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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Un día de playa

Confraternización y métodos alternativos para refrescarse en las jornadas de calor

EL PRIMER día de playa de este año lo pasé leyendo un libro lleno de frío y humedad. Los personajes tenían constantemente el atizador en la mano, removiendo fuegos a los que les costaba prender, ya no digamos mantenerse; se pegaban a la chimenea disimulando, desganados, como si nada tuviera que ver que les saliera vaho por la boca estando bajo techo y se ponían chales para salir al pasillo. Del salón a las alcobas, todo era Siberia. Qué maravilla.

Es el método Theroux, que jamás lee libros sobre el país por el que está viajando cuando está en el país. Los lee antes, pero no durante, para que no le dirijan la mirada, para que no le ordenen desde el papel qué es lo que tiene que estar viendo, para mantenerse fresco y sin contaminar. También para tener un sitio al que huir u otro lugar en el que vivir un rato y no permanecer varado en el mismo punto. Para viajar dentro del viaje, que ya es vicio.

Yo a veces le hago caso y otras veces no. En la playa, siempre. Con el calor me gusta leer sobre el frío y hacerme la ilusión de que abrir el libro equivale a abrir la puerta del congelador y meter la cabeza un minutito entre guisantes y lomos de merluza a que se me tense el cutis y la nariz registre la bajada de cinco graditos, incluso diez.

En esas estaba cuando tuve que levantar la vista para decir varias cosas sin palabras a una señora que colocó una silla tipo platillo volante a mi vera, tan cerca que parecíamos familia. La miré a los ojos y, acto seguido, contemplé la extensión de arena vacía que nos rodeaba, mostrándole la cantidad de asentamientos posibles que no nos forzarían a confraternizar. "Hay un vasto mundo ahí fuera", parpadeé, con énfasis en el fuera. Ella me devolvió la mirada una fracción de segundo y la fijó sobre su silla futurista con decisión. "La he cargado hasta aquí y no la muevo ni un centímetro", me replicó con las pestañas.

Con el calor me gusta leer sobre el frío e imaginar que abro la nevera

Al minuto llegó una de esas familias madrileñas que yo creí que solo existían en esas listas de Buzzfeed tituladas Cosas que debes saber sobre las playas gallegas. Traían sombrilla, colchoneta, silla y un carro de la compra lleno de toallas, cremas, cubos y palas. Como okupas del veraneo se plantaron los cuatro mirando al mar, esperando a que este les dijera algo. La señora y yo unimos fuerzas, como familia que casi éramos, y les comentamos con las pupilas que tenían un sitio mejor a un kilómetro. O a dos. Sorprendentemente ignoraron nuestra recomendación. Eran gente informada que se concentraba en leer las olas, a ver si subía o bajaba la marea. La conclusión llegó enseguida. "Aquí nos ponemos, que está bajando", dijo él. "Aquí nos quedamos, que está subiendo" dijo ella. Mi ya familiar y yo asumimos, silenciosas: "Aquí se plantan, que no se aclaran".

Yo tenía una sombrilla, un libro congelador, una familiar nueva y unos vecinos intérpretes de océanos y, aún así, me parecía que me faltaba algo. Qué ansia y qué inconformismo tiene el ser humano.

Quisieron los dioses materializar entonces lo que mi alma anhelaba. A la derecha, colocaron a una pareja con escasas habilidades motrices jugando a las palas. Lo único que hacían era sacar todo el rato y la bola moría después a uno y otro lado, aburridísima. A la izquierda, plantaron a un señor con un transistor que no acababa de captar la onda. Presionaba el botoncito con un dedo, mientras negaba con la cabeza, harto de los acantilados y árboles, de toda esa naturaleza inútil que se interponía entre él y la antena más cercana.

Al centro de ese triángulo de las Bermudas llegó la amiga de mi nueva familiar y yo sentí que nos distanciábamos, pero solo de espíritu, lamentablemente. Quizás fue por las cosas que me dijeron con la mirada o, quizás, por las que se dijeron con la boca, pero algo pasó cuando empezaron a comentar qué fastidiosos son los apelotonamientos playeros. Como un dominó que cae, todo ocurrió. La bola dejó de tocar la arena y, clac clac, solo viajaba de pala a pala; los madrileños y su avituallamiento se replegaron un par de metros porque, al fin, el mar les había informado de su intención de subir; el señor sintonizó Carrusel Deportivo con cobertura cristalina y trasladó el dedo al botón del volumen.

Yo lo interpreté como una se- ñal, y con mi libro congelador bajo el brazo, emprendí la retirada.

Un día de playa
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