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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Zona de confort

SABEN CUANDO estás tan balsámicamente enamorada, a gusto con la vida, satisfechísima de tu caminar por este valle de lágrimas que haces eso tan desaconsejable de salir de tu zona de confort? Es más, no es que salgas es que expandes tu zona de confort. Pasas a sentirte dueña y señora de otras tierras, de otras habilidades, de otras audiencias y te ves en tu salsa, has nacido para eso, quién te para a ti, caballito desbocado. ¿Lo saben? Yo tampoco.

El que lo sabe es Soltero con Gato que, siento decirlo, ha empezado a tocar el bajo, como si estuviera en el instituto. Todos tenemos amigos que tocan el bajo porque, para llegar hasta aquí, todos tuvimos 16 años en algún momento (en el Pleistoceno) y no hay forma de eludir esa circunstancia. Tener un amigo (o ser tú ese amigo) que toca el bajo es un rito de paso adolescente ineludible. Tú no querías escuchar al grupo garajero de tu colega (o de tu novio, otro melón para abrir) pero lo hiciste porque la amistad era eso. Eso ya ha pasado, allí ha quedado, no se puede tolerar un revival llegada la mediana edad.
El bajo
Paco Alcázar, dibujante con una cabeza para abrírsela y rebañársela con una cucharita, tiene una página titulada Montar tu propia banda en la que disecciona la personalidad de cada miembro del grupo según el instrumento de su elección. Definición de la del bajista: "Inútil para la guitarra, resentido de por vida". No tengo nada más que añadir, señoría.

Soltero pasó una semana de vacaciones en Madrid con Joven Perimetrada, que toca el bajo desde el instituto, como debe ser, y el último día —por qué poco casi nos libramos— se animó y se arrancó por los Pixies. Con el típico comportamiento de la que sabe que se ha equivocado y pide una absolución preventiva, Joven me mandó un vídeo del susodicho, perpetrando Where is my mind. El mensaje que lo acompañaba era "No sé la repercusión que tendrá esto, la verdad".

Qué pillina, qué mentirosilla, Joven. Lo sabía perfectamente. Ahora Soltero quiere comprarse un bajo, quizás montar un grupo. Cuenta que sueña con el bajo, que piensa muchísimo en él. "Voy a tener que ahorrar. Lo mismo mientras me compro un ukelele", dice. Yo ruedo los ojos tan a blanco que tengo miedo de lesionarme. "Vas a tener que acompañarme a comprarme uno", me advierte sobre mi destino fatal.

Pero es que yo, aquí donde me ven, soy muy espabilada cuando quiero, así que le aticé enseguida con la réplica perfecta. "Si tú me acompañas al Ikea". Soltero hace años que no pisa el Ikea porque tiene una ex que iba muchísimo y tiene miedo de encontrársela. Soltero cree que su ex está 24 horas circulante por Ikea, patrullando, y no quiere correr riesgos. Yo me meto muchísimo con él por esa circunstancia y, a veces, me devuelve unas pullas muy artísticas. Por ejemplo, si le comento que me gusta tal cosa y me pregunto si la habrá en acabado abedul, me dice "pregúntale a mi ex, que seguro que lo sabe". Qué tío.

Soy consciente de que lo único que estoy haciendo es retrasar lo ineludible. Yo voy a acompañar a Soltero a comprarse el bajo cuando él me diga e incluso escucharé su mierda de conciertos de dos canciones porque los amigos están para eso y, por encima de todo, porque si me pongo a imaginar a Soltero en el sofá de su casa, rodilla adelantada, bajo color pastel entre las manos, tocando los Pixies al obeso de su gato me entra una pena infinita, una abrumadora sensación de tragedia, una punzadita en el corazón.

Lo mismo le dejo pasta y todo porque cuando evoco esa misma imagen con un ukelele es que directamente rompo a llorar.

Zona de confort
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