marido lo pringada que había sido eligiendo una profesión con horarios tan lamentables. Otra vez, como siempre, esa distancia animosa que es una forma de encarar la vida, quizás la única manera de hacerlo, la del hombre enfermo que reúne fuerzas para reirse de la que sale tarde de trabajar, también en verano y también un sábado.

Ahora, ya en este sábado de invierno, eso es lo que tengo en la cabeza, un recuerdo de Manu que quizás no le hace justicia pero que me llega así, en torrente, el de alguien que vivió y volvió a vivir, ávido y curioso, con tanto humor. Alguien con el que tener charlas insustanciales sobre un huevo ascensor que se recuerdan toda la vida.

No sabes qué
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