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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Prospecto para la vida

HACE AÑOS vi a Jon Sistiaga preguntar a dos funcionarios de la biblioteca de Pyongyang si tenían un ejemplar de 1984 de Orwell. Entrecerró un poco los ojos al hacerlo, que es esa forma de avisar al espectador de que se es muy intrépido. La pareja, que minutos antes le había mostrado una minúscula parte de los diez mil libros ‘escritos’ por Kim Il Sung, sonrió cortésmente con cara de no saber de qué les estaba hablando. El siguiente plano era Sistiaga frente al edificio contando con espanto cómo el libro sobre el Gran Hermano estaba prohibido en Corea del Norte.

Poca sorpresa había en esa revelación. Algo más si se hubiera hecho el reportaje en alguna ciudad de Virginia, o de Texas o de Luisiana. Podría haber sido idéntico: la misma pregunta con párpado a medio abrir, la misma respuesta negativa, la misma medianilla a las puertas del edificio.

Advierte la Asociación Americana de Bibliotecas por la Libertad de que la censura puede llegar por cualquier lado, que es el primero de los impulsos humanos. Cada año, elabora un informe con los libros que con mayor frecuencia han pedido los usuarios que fueran retirados de los estantes y sus razones. A la distopía orwelliana se la considera demasiado procomunista, una apreciación que debe de regocijar a los norcoreanos. Pero es solo uno más, hay cientos, clásicos y modernos de cuyos interiores nos quieren proteger. Del satanismo de Harry Potter y de El señor de los anillos, del sexo explícito de las 50 sombras de Grey por si "un grupo de adolescentes quiere probar lo que cuenta", del lenguaje blasfemo de De ratones y hombres y hasta de la religiosidad exclusiva de la Biblia, que no tiene el detalle de abrirse a otras opciones, de contemplar otros dioses.


Una cosa es la ficción y otra la realidad; un personaje o doscientos, pueden ser racistas, sexistas, malvados y eso no implica que su autor sea racista, sexista y malvado


Esta semana hemos sabido que en las escuelas de un condado de Virginia no se leerá ni Matar a un ruiseñor ni Huckleberry Finn porque la madre de un alumno ha solicitado que se eliminen del programa escolar ya que el lenguaje racista ha herido la sensibilidad de su hijo. Que las dos sean obras con claros mensajes de igualdad, de aceptación del diferente, no solo del de otra raza, también del raro, no ha importado. No es la primera vez ni la última que se prohíben dos libros que, a la vez, suelen formar parte del programa de lecturas de otros muchos centros año tras año.

En los campus americanos se están creando ‘lugares seguros’ para determinados grupos: negros, latinos, homosexuales... En algunos de ellos, nacieron a raíz de la candidatura de Trump, como forma de protección ante una realidad amenazante. En esos mismos, ahora los estudiantes seguidores de Trump también piden ‘lugares seguros’ para ellos, donde compartir ideas sin encontrar ninguna oposición.

Hay alumnos activistas que reclaman que los profesores adviertan del contenido potencialmente sensible de sus clases, que avisen de que Antigona se suicida, que Romulo y Remo son fruto de una violación, que la sociedad de La cabaña del Tío Tom era racista, que en Las uvas de la ira muere gente de hambre. Que adviertan de los terrores a los que van a referirse para dejar que los alumnos vulnerables abandonen el aula a tiempo. Que se haga, en fin, una especie de prospecto farmacológico de las clases, una lista de ingredientes para que cada uno elija qué meterse en la cabeza y qué no, sin importar que también esas cosas terribles expliquen el mundo, sin tener en cuenta que muchas veces son las que mejor lo explican.

Nos queda poco, si es que nos queda algo, para vernos igual. Defendiendo ideas que nos parecían viejísimas, tan evidentes que aburrían: que una cosa es la ficción y otra la realidad; que un personaje, dos, doscientos, pueden ser racistas, sexistas, malvados, lo peor y eso no implica que la obra ni su autor sea racista, sexista, malvado, lo peor; que la vida es rica en lo bueno y en lo malo; que aprender es muchas veces aprehender todo lo posible y que a la gente vulnerable hay que protegerla sin racanearle la amplitud de lo que hay. Que la censura no, ni la bienintencionada.

Prospecto para la vida
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