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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Por un puñado de plátanos

No es el humano el único animal que cuenta cosas del pasado

ACABAMOS DE SABER que el ser humano no es el único animal que cuenta cosas del pasado, que les pide a sus crías que aprendan de su experiencia. Las orangutanas también lo hacen, lo que ha dejado a los primatólogos perplejos. A la selva de Sumatra han enviado un tigre artificial a darse unos paseos. Esperaban gritos espantados de las orangutanas y se encontraron la más viva estampa del miedo y la cautela. Las madres se orinaban y defecaban de la tensión, recogían a sus crías y trepaban árbol arriba lo más silenciosamente posible. Cuando el robot-tigre se había marchado les contaban lo que había pasado, más rápido cuanto menor era la cría.

El verano pasado fui a Borneo con la ilusión de ver orangutanes. Todos los primates me enternecen y me dan grima a la vez. Nos parecemos tanto que vernos juntos supone tener delante distintas fases de un revelado, como si se estuviera preparando un plato para un libro de cocina y hubiera que tomar fotografías de los distintos puntos de cocción que orientasen al chef novato: con 30 minutos de horno queda así; con 90, asá. Somos lo mismo a fuegos distintos.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXAVer orangutanes consiste en pagar la entrada de un parque nacional y leer un cartel gigantesco que te advierte de que es temporada reventona de fruta, que quizás no aparezcan porque no sienten la necesidad. Cruzas la puerta con la certeza de que esa señal luce todos los días del año, de que en ese sitio la fruta no se detiene. Después caminas pausadamente por estrechos caminos de jungla, un habitat lleno de ruidos metálicos, como si todo el bicherío invisible hubiera sido programado por una empresa puntera coreana, y llegas a una plataforma de madera en medio de la selva. De pie aguardan 200 turistas sudorosos vestidos de Miguel de la Cuadra Salcedo.

En esos parques viven, libres pero controlados, orangutanes no aptos para la vida verdaderamente salvaje, crías que se quedaron huérfanas demasiado pronto o jóvenes que vieron morir a toda su familia. Se hacen nuevas familias. Están todos identificados y bautizados y, aunque se buscan su propia comida, también aceptan gustosamente la que les dan sus cuidadores. Esa entrega se hace dos veces al día y esos son los momentos en los que convocan al turista esperanzado.

Para no disuadir a los animales, se pide a los asistentes silencio absoluto, algo del todo imposible para los grupos humanos. Lo máximo que ofrecemos son bisbiseos, carraspeos, clicks de cámaras, y un continuo chistar al de al lado, como si el ruidoso fuera él. En eso estábamos cuando un señor japonés empezó a estornudar alérgicamente. Ahí sí se detuvo el runrún habitual mientras todos nos concentrábamos en mirarlo con reproche, haciéndole saber que por su culpa no veríamos orangután alguno. Su alergia registró el odio colectivo y detuvo todos los síntomas de golpe, un antihistamínico extremo.

Un cuidador se adentró jungla adentro y empezó a aullar exactamente igual que Tarzán. Levantamos las cejas indignados, convencidos de que se estaban riendo de nosotros. A su lado lucían racimos de plátanos suficientes para un Primavera Sound. Él aullaba, nosotros sudábamos, el señor japonés se tapaba la nariz con un pañuelo, estampa del terror. Quince minutos después nos giramos y caminamos el tramo de jungla de vuelta, esa vez sí en verdadero silencio. No hay como una buena decepción para callarnos.

A la salida lucen las fotos, nombres y descripciones de algunos oranguntanes. Bajo primeros planos de sus cabezas de coco, te enteras de sus desgracias y de sus caracteres traviesos o glotones. Los machos adultos lucen mofletes hinchados que les dan mucho tirón, por lo visto, pero los que arrancan ays son las crías despelujadas y con expresión de permanente sorpresa. Vuelve el estremecimiento porque en todos hay algo tuyo. Tienes fotos infantiles que muestran casi lo mismo.

Un ejército derrotado de turistas se comporta como un único cuerpo, una formación perfecta. Se para ante las imágenes, señala algunas e ignora otras, compra botellas de agua, bebe con ansia, se pasa la mano por la frente y abandona el lugar negando con la cabeza, con la estupefacción de haber cruzado miles de kilómetros para sudar con 200 personas y mirar mal a un pobre alérgico.

Los más dedicados vuelven y vuelven y en algún momento ven a uno o dos, generalmente adultos. Aparecen como una mancha pelirroja para llevarse los plátanos o los mangos, lo que toque ese día, y se retiran cuando no soportan más los clicks de las cámaras y los móviles.

Después vuelven con los suyos y, ahora lo sabemos, cuentan lo que ven a las crías. No vayáis, no hay nada de interés. Solo 200 primos palidísimos, uno de ellos resfriado. A ver si nos va a contagiar por un mísero puñado de plátanos.
 

Por un puñado de plátanos
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