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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Los breves

Cuántas historias nacen del periodismo más minúsculo

CONTABA ALMODÓVAR hace mil años, y sin embargo me acuerdo (o quizás me lo invento porque de todas las cosas de las que no me fío la memoria es casi de la que menos), que la idea de ‘Átame’ surgió del breve de un periódico. El mismo espacio le dedicó The New York Times a la matanza de Kansas que prendió en Capote la chispa de la crónica, del periodismo de largo aliento que plasmó en ‘A sangre fría’, libro que todos leímos en la facultad y más allá y pensamos que por qué no nosotros, por qué no nuestros ojos leyendo la página 39 de aquel diario. Y de esa extensión, pero en primera página, era también la noticia que llevó a Laura Ricciardi y Moira Demos, directoras de ‘Making a murderer’, a dejar sus trabajos y correr a Wisconsin para grabar cientos de horas de la vida de Steven Avery, el hombre acusado injustamente de violación, puesto en libertad por una prueba de ADN y vuelto a acusar de homicidio. El poder movilizador del breve.

Por ponerme pejiguera diré que breve, breve no creo que fuera ninguno de ellos. Sería más bien una media columna; es decir, la mitad exacta de la longitud de la parte impresa de un periódico, que tiene una extensión fantástica: suficiente para decir qué pasa, la justa para no abrumar con detalles, esos que, si se te enciende el hornillo de la curiosidad, querrás averiguar tú misma.

Ilustración de Maruxa para el blog de María PiñeiroEstas últimas semanas he visto rodar por Internet uno de esos breves celebrados. Era la historia de una turista que estuvo durante horas buscándose a sí misma. Hizo una excursión en bus a un cañón islandés, pronto alguien se percató de que faltaba una mujer del grupo; ella, que se había cambiado de ropa, no se reconoció en la descripción y se sumó con entrega a la búsqueda hasta que, a las tres de la madrugada, cayó de la burra.

Hay en internet mucha gente con el radar de la alerta bien afinado. Yo soy una de ellas y reconozco que algún detalle me chirría y que he buscado la noticia original -no las noticias recogiendo el breve- y no la he encontrado. Quiero decir que hay muchas posibilidades de que sea mentira total o, al menos, una gran exageración. Pero, incluso asumiendo tal cosa, la reacción ha sido una: todos somos un poco esa mujer. Es fácil olvidarse de lo que una llevaba puesto y aún más fácil no reconocerse en la descripción que se hace de nosotras, es fácil escucharla con atención y concluir que se trata de otra persona. A mí me sorprende las que hacen de mí y casi prefiero no saberlas. Cuando, pese a todo,me entero se inicia en mi cabeza una negociación rarísima, un pacto entre la idea de los otros y la mía, como una suerte de reprogramación cerebral para quedar a medias. Ni para ti ni para mí. Supongo que eso es lo más parecido a cómo soy realmente. Quién se conoce tan bien como para no considerar otras opciones.

Al final, el breve resulta enternecedor. Te solidarizas en ese reconocimiento público de su error y, sobre todo, en su viaje de vuelta. Porque aquí, en este lado de la pantalla o del papel, todos somos ella, pero allí, en el mar enmoquetado que es un bus cruzando Islandia con nocturnidad se recuece el odio.

Quizás no sea ese un breve impulsor de una gran historia, chispa de la creación. No dé para un libro catedral del periodismo, ni para una película ni para una serie documental. Pero ¿y para un artículo? Para eso, sí. Este ya ha salido. Cuántos quedan aún viviendo en toda la tinta de los breves.

Los breves
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