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¿Por qué no yo?

Los pólenes y las gramíneas me obligan a espiaros desde la ventana
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EMPEZÓ LA primavera. Llegó y pensé que aquí aún tardaría mucho en notarse y menos mal, necesitaba el tiempo. Hay una puesta a punto precisa para quitarse los abrigos y jerseys gordos y hay que reunir más ganas de vivir. No tener mucha reserva de esas ganas no quiere decir que se tenga deseo de lo contrario, sino que se carece del entusiasmo suficiente. A la primavera hay que recibirla con entrega. Si no se arrebata una en primavera, ya me dirás cuándo.

Este aplatanamiento, este bajón existencial y rumiar autocompasivo con el que la encaro tiene una razón de ser, la alergia. Son los pólenes y gramíneas los que me obligan a la reclusión y a penar por el triste destino que me impide 'aprovechar' el buen tiempo. Pero, incluso con ojos llorosos y nariz rinítica, os he visto en Semana Santa llenando las plazas con vuestros pies blancos, libres de calcetín por primera vez en el año, abanicándoos con una factura vieja que encontrásteis en el bolso, vigilando por el rabillo del ojo a niños frenéticos y sudorosos, histéricos, borrachos de calor.

Se quejan los expertos, que a estas alturas somos ya prácticamente todos, de que asumimos que la pandemia se ha acabado cuando, en realidad, nanay. Puede ser, pero si Camus llevaba dentro un invencible verano, nosotros llevamos dentro una invencible mentira: la creencia de que podemos recuperar el tiempo perdido. Ja, ja y más ja. Queremos tomar las calles, las terrazas que siguen siendo nuestra obsesión, los aeropuertos y estaciones en tromba, irnos a la otra punta del mundo, bien lejos y ocupar cualquier interior que no sea el habitual. La casa propia es la última opción.

No sé si lo que llevaremos dentro será más bien un invencible capitalismo, vuelve la era del gasto que consuela, en fin. Ese rollo de que nos lo merecemos, que hemos hechos grandes sacrificios, que hay que vivir, siendo vivir, insisto, consumir.

Como yo también sucumbo al márketing, os he contemplado como la vieja del visillo, alejada y envidiosa, incrédula de que vosotros no sintáis esta dificultad respiratoria, lagrimeo constante, rosario de estornudos, lo que viene siendo un malestar general en toda regla. He mirado mucho por la ventana esos días de calor que ahora parecen un espejismo y he sentido una horrorosa pena de mí misma por no estar donde estaba la fiesta, convenientemente olvidando que cuando he estado en la fiesta a menudo he elegido irme de ella.

En Agua y jabón –hay libros que cito tanto que debiera pagar un canon a sus autores– Marta D. Riezu se jacta de saber todo lo que pasa en su calle porque es su "deber como poblador urbano". Se ve que ella es otra ventanera, o balconera y, por tanto, defiende a las viejas del visillo, recuerda que puede que estén "solas, aburridas y asustadas", pero incluso si su único ánimo es el del cotilleo se pregunta si acaso no es esa la forma más sincera de interés. Le parece "humano y halagador que nos echen un ojo".

No es mi caso, lo admito. Yo no os he echado un ojo, yo he proyectado una tirria recalcitrante remojada en autoindulgencia, que podría resumirse en la frase "¿por qué no yo?". Lo veo claro ahora, que ha llovido y limpiado el aire, con lo que me llega el oxígeno al cerebro con más facilidad, un suministro abierto que me hace más indulgente.

Yo también querría estar en una terraza, desenmascarillada, remangándome la camisa, pensando que me había vestido mal para el calor, añorando unas sandalias, poniendo la mano abierta de toldillo sobre la frente, sorbiendo un agüita con gas y rodaja de limón y quejándome intensamente de la inflación. A ver si para el verano cumplo.

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