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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

"Oyes, chica"

EN MI CALLE hay un portal que fue precioso, con una puerta de madera de esas que tenían cristal y forja haciendo dibujos. Asomándote podías ver el interior: un rosetón en el suelo, las hojas batientes de una segunda puerta que frenaba corrientes, las escaleras con un pasamanos bien gordo, perfecto para hacer de tobogán. Ahora, ya sin cristal, puedes ver el interior aún mejor. Puedes, pero no quieres.

De la forja cuelga en este momento una caja de Albariño con una ranura hecha a cuchillo. Me imagino al autor maravillado con su idea y poco después, fastidiado por la incomprensión. No ser entendido es muy duro. No ser profeta en tu tierra no hay quien lo aguante. Se le hizo preciso tomar medidas. Sacó entonces un boli bic y escribió 'carta' sobre la marca del vino, pero tampoco funcionó. La tipografía tiene esas veleidades: las letras gordas y grandes te distraen de las pequeñas y finas. Con toda la perseverancia, en mayúsculas y con doble, hasta triple, raya de boli bic, añadió después la palabra definitiva: 'Busón'. No se entera el que no quiere.

Los remitentes del ‘Busón’ son figuras míticas. Se dice que, en las noches frías, prenden ramas en el interior de unos bidones, como si vivieran en una película del Bronx; se dice que tienen la luz y el agua enganchadas, pero pagan devotamente la wifi más veloz porque quién no desespera viendo las rueditas girar y las páginas no refrescar, qué siglo XXI es ese; se dice que peregrinan por las tiendas del barrio para cargar el móvil, temerosos de gastar de su electricidad enganchada; se dice que la anciana que a veces pasea en su silla de ruedas se levanta de un respingo si tiene que ceder el asiento a cualquier tablón que encuentren en la acera.

No es lo único que se dice. Se dicen otras cosas de otra gente. Los barrios son así. Se dice que los ejecutores del lanzamiento de huesos de pollo con parábola se han mudado, dejando estas calles huérfanas de carcasas. Los días cálidos, cuando el sol te alumbra los lunares, se podía pasear y levantar la vista hacia los ventanales llenos de parabólicas diminutas, como una paella individual, para ver un huesecillo cruzando el cielo sobre tu cabeza. Caminar bajo el goteo de huesos es algo que une, que hace barrio.

Somos también legión los que acabamos rindiéndonos y dirigiendo la mirada hacia la voz infantil de otra ventana que nos gritaba "¡oyes, chica!" como si lo rapeara, con una pausa pefecta, bien musical, después del "oyes". Toda la mediana edad éramos "oyes, chica" y "oyes, chico". Había que pasar largo de los sesenta para recibir un "oyes, señora". Como, efectivamente, oías, podías negar con la cabeza a la peregrina petición que venía después: que lanzaras en vertical un eurillo hacia su ventana. Como si no viviera ella en un cuarto piso y tú hubieras estado entrenando con los huesos de pollo. También se ha mudado.

No ser entendido es muy duro. No ser profeta en tu tierra no hay quien lo aguante

A veces pienso en mudarme yo y entonces mis amigos me advierten de que, en cuanto lo haga, echaré de menos todas estas historias del barrio, las cosas que pasan y las cosas que se dicen, a sus protagonistas. Dónde voy a encontrar otra mina como esta.

Pero entonces recuerdo la última vez que sucumbí y pedí comida china, esa perversión del original. llegó a mí puerta el repartidor, un veinteañero enfurruñado sin aliento y yo le di una propina, como hago siempre para disculparme por no tener ascensor. Uno sabe que algo va mal cuando alguien responde sinceramente a sus cortesías. Yo le dije qué tal y él me dijo enseguida que fatal, que harto, que no aguantaba más, que qué necesidad tenía él de andar así, que no tenía ninguna, hombre por Dios. En ese momento levantó la goma de sus pantalones y metió la mano dentro a bucear; temí que para señalar el lugar donde se le concentraba el hartazgo, pero lo hizo en realidad para pescar. De allí sacó un rollo de billetes de cien, sujeto con una goma, y me preguntó si no me parecía a mí que con toda esa pasta que tenía debía dejar su trabajo enseguida, que era una cutrez, que para qué. Yo no supe qué decir. A mí la gente que saca cosas de sitios inesperados me deja así. Como la pregunta era retórica, el chico hizo la operación inversa y con el fajo a salvo en el paquete se marchó silbando hacia su futuro.

Desde aquel día, cada vez que se me cruza eso de dónde voy a encontrar otro sitio tan repleto de historias me tranquilizo a mí misma: "Oyes, chica, ya vendrán a ti".

"Oyes, chica"
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