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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Llevar el café

Este año he decidido ignorar la Navidad, obviarla y no odiarla

EN ESTAS fechas señaladas he decidido ignorar la Navidad. Odiarla es, me doy cuenta ahora, un sentimiento excesivo, darle demasiada importancia. Este año me he propuesto pasar por ella ligerísima, cruzarla cancelando su realidad. Empiezo a pensar que hay angustias que son eso, decisiones, voluntades ante las que hay que sujetarse, que se deben obviar.

Y así ando, viendo las luces campaneras solo reflejadas en los charcos y saltándome el pasillo del turrón. No saben qué trazado loco me marco en el supermercado, porque, de verdad, es que en cada esquina hay algo, que si un mazapán, que si un alfajor. Pero ahí estoy, firme, entera, en mis trece, comprando una lechuga con toda la épica de la resistencia. Suelto la pasta para la lotería sin miramientos, sufrago minúsculas fracciones de refugios para gatos y de semanas blancas para alumnos de Eso, apenas unas cucharadas de pienso o la contemplación de dos copos, pero lo hago eficiente, liviana, sin pararme mucho. Apenas veo a lo lejos el flequillo-tupé adolescente y un agitar de talonario, la mano se me va al bolso para pescar la cartera. Otros años hubiera buscado un revolver. Noto que mejoro, me enorgullezco. Esto no es nada navideño, esa paz con una misma cuando debiera ser examen de conciencia.
Foto para María Piñeiro
Sin embargo, me cuesta. Son muchos años de activismo en contra, de recibir postales absurdas, de observar compras obscenas, de empalagamiento. Para contrarrestar mi propensión a la repugnancia, repaso lo que siempre me ha gustado de la Navidad, doy vueltas a ese rosario escaso. Las listas de los libros del año, de las películas, de las series, de los reportajes. Mujercitas, la versión entelada en rojo, que ha ido de aquí para allá para ser releída en la segunda mitad de diciembre y que no todo fuese espanto resabiado. El marisco en las pescaderías, castellets de nécoras y centollas, los compradores contando al pescadero qué van a hacer con los bichos, la alegría de la anticipación. Y las charlas familiares, las fantásticas conclusiones de otras generaciones, los hitos conversadores que se siguen recordando pasados los años.

En un lugar acolchado para que no se astillen, guardo algunas revelaciones de mi abuela paterna que nos dejaba a mis primos y a mí tronchándonos tanto que se las hacíamos repetir mil veces. De todas, nuestra favorita es su convicción de que Chu Li no era el mayordomo de Ángela Channing en Falcon Crest, aquel culebrón sobre viñedos y maldades, sino su marido.

Las escenas de Chu Li, con chaqueta negra y bandeja de plata, sirviendo cualquier cosa en su despacho a la empresaria eran sus favoritas de toda la serie. Pasaron a ser las nuestras también. «Hay que ver la suerte que tiene con su marido, que le lleva el café y le atiende el teléfono para que ella pueda trabajar tranquila en lo del vino», se alegraba Pilar de esa entrega. Y nosotros venga que si no veía que llevaba uniforme, que era quien abría la puerta, que le anunciaba a los invitados, que la trataba de usted. «Es el marido, no veis que le lleva el café», respondía con sus vueltas de tortilla argumentales, como si ese motivo no justificase precisamente nuestra percepción y no la suya.

Hace muchas navidades de eso ya. Ni está Chu Li, ni la Channing, ni tampoco Pilar. Pero me queda todo eso más cerca que nunca este año, cuando he decidido no odiar estas fechas y solo pasarlas. Convencerme de que no están tan mal, como otras se convencen de que el parentesco y el cariño se muestran llevando el café.

Llevar el café
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