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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Vieja y vegana

Los lucenses pasamos la segunda quincena de septiembre pensando en pulpos y la primera de octubre comiéndolos

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA
Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

NOTO QUE madurar es que cada vez te interese más la naturaleza y los animales, quién lo iba a suponer. Me embobo mirando el vídeo de un pulpo y una sepia, las vueltas de bailarines que dan, uno para cazar y la otra para huir. Los dos nadan de la misma forma, como una bayeta que se extiende sobre la encimera que es el mar y enseguida se escurre a sí misma. Es precioso de ver aunque ya me sé el final. Aún así, cuando la sepia desaparece siento una ligerísima lástima. Los omnívoros solo la sentimos cuando quienes comen  son los otros, en nuestro plato siempre ancha es Castilla.

En la segunda quincena de septiembre, si eres lucense, tienes que pensar en pulpos. En comerlos, quiero decir. En raciones, en el precio de las raciones, en quién lo cocina bien, en dónde comprarlo que venga con poca agua, en las aguas marroquíes diezmadas, en las aguas alternativas y en el calendario que hay que cuadrar de cara a octubre, mes que transcurre de pulpada en pulpada y en el que Lugo arranca al fin. Que la vida iba en serio no lo empezamos a entender más tarde, lo empezamos a entender después de San Froilán, concretamente.

A mí, este septiembre me pilla así, rara, attenboroughiana, con sensibilidad pulpera. Peter Godfrey-Smith es un profesor de Filosofía y buceador australiano al que los pulpos han agarrado tanto de la mano en sus inmersiones que les ha dedicado un libro. La inteligencia de estos animales es tal rareza en un invertebrado que se consideran misterios de la evolución, prueba viviente de que hubo un salto que aún no entendemos. El autor cree que el pulpo es los más cercano que estamos a la vida extraterrestre en la tierra.

Pensaba que lo que más me gustaba del pulpo era su maridaje con el aceite bueno y el olor al cocerlo, que para siempre será el del otoño. He defendido nuestro buen ojo a la hora de elegir comida ante públicos muy reticentes. Pasé un verano en la casa de una familia inglesa en la que la pareja, cuando me presentaba a alguien, me clavaba el codo (cada uno de ellos se ocupaba de un brazo) tres veces y me reclamaba, arrugando la cara como una pasa, asqueados: "Dile qué os gusta comer". Ingleses rubicundos, tenía que haber contestado.

Ahora lo que más me interesa del pulpo es que no se quiere dejar conocer. En su ambiente, son curiosos y juguetones, aunque te atacan si les dañas o les cansas. En cautividad, hacen lo posible por vivir bien o, preferiblemente, por huir. Levantan pesadísimas tapas de tanques y se arrastran por un suelo seco para ir al tanque de al lado a comer algo, meten los brazos en los desagües para desbordarlos y salir, lanzan agua a todo elemento que les molesta (incluidas las caras de los científicos) para boicotear experimentos. Hay pulpos que han provocado tantos cortocircuitos arrojando agua a la instalación eléctrica que el personal del laboratorio ha desistido y los han dejado en libertad. Otros han escapado tuberías abajo y nunca han sido vistos de nuevo. Si la comida que les dan no es de su gusto también la tiran por el desagüe. Como un niño melindroso metiendo trozos de filete en un bolsillo, un investigador americano encontró a un pulpo escondiendo un calamar en un drenaje, dispuesto a pasar sin comer porque no le convencía el sabor del bicho.

Pienso en todos los que están ya de camino a las ollas de cobre, petrificados en sus bloques de hielo porque si no no hay forma de comerlos, es cansadísimo golpearlos a todos para ablandarlos. Este septiembre no parece igual y la culpa es de la lectura.

Voy a acabar vieja y vegana, auguro.

Vieja y vegana
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