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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Un ibuprofeno

Joan Didion dedicó a la migraña, un mal muy literario, el ensayo perfecto

TODOS LOS DÍAS de la última semana han comenzado igual: un zumbido lejano, un malestar, una indignación por despertar ya, tan tempranísimo y de esa manera, zarandeada por alguien que no existe; nunca a mi ritmo, nunca tomándome media hora para tocar tierra. Y luego, el segundo mazazo, no es temprano en absoluto, eso me creía, y, además, todo lo cubre la niebla.

Ahora que ha llegado el invierno en serio, el núcleo duro del frío, lo celebro a migraña diaria.

Es este un mal muy literario, al que Joan Didion dedicó un ensayo perfecto, ‘En la cama’, que todos los migrañosos leemos asintiendo porque nos cuenta cosas que ya sabemos, pero qué bien nos las cuenta. Como los pies con dedos cortos y ordenados —alineaditos de mayor a menor y no esas cajas de colores entremezclados, en las que lucen pequeños los que se usan mucho, de tanto afilarlos, rompiendo la armonía de un descenso— es una herencia que debo a mi abuela Pilar. Pues gracias.

La de estos días es llevadera, pero pesada, no hay manera de que se largue de una vez. Las hubo bien peores, día tras día tras día, que me llevaron al neurólogo, un hombre que forma parte de mi raza favorita de doctor: el médico impertérrito. El médico impertérrito no se va a asombrar de nada de lo que le cuentes y va a escuchar tus cuitas con cara tallada en mármol por un mal escultor; o sea, inexpresiva. En concreto, este médico impertérrito tenía ojos de listo, que leían el final de tu relato cuando tú estabas en el prólogo, y te hacía el examen neurológico con precisión militar. Esas pruebas dan a los neurólogos información y al paciente, mucha vergüenza de si mismo. Sujetar un folio sobre la palma de la mano y tocarte la punta de la nariz haciendo todo el viaje de barrido del índice desde una posición de brazos en aspa es algo que una, francamente, espera hacer solo con unas copas encima y un guardia civil delante.

Lo que tiene el médico impertérrito que no tiene otra raza de médicos es eso, que si pretendes leer en su expresión qué pasa ahí, si bien o si mal o si regular, vas dada. Por lo que muestra, que es nada, puede estar pensando en la gravedad del asunto o en qué se hará para cenar, tú no lo sabes y, si quieres saberlo, has de preguntar. Pero, ay, el médico impertérrito suele ser, además, lacónico y, por tanto, un artista de la respuesta monosilábica.

MARUXA1Cuando digo que es mi tipo favorito, lo digo en serio, no hay ironía. La gente que me interesa y que tiene además una conversación compleja, que no se da facilmente y que solo fluye cuando encuentras el precipitador adecuado; es decir, que te obliga a preguntar bien para conseguir la respuesta que buscas y te reta a ser precisa, me encanta. A ver, me gusta más la charla orgánica, que sale bien con facilidad, sin rodeos y que es un partido de tenis bellísimo en el que la pelota nunca cae. Digamos que la otra es mi segundo tipo de charla favorita. Porque, ojo, ahí hay cosas que contar e interés por hacerlo. No es uno de esos desafíos huecos, en el que picas piedra y solo hay más piedra, donde todo es difícil porque sí, sin recompensa.

El médico impertérrito me recetó un tratamiento preventivo de la migraña que, se supone, reduciría la frecuencia del dolor y ayudaría a que, cuando llegase, fuese menos intenso. Lo que hacía era lo siguiente: imaginemos que la migraña es una clase de infantil con sobredosis de azúcar, alborotada y gritona; el tratamiento recogía a todos los niños y los metía en un cuartito lejano donde aún los oías, pero menos. Seguían aporreando la puerta para salir y llorando, gritando con sus pulmoncitos frescos, mientras tú estabas en otra ala del colegio, haciendo por ignorarlos.

Los efectos secundarios ocupaban una carilla de prospecto e iban desde la pérdida de peso, que no ocurrió, hasta la tristeza, que sí lo hizo. Las pastillas me quitaban la alegría de vivir y me la sustituían por una desgana que lo impregnaba todo y que colocaba cualquier experiencia a un nivel similar de satisfacción: lo mismo me daba quitarme una muela que comerme una pizza. Además, me ocurría algo terrible, olvidaba las palabras y me costaba expresarme, también por escrito. Pasaba los días contemplando la cueva de mi cabeza por donde me flotaba parte del vocabulario de antes, intentando alcanzarlo con un cazamariposas precario. Desesperaba.

Se lo conté al médico impertérrito, que yo no podía seguir así, que aquello me mataba la ilusión y que yo necesitaba conservar el vocabulario para trabajar, ganarme la vida y aportar algo con mis impuestos a la Seguridad Social, que me había facilitado aquel encuentro. Que tenía que entenderlo, que la migraña era un asco pero convertirse en tonta perdida era otro peor. Que lo dejaba.

El médico impertérrito asintió y dijo: "Lo comprendo". También me pidió que volviera si el dolor volvía a arrear como antes. Esta semana pienso en él. También en Didion, que contó que se había acostumbrado a la migraña, que la había incorporado a su rutina, y en Pilar, que decía que le había desaparecido tras casarse, tener hijos y, más adelante, nietos a los que dejársela en herencia. Después me tomo un ibuprofeno.

Un ibuprofeno
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