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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Robar a un ladrón

A Kureishi su contable le roba 120.000 euros y él lo ajusticia en un relato

En Un robo: mi estafador el escritor Hanif Kureishi parece que cuenta que su contable le robó 120.000 libras de sus ahorros. Parte del dinero se lo entregó él mismo para que hiciera en su nombre una de esas inversiones demasiado buenas para ser verdad; otra se la sustrajo haciéndose pasar por él en los bancos, imitando su firma y duplicando su carné de conducir. 

Maruxa-MaríaEn realidad, de lo que habla es de la fascinación por su contable, de la secta de crédulos a la que se unió, de esa especie de enamoramiento que sufrió por un tipo corriente y moliente, mentiroso compulsivo, que hasta después de haber sido detenido seguía intentando quitarle los cuartos y darle pena. 

Kureishi no fue el único al que convenció y siguió convenciendo de que solo necesitaba continuar moviendo dinero para poder devolverle el suyo. El pájaro robó en total cinco millones de libras. Pero sí es el que nos cuenta cómo, después de que la firma de contabilidad lo despidiera por fraude y avisara a sus clientes, él seguía sin llamar a la Policía pero contactaba con el estafador a diario para consolarle y ser consolado. 

"¿Cómo es que la gente se te puede quedar metida dentro, como sueños que se niegan a revelar los secretos de su horror, y no te puedes despertar ni entender lo que ocurre?", se pregunta. Yo también lo hago, Kureishi, la humanidad entera lo hace. Todos rodamos por este mundo dándole vueltas al hecho inapelable de que a veces, a menudo incluso, estamos ciegos a la naturaleza humana e ignoramos la pasta de la que está hecha el de enfrente. Y cuando al fin lo hacemos, qué abrumadora vergüenza, qué cabreo con nosotros mismos, con nuestro carácter fallido y espeso, empeñado en no ver lo que para otros era evidente. 

Llegado un momento, un amigo querido le dice a Kureishi que tiene que escribir sobre ese tipo para expulsarlo definitivamente, pero a él le cuesta creerlo. "El vínculo masoquista es uno de los más fuertes que hay. Escogemos a nuestros opresores; les queremos como a nuestros padres", apunta él, renuente a ponerse al tajo. Finalmente se rinde a la evidencia, lo hace y me da la oportunidad de, por primera vez en mi vida, entender esa rendición de tantos ante los estafadores, que yo siempre he contemplado estupefacta y, sobre todo, presuntuosa, convencida como millones antes que yo y otros millones después de que a mí eso no me podría pasar. Una duchita de humildad y realidad después digo que a mí eso sí me puede pasar. Yo también me he enamorado de la persona equivocada. Yo también he querido creer.

A Kureishi le tengo que agradecer también (o no, o le tengo que recriminar, no lo tengo claro) el viaje por la cabeza de un hombre de mediana edad que deja a su mujer por su amante más joven. Intimidad, junto con Una novela rusa de Carrère, son para mí didácticas de la masculinidad burguesa e intelectual, de lo gentuza que se puede llegar a ser, pero también de lo fallidos y humanos que resultamos en toda nuestro egoísmo e insensibilidad. Seas hombre o no, si alguna vez has roto con alguien, y no sé si se puede llegar a la vida adulta sin dejar o ser dejado, te ves reflejado en alguno de sus comportamientos o reflexiones, a menudo en las peores.

Para escribir esos dos libros, ambos tiraron de su experiencia y, necesariamente, ‘robaron’ a las mujeres con las que la vivieron. Nos muestran que no hay que relacionarse con escritores, que te vampirizan la realidad, te secuestran las vivencias para amasar su versión y como esta queda negro sobre blanco parece a veces la única que ocurrió. 

Al final del relato sobre su estafa, Kureishi se confiesa con sus propias palabras: "Le robaré yo a él. Si le robaba algo a ese demonio y homúnculo, podría transformarle y rehacerle, le tendría acorralado". Lo que en otros libros te parece una traición, en este resulta un ejercicio de rotunda justicia.

Robar a un ladrón
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