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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Los interiores

El Portalón
El Portalón

EL OTRO DÍA me tomé un vermú bajo la nieve. Con gorro, guantes y otras personas en idénticas circunstancias. Creo que he tocado fondo. Lo que quiero decir es que echo de menos los interiores. No mis interiores, que los tengo muy vistos, sino otros interiores, los vuestros, por ejemplo.

¿Es deliciosamente decadente tomar un vermú bajo la nieve o soy una imbécil redomada por contemplarlo siquiera? Las dudas me arrean, como las ráfagas de viento durante la mayoría de los cafés al raso que me he bebido este invierno, mientras contemplo el interior del bar igual que la cerillera miraba las pastelerías. O como aquel amigo que se fue a Chequia con una insignificante beca de la UE para pegar la nariz en los escaparates de todas las carnicerías de Praga, con ansia de chuletones.

MxSiempre he desconfiado de las terrazas, las cosas como son. De la pasión mediterránea por las terrazas y, muy especialmente, de su conversión en verbo y/o en diminutivo. Es escuchar terracitas o terracear y algo me burbujea columna arriba, una alerta primitiva, un vilo animal. Al mismo tiempo planto el culo en una en un día cálido con brisa, me pido el veraniego engendro ese del café con hielo, y muéveme tú de ahí. El ser humano es contradictorio, es ridiculillo; es, en fin, de no fiar.

La pandemia me ha echado a la calle como nunca. Y a los prados y a los caminos, a las ventanas abiertas, conocidas ahora como ventilación natural frente a los aerosoles; a la contemplación de pajaritos de ciudad con espíritu de Sir Richard Attenborough, a los paseos, a los parques y al mobiliario urbano, a las improbables terrazas heladas.

Sabía que esto pasaría porque todos los años me recuerdo a mí misma que hay un momento, en el verdadero corazón del invierno, en el que sí me voy a poner el abrigo de plumas michelínico, y la bufanda y los gorros. No, no lo puedo tirar ni prenderle fuego, como desea mi corazón. Qué sabré yo en octubre, ilusa que confunde un viento fresco con el verdadero huracán.

Cuando después de muchos años de ir a otros sitios y nunca a París acabé yendo, comprobé asombrada cómo los parisinos se sientan en las terrazas a las ocho de la mañana, bajo una niebla espesa, subiéndose el cuellito de la chaqueta y fumándose un pitillo como si esa brasa les calentara. Yo les miraba estupefacta y sin entender nada de esa querencia por la congelación desde el interior de los bares o restaurantes, que es justo donde querría estar yo ahora.

Lo que quiero, queremos, es abrir una puerta y sentir el vaho en toda la cara, que se empañen las gafas y los cristales, que nos urja el deseo de quitarnos bufandas y abrigos tirando de ellos hacia abajo, con toda la representación gestual del ahogo. Ponernos entonces a parlotear de cualquier cosa no covídica, porque la pandemia dónde iría ya, sin mirar la proximidad de los comensales, ni la cercanía de otras mesas, sin notar corrientes de aire ni nada. Exactamente así, perdiéndonos en el decorado, que para eso estaría, sin tener que cultivar una constante consciencia de uno mismo, de a dónde va la mano primero y a dónde va después, de qué hace el de al lado y el de más allá, de en qué parte del bolso está
el puñetero gel hidroalcohólico.

Y, desde ese lugar caldeado, y a través de la franja despejada que queda entre el cristal empañado y el marco de la ventana, contemplar el exterior, la gente cruzando la calle yendo a sitios, camino de lugares donde quitarse sus abrigos y bufandas con ese tic incivilizado de hartazgo por algo que te ha llevado calentita hasta ahí y, desde luego, no quedándose parada en una esquina, mustia, mientras bebe su café en un vaso de papel. El invierno se aprecia mejor desde los interiores.

Los interiores
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