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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Un premio

HACE MUCHOS años que sé qué libro hubiera querido escribir. Lo leí experimentando una envidia loca, extrañísima, como si realmente hubiera podido ser obra mía. Es más, casi como si lo hubiera escrito y al final ese tipo francés, un impresentable, me lo hubiera robado, traducido, enviado a su editor, borrado de mi memoria, promocionado y, en un cruel giro de los acontecimientos, hecho llegar a mis manos para apabullarme.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXAFue así como pasó, leí El adversario en su primera edición y, al cerrarlo, lo pensé tal cual, una reflexión (qué vergüenza) de periodista entrevistándose a sí misma. No es mi libro favorito pero la respuesta sigue siendo la misma. La primera razón es que habla de un impostor y, si un libro contiene la promesa implícita de explicar cada paso del viaje entre la falta a un examen de segundo de Medicina y el asesinato de tus padres, mujer e hijos, así como un desganado intento de suicidio, yo me lo leo. La segunda, y primordial, lo bien escrito que está, con todos los tics carrèrianos que me encandilan, todo ese ego desparramado, su autoconsciencia, su querencia a hablar en el libro del proceso de escritura de ese mismo libro, de sus dudas, de sus palantes y patrás, de sus dilemas morales que siempre resuelve haciendo lo que más le conviene.

Ambas pesaron pero ahora sé que, de Carrère, lo que más me interesa es su relación con los sujetos de los que habla porque a mí me obsesiona la que un periodista tiene con las fuentes y él ya lo ha probado todo. Ha pedido permiso a los afectados y dejado leer todo antes de la publicación pero también ha escrito tremendas intimidades ajenas y traicionado a lo grande y sin avisar. Una novela rusa es exactamente eso, la historia de dos traiciones monumentales a dos personas a las que quería y que le querían, además de otra a sí mismo y su buen juicio. A su madre, que le pide que escriba de lo que desee menos de su abuelo y, por supuesto, hace justo eso. A su novia, una mujer más joven y menos culta, de la que él y sus amigos se ríen en las cenas porque no sabe quién es Heinrich Böll. A su conciencia porque cuenta que anima a su novia a abortar y cómo, tras dudar si sí o si no, decide incluirlo en el libro.

Hace mucho, por tanto, que sé que a Carrére, como a tantos artistas que me pirran, no lo tocaría ni con un palo. Es una persona fallida, como todos lo somos. Quizás él más. No quiero ser su amiga, ni su conocida, quiero ser su eterna lectora y, si lamento no saber francés, es en parte por no poder leer algunas de las cosas que salen de su cabeza y del único dedo con el que escribió prácticamente todos sus libros. Por esa devoción, y porque soy muy pesada con lo que me gusta, muchos amigos me han felicitado por el Príncipe de Asturias como si lo hubiera ganado yo.

Ver las cosas como son es el deseo más humano de todos. Quiero ser crítica y racional pero el corazón tiene razones que la razón no entiende y blablabla. Total, que observo sorprendidísima que me alegro genuinamente por ese reconocimiento. No es que me parezca justo, que también, sino que lo disfruto vicariamente por un cariño que te tengo, Emmanuel, quién me lo iba a decir. Con lo que he despotricado de tu comportamiento, de tu jeta, de tu ocasional crueldad y del rédito editorial que le has sacado a ejercerla y contarla. Con lo muchísimo que me has hecho pensar sobre tu responsabilidad como escritor utilizando la vida de otras personas, sobre la mía como lectora leyendo de esas vidas y como periodista escribiendo sobre las de otras distintas. Con la de veces que he dicho, en alto, completamente sola, mientras te leía: Te mato, pero qué maravilla. Cuánto me alegro.

Un premio
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