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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Mojarse los pies

SUERTE, tenemos los de la Generación X de haber sido niños y mozos cuando para ver las fotos aún había que revelarlas. Imaginen lo de ahora, el eterno recordatorio de tu vida, de cinco en cinco minutos. Conservar la progresión milimétrica de tus dientes torcidos, desde que se abrieron paso en la carne hasta ese aparato sideral que se aprieta mes a mes; la línea del cabello en retroceso, el desierto que es la frente; la carcajada de las modas: hombreras y vaqueros nevaditos, todo beige y gris y, agárrense, otra vez hombreras y vaqueros nevaditos. Quién lo vio venir.

A las fotos se les tiene un respeto reverencial, absurdo. Yo no puedo romper una foto. No puedo quemarla, es demasiado melodramático. No puedo rayarla con el filo dentado de una llave, que es algo que las películas atribuyen a los psicópatas perdidos. No quiero propiciar confusiones. Puedo guardarla en un cajón, pero no olvidar que la he visto.

Las fotos son, además, injustísimas. Al menos, las domésticas, las nuestras, las de los que fuimos fotografiados lo justo. Suma mofletes hinchados y tarta cayendo por la barbilla y obtienes un glotón aunque sea la imagen de un momento fugaz, nunca repetido; aunque se trate del peor comedor del mundo, aquel que logró probar que, sí, que los niños podían vivir del aire. Por ejemplo, he intentado convencer a todos mis familiares de que uno de mis primos fue un niño bizco solo por una imagen desafortunada, por un momento confuso. Él lo niega siempre y yo me empeño, cabezona. Guardo su foto, porque siempre ha estado en mi poder, como si fuera la prueba que algún día me haya de sacar del corredor de la muerte.

Agradezco el empeño conservador de los archivos, la resistencia a tirar, el puntito de Diógenes


A veces, sin embargo, dan en el clavo. Te describen en un instante. Yo, que antes que con la imagen siempre me quedo con las mil palabras, admito que las hay que lo condensan todo, capaces de decir a gritos, pero en silencio, cómo es alguien.

Tengo una de esas guardada para la eternidad en el archivo de este periódico. Entraría ahí a desbrozar, machete en mano, cortando la selva exuberante que es ese lugar sin piedad. Entre esa masa vegetal de políticos multicolores y multifunciones, edificios que fueron y los que son, fiestas de comer y beber (como si hubiera otras), también estoy yo. Estamos todos.

Es una esquina poco transitada, que nunca se ilumina porque a quién interesan nuestras cosas de familia, las celebraciones, las noches electorales hasta tarde, las entrevistas curiosas que piden un recuerdo con el entrevistado, los días cualesquiera buscando un lugar por la provincia adelante o escribiendo un breve sin importancia. Un álbum de la trastienda.

En esa foto salgo sentada en el asiento de acompañante del jeep que tenía por aquel entonces el fotógrafo José Vázquez, con la puerta abierta y la libreta en las rodillas. Tomo notas de lo que me dicen dos mujeres pegadas al coche, que llevan botas de goma porque el agua les llega por los tobillos. Es una tarde de hace décadas en la que, como mil veces antes y mil veces después, llovió tanto que había inundaciones en A Terra Chá. Es decir, se anegan caminos y campos, se ponen en peligro cosechas, se estropean enseres. Algunas pistas se cortan y algunas casas quedan temporalmente incomunicadas o, al menos, a sus habitantes se lo ponen muy difícil para entrar y salir de ellas.

Sin conservar ningún recorte ni más recuerdo que el de la foto, sé perfectamente qué me están diciendo las dos mujeres: que hay que mantener las carreteras, que no puede ser que ocurra lo mismo cada vez que llueve, que con una pequeña puesta a punto se podría evitar esa situación. Yo lo escribo con diligencia y con el techo del coche sobre mi cabeza.

Ahí está la más pura representación de mi vagancia: las dos mujeres tienen los pies sumergidos y yo, que fui para contarlo, los mantengo secos en el interior del coche, desde donde las llamé para que se acercaran y poder hacerles unas preguntas. Qué cuajo. Cada vez que me veo ahí subida, plácidamente encaramada, tomando notas como si de eso fuera todo esto, de libretitas y apuntitos, entraría en la fotografía como en La Rosa Púrpura del Cairo, pero no para enamorarme sino para abofetearme.

Al final, y me ha costado, agradezco el empeño conservador de los archivos, la resistencia a tirar, el puntito de Diógenes. También las imágenes azarosas que nos resumen, que son el más minucioso espejo. Más que el doloroso de aproximación, donde cada poro se hace cráter; más que el de Zara, ante el que se padecen crisis existenciales definitivas; más que el de tu baño, que sabe tantas cosas.

Me ha venido bien verme así. Dónde y cuándo si no iba a aprender que, hombre por Dios, hay que ir, hay que salir y hay que mojarse los pies. En A Terra Chá y en la vida toda.

Mojarse los pies
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