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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Lo humano

Qué difícil es ejercer la empatía y cuánto merece la pena hacerlo

De las citas clásicas, de las pocas que sé, mi favorita es la de Terencio de que nada de lo humano le es ajeno. Mira qué pocas palabras para albergar al completo la experiencia de vivir, con todo su rango de sutilezas, su oferta de horrores y maravillas. Supongo que a eso es a lo que hay que aspirar, a que todo nos toque, a no dejarnos nada sin concebir.

Leo en ‘El anzuelo del diablo’, que es un libro de ensayos sobre la empatía, lo difícil que es ejercerla, aunque creas que lo haces, aunque pienses que es una herramienta básica a la que siempre echas mano, la navaja suiza del existir, permanentemente engrasada por el uso.

maria piñeiro
El primer ensayo me llega especialmente porque habla de la empatía ante la enfermedad, que es algo que practico con éxito desigual. La autora, Leslie Jamison, cuenta sus experiencias como actriz médica, interpretando a una paciente gracias a la que los estudiantes de Medicina afinan su pericia para el diagnóstico y los examinadores valoran la calidad de su asistencia. Pero, al mismo tiempo y como todos, también es paciente real y entonces la empatía que demanda, y cómo estima la que recibe, ya es otra. La brusquedad de una doctora, el desapego al hablar con ella de algo que le preocupa no es en ese caso una puntuación en un papel, sino algo que le afecta realmente. Cuando la médico le pide disculpas por su reacción airada, desearía no aceptarlas porque las considera un mero formulismo, una mentira educada.

Finalmente, es testigo de un congreso de pacientes con una enfermedad rarísima, el síndrome de Morgellons. Los afectados se quejan de que su cuerpo produce en su interior pequeñas fibras e hilillos que, con mucho dolor, salen al exterior. Muchos se mutilan de la cabeza a los pies extirpándose esos cuerpos extraños que luego examinan en microscopios que compran por internet. Prácticamente ningún mé- dico les cree y, en general, la comunidad científica les considera víctimas de una especie de histeria colectiva. Ese sí que es un examen extremo para su empatía y una revisión de qué significa realmente ser empático. Si es compadecer, si es atender, si es entender, si es imaginarse cómo es la vida y el dolor del otro, si eso es suficiente. Quién sabe qué tienes que ver en los demás para sentirte comprendido, quién sabe si para todos es lo mismo.

Me interesa el tema porque a mí también algunos pacientes me cuentan punto por punto su historia clínica; su paso por las consultas, los quirófanos y las habitaciones del hospital; qué les dijo el médico, la enfermera, su familia, otros pacientes y el Google; lo que les sigue inquietando, lo que aún no entienden, lo que quieren conseguir (otra cita, una segunda o tercera opinión, que la fecha de su prueba u operación llegue ya) y para lo que reclaman la ayuda del periódico. No quieren estar ahí conmigo hablando de eso, quieren estar solucionando lo que les preocupa de forma más discreta, pero lo hacen porque esperan que sirva para algo. Como Jamison con los enfermos de Morgellons, yo les escucho, pero no siempre les entiendo. O no del todo. O no como quisieran ser entendidos. De igual forma, no siempre entiendo a los médicos. O no del todo.

Creo que no siempre (y quizás debiera decir nunca) se entiende a los otros del todo. No siempre se les cree. A veces solo se tiene eso, descreimiento y duda que ofrecer, una empatía de dudosa calidad, que rueda con dificultad, que tarda en entrar en calor. Pero hay que encenderla, hay que ir por la vida con ella prendida y atizarle el fuego para que arroje luz hasta el fondo. Qué vida es la que solo alcanza la propia experiencia, cúanta oscuridad hay si ni siquiera se roza la de los demás.

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