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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Domingo por la mañana

Cosas que pasan en una cafetería de barrio los días no laborables

CERCA DE MI casa hay una cafetería donde algunos domingos van dos viejos a meterse mano. Algunos domingos son los que yo voy a tomar café. Quizás ellos se meten mano cada domingo o a diario, incluso. Un martes de invierno, un Jueves Santo. Como no los veo, eso no pasa.

A los viejos ahora se les llama mayores, pero mayores somos todos. Ellos tienen esa vejez bien definida, clara, con la que todos concordamos. No depende del ojo del que mire. Sobre todo no depende de la fecha de nacimiento del que mire. Eso pasa a veces. Cuando el azar me pone delante a alguna anciana generosa me llama neniña, pero los adolescentes hace 10 años que me llaman señora.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXALa pareja se coloca en una mesa esquinada y elige las sillas más ocultas, que coloca enfrentadas. Un día los vi llegar, por separado, y pude observar los preparativos. Él se sentó el primero, movió su silla, la de ella, separó la mesa tres centímetros, la acercó uno, la volvió a separar ese mismo uno, resopló del cansancio, pidió un café con leche y colocó una mano sobre otra, esperando, como aguarda el funcionario a que se abra la ventanilla. Llegó ella, acalorada, pidió una manzanilla, dejó el bolso, se quitó la chaqueta y descolocó todo el mobiliario para sentarse.

Empieza el magreo cuando ya se les ha servido y es extremadamente indiscreto. Hay toqueteo de zona lumbar, básicamente, como un agarrarse para bailar, pero sentados; un acariciarse presionando que resulta muy desconcertante. Porque se va la mano bajo la ropa y se produce un acaloramiento absoluto se sabe que es aquello palparse y no reiki. Todo se hace con la espalda muy recta, rigidísima, el cuello estirado y la barbilla apuntando ligeramente al cielo, un puntito, la nada, señala las dos y diez. La cara colorada, del movimiento y del apuro, gira de un lado al otro, mirando a ver si miran. Y miran. Es que es muy difícil no mirar.

El abandono solo llega cuando se besan, cosa que ocurre periódicamente con escasísima duración. El beso acaba enseguida y vuelven las cabezas a comportarse como cámaras de seguridad peinando toda la cafetería. A ver quién ha visto. Todos.

El problema que supone envejecer se ve claramente en situaciones así, cómo te abandona la flexibilidad, la relajación, de qué manera ya no hay movimientos inadvertidos, de esos que se hacen sin que mande el cerebro, sin avisarle de que te vas a mover. Los magreos de los adolescentes en los parques son sencillísimos, orgánicos, clases avanzadas de yoga. Esto es un jaleo, dificultoso, sesiones de rehabilitación tras la hernia.

Puede parecer por esta descripción que, en el fondo, lo pasan mal. Pero no. Se van siempre apurados y sonrientes. Además, con una de esas sonrisas que apenas asoma, una minúscula torcedura de comisura, la sonrisa del que no comparte la razón por la que sonríe, la del que tiene un secreto. En la puerta se tocan el brazo y se van por caminos opuestos. Todo ha sucedido en media hora.

Algunos domingos, la despedida me entristece. Pienso que me gustaría que vivieran juntos, toqueteándose alegremente otros días de la semana, a otras horas, en otros escenarios. Me pregunto por qué eso no pasa, qué se lo impide. Me quedo mal.

Pero la mayoría pienso que se tocan el brazo y se van en sentido contrario, caminando con la sonrisa esa llena de secretos, aún colorados. Y que un paso tras otro tras otro dan la vuelta a la manzana y se encuentran delante del mismo portal. Y que uno de los dos presiona el botón del ascensor del piso en el que viven y que, mientras, ambos se tronchan de risa. Por su tradición del domingo y por nuestras caras y elucubraciones. Y me quedo mejor.

Domingo por la mañana
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