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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Pregúntale al Google

SI ALGUNA VEZ escribo un guión para una película oscarizada incluirá esta escena: noche, interior, y única luz de una pantallita de teléfono iluminando la cara del protagonista, que está tumbado en la cama. Su índice asoma bajo el edredón y, despacio, casi no atreviéndose, teclea 'síntomas del infarto' o 'miedo a dormir' o 'por qué me todo me pasa a mí'. Sería esta una película de retrato generacional; qué digo, de retrato multigeneracional porque a quién se le preguntan las cosas ya sino al Google, quién nos escucha, a jóvenes y a viejos, a todos.

Por motivos relacionados con otras películas de otras guionistas no imaginarias, con las historias de detectives y con Ashley Madison, se tiende a creer que el gran descubrimiento que se hará en un historial de búsqueda es el de la infidelidad. O al menos, el del porno. Pero eso es una simpleza, cosas más íntimas le contamos al Google, que hace mucho ya que es confesor, psicoterapeuta, amigo sabiondo y experto en general en la pequeñez de su cajetín de texto sobre pantalla blanca. Tiene respuesta para todo, aunque no sea lo que buscas.

Hace poco acabé de ver Narcos, la serie sobre el cartel de Medellín, y solo tuve una cosa que preguntarle: "¿Estaban escolarizados los hijos de Pablo Escobar?" No me quedó claro, pero qué viaje empecé, amigos. Qué paisajes, qué revelaciones. Supe entonces que Escobar obligó a clavar un asta en la frente a un purasangre y a construir unas alas de papel para poder regalar un unicornio a su hija Manuela, ante la que, aún en plena huída, solo abría las cámaras del dinero diciendo "Ábrete, Sésamo", pero no llegué a tener claro si la mandaba al colegio. Da un poco igual, imagino, porque lo verdaderamente revelador en esos casos es más la pregunta que la respuesta. Si queremos entendernos, saber de qué estamos hechos y qué cosas nos mueven fijémonos en eso, leamos nuestro historial de búsquedas como si fuera un oráculo e interpretémonos.

En 'El comensal' cuenta Gabriela Ybarra que cuando a su madre le diagnosticaron un cáncer trabajaba en una oficina sin ventanas y mal iluminada. Se lo contó al Google así: "En mi oficina no hay luz" y a los cinco minutos ya se estaba comprando una lamparita de esas que prometen reconfortarte por no ver el sol. Era tan aparatosa que apenas llegó a usarla. Cuando su madre había muerto, buscó su nombre en el Google porque tenía esa sensación, que ocurre con frecuencia con la gente que queremos y no está, de ser incapaz de recordar su cara. Al aparecer en la pantalla, se encontró a si misma hablándole de su mañana, de un percance doméstico, de un libro... y miró fijamente su fotografía largo tiempo para grabársela, como si fuera la única forma de hacer esas cosas. La memoria es veleidosa así que, allí y en ese momento, se acordó de la lamparita, la buscó en un armario y la enchufó. Otra vez le pareció que no serviría para nada.

Si a Ybarra le hubiera fallado la memoria, si no se empeñaran esos recuerdos que duelen pero tan cabezonamente brotan, plantitas que crecen entre las juntas de las piedras ya pisadas cien años, podría haber escrito eso siguiendo el orden de los acontecimientos a través del buscador.

Hay tantos hartos de estas búsquedas nuestras. Los médicos, por ejemplo, que se encuentran con pacientes bregados en internet, que han preguntado al muro de las lamentaciones del buscador por lo suyo y, si la angustia es suficiente, han enviado mensajes a varios foros, casi asumiendo que equivale a entrar en la consulta con la segunda, tercera y cuarta opinión ya buscadas. Los profesores también. A ellos les toca leer cien veces la misma respuesta con el mismo ejemplo, pasar el aburrimiento de no encontrar en una evaluación apenas un pensamiento original. Y, además, observar esa tendencia a no contestar a lo que se pregunta sino a lo que se desearía que se hubiese preguntado, como si elegir la respuesta implicase automáticamente que se modificase la pregunta.

Quizás hacemos mal, quizás debiéramos ir a buscar a otros sitios. O ni eso, quizás debiéramos guardarnos las dudas, las inquietudes que con tanta precisión nos explican, llevarlas dentro y esperar que, en algún momento, la vida se nos revelase y en cualquier minucia encontrar una epifanía. O preguntar a los demás, como hacemos a veces, pero quién nos aguantaría. Qué persona resiste todas nuestras inseguridades, nuestros intereses pasajeros, verdaderas obsesiones que duran un par de días para ir a morir a un olvido recalcitrante, nuestras angustias.

Cuando a veces recreo la escena por la que he de ganar un Oscar y también a oscuras desbloqueo el teléfono para entrar en el Google, y pongo el dedo sobre el cajetín y escribo la primera letra de la preocupación de ese momento y aparece el listado de búsquedas más frecuentes que empiezan con esa letra, leo sin moverme todas vuestras preguntas y, de verdad, me partís el corazón.

Pregúntale al Google
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