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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Los esquejes

Una noticia modesta, bien trabajada y contrastada, es la gloria bendita
MARUXA
MARUXA

EN REDACCIÓN Periodística de primero tuve una de esas profesoras que te auguraban si ibas a triunfar en el trabajo. Era una mujer de aspecto ampliado, que son aquellas en las que toda elección estética está supeditada a la intención de ocupar más espacio. El pelo, por tanto, lo llevaba enlacado y voluminoso, una media melena con alerones sobre las orejas bien trabajados por L'Oreal. Usaba chaquetas con hombreras de quarterback americano y, en invierno, un abrigo por encima que sumaba un nuevo par de hombreras. Yo, en esto, la entendía perfectamente porque en el instituto me colocaba dos en cada hombro ya que una sola me hacía sentir escurrida. Había que verme. Ella, además, se maquillaba irisadamente y se perfumaba con entrega. De aparecer ahora mismo en una serie americana algún personaje diría: "Han llamado los años 80, que les devuelvas el modelón". Risas enlatadas.

Tenía auténtica devoción por la Agencia Efe, donde había ejercido muchos años antes y nosotros, pardillos perdidos, empezamos el curso sintiendo algo parecido, por qué no. Sin embargo, en el segundo cuatrimestre la sola mención de la palabra agencia ya nos aflojaba la boca en una especie de ‘risapena’, exactamente la misma reacción que te produce una de tus amigas que no para de hablar de un tío, fulanito por aquí, fulanito por allá, y cree, pobre, que lo hace despreocupadamente, fruto de la casualidad, sin percatarse de que más que nombrarlo, lo invoca, que se le está declarando mención a mención. Ella estaba enamorada de la Agencia Efe y, cuando nos llevó de visita, todos vimos cómo saludaba entusiásticamente a gente que apenas le devolvía un levantamiento de cejas.

Mucho antes de eso nos hizo rellenar una encuesta que nos tomamos muy en serio. Tengo que reconocer que contesté la mía con la nariz arrugada porque se parecía muchísimo a las que había respondido semanas antes cuando, buscando residencias en el último momento, visité dos del Opus sin saber de antemano que lo eran. Qué periódicos lees, qué libros lees, qué revistas lees, qué películas ves, qué radios escuchas. "Pon que todas", me aconsejó mi madre, que al salir me apretó el brazo y me dijo que allí no me quedaba "de ninguna manera". Quiero mucho a mi madre.

Después, esta profesora nos llamaba uno por uno a su despacho para comentar la entrevista y anunciarnos qué iba a ser de nosotros. Hubo a quien le dijo que se había equivocado de carrera, que cambiara cuanto antes, que jamás se iba a ganar la vida en el periodismo. Ya comenté antes, de pasada pero ahora insisto, que el pardillismo era una de nuestras cualidades colectivas más notables, así que hubo lágrimas y lamentos y un preguntarse a ellos mismos (y al resto) si no tendría razón y deberían irse a Derecho. Qué cosa más absurda ese juicio apresurado y sin más base que 400 respuestas a una encuesta en la que tratas de hacerte la lista, pero se te ven los flecos. Dieciocho años teníamos y habíamos visto 'Todos los hombres del presidente'.

De mí le llamó la atención solo una cosa, que a la pregunta de a quién quisiera entrevistar eligiera a José Luis Aranguren. Andaba en aquella época muy deslumbrada con una que le había leído y empezando uno de sus libros. Se lo dije y le dije también que era un señor muy mayor y por eso lo había puesto: era urgente, se le echaba el tiempo encima.

Suspiró con mi teoría de la inminente caducidad de Aranguren y me dijo que tenía claro que lo mío era la información pura y dura, las noticias. Que me olvidara de la crónica, del reportaje, de la opinión, de cualquier género periodístico, incluida la entrevista, y me centrara exclusivamente en la noticia del día a día, que quizás trabajar en una agencia no me vendría mal. Salí del despacho con un cabreo monumental.

¿Cómo que noticias? ¿información pura y dura? Yo ansiaba escribir reportajes literariamente, esparcir adjetivos por aquí y por allá, y adverbios acabados en mente, eso también. Describir a tutiplén, contar a través de mis ojos —que qué habían visto mis ojos, me pregunto ahora— las cosas del mundo y llevarme al lector conmigo. Para eso no me valía la información pura y dura. Si yo quería ser periodista porque era un trabajo de escribir y la noticia era el primer escalón de esa escritura. Si tenía una fórmula, por amor de Dios.

Ignoré convenientemente todo lo que me dijo la reverenda de la Agencia Efe, como tantos. Con todo lo que cuchicheamos a sus espaldas, cuando muchos años después hicimos un grupo de whatsapp de compañeros de clase le pusimos su nombre y su foto con hombreras. Y hoy, 25 años más tarde, leo una noticia bien escrita, bien trabajada, una noticia modesta cualquiera, contrastada y de verdad novedosa, no esos refritos que a veces nos cuelan, una noticia de principio a fin y pienso que es la gloria bendita, canela fina, savia de una planta que, no me lo explico, sigue dando esquejes.

Los esquejes