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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Una cosa

Nada espolea más que una buena exclusiva de la competencia

DESPLEGAMOS el chaleco reflectante, una carta fosforita en un sobre de plástico, y nos lo pusimos sobre el abrigo. En la zona de guerra que es un edificio que se echa abajo el suelo lucía enharinado y mostraba, a un lado y otro, montones de cosas que fueron útiles y ahora son basura: puertas de taquillas donde se colgaron batas blancas, colchoncillos aislantes que vivieron décadas entre paredes. El del viejo hospital es un derribo ordenadísimo, como casero. Si en vez de pedir una mano con la mudanza quisiera usted demoler su piso nuevo, se parecería mucho a eso. No habría amigos deslomados cargando cajas de libros escaleras arriba. Estarían tirando delicadamente de las tuberías como quien arranca malas hierbas.

Nos enseñaron los techos de amianto, un océano de bovedillas grises que contienen, apretadas entre sus fibras, todos los males del mundo. Asentimos y preguntamos que cuánto, cuándo y cómo. Somos muy predecibles. No era la primera vez que nos veíamos en una de esas. Así, encasquetadas y muertas de frío, tomando notas junto a una lámpara de obra y revoltijos de escombros. Da bastante igual que el edificio vaya hacia arriba o hacia abajo, parece mentira lo mucho que los dos procesos se parecen.

Recordé uno de nuestros tours por el nuevo hospital en el que nos dieron un casco enano y una chaquetilla de ese plástico que se usa antes de meter en la nevera alimentos a medias. Envueltas como un fuet paseamos por espacios desiertos haciendo un gran esfuerzo de imaginación: aquí van los paritorios, allí los boxes de urgencias. Asentíamos como si los viéramos. Al acabar, el grupo se había reducido, esto estaba claro, pero seguía siendo lo suficientemente grande como para no saber quién era justo el que faltaba. Cuando le sonó el móvil a la conselleira y dijo que su jefe de prensa se había perdido, nos miramos y nos reímos muy serias. Esto se hace concentrando la carcajada en los ojos y haciendo con la boca una línea recta. Si llevamos gafas de sol nadie se percata nunca. Nos sale a ambas bastante bien.

El mismo gesto lo hemos repetido decenas de veces a lo largo de los años. La vida y los que la cruzan siempre tienen una guinda para nuestro pastel. Somos, además, de guinda fácil, hay que decirlo. Nos sentábamos juntas en las ruedas de prensa para hablar, cotillearnos notas y subrayados y reírnos con rictus impasible mientras nos clavábamos el codo. Esperábamos ordenadamente el turno para preguntar y nos cedíamos la vez. Luego nos tomábamos un café y salíamos disparadas cada una a lo nuestro. A menudo nos cruzábamos en nuestros escenarios habituales y nos decíamos que esa vez no nos parábamos porque teníamos ‘una cosa’. La competencia es eso, no revelar nunca esas ‘una cosa’ y dejar que la otra la lea en una doble página mientras se toma el primer café del domingo.

MaruxaHe pensado mucho en sus ‘una cosa’ todo este tiempo, tratando de imaginarme qué sería esa vez, enrabietándome perdida cuando lo descubría y me gustaba, lo que solía ocurrir. Pocas cosas espolean tanto como las ‘una cosa’ de una buena periodista de la competencia. No de cualquiera, claro, sino de la nuestra. Todos tenemos una Alicia al otro lado del espejo y es a ella a la que miramos, la que nos proporciona nuestros enfados más productivos.

La mía me contó ahí, bajo las vigas al aire de un hospital a me dio despellejar, que se retiraba. Me lo dijo contenta en ese plató de desmoronamiento generalizado y yo la felicité, aunque me pareció un asco, la verdad. Pedimos que nos hicieran juntas la clásica foto de obra. Tenemos muchas otras parecidas, con el casco resbalándose y el boli en la mano en pasillos vacíos; en un viaje a Roma en el que vimos al Papa, a Paco Vázquez repeinado en su embajada y la nieve en una ciudad en la que hacía lustros que no caía; en un 1 de mayo, entre banderas sindicales, sujetando cada una nuestra libreta corporativa. Pero este era un cierre de círculo poético y puñetero para una periodista sanitaria: nuestro primer hospital se borraba y su firma, también. Después hicimos lo de siempre. Nos tomamos un café rápido y nos fuimos cada una a lo nuestro. Yo iba con prisa porque justamente tenía después una cosa’.

Llevo desde entonces pensando en cuántas de sus ‘una cosa’ me quedarán por leer y en lo mal que me viene que después de esas no vengan otras. No sé, francamente, cómo lograré enrabietarme el domingo con la suficiente eficacia como para que me dure y llegar al lunes con el entusiasmo que da una exclusiva ajena bien escrita.

Una cosa
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