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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Las tiendas del amor

Los padres chinos acampan en la universidad para apoyar a sus hijos en sus primeros días del curso

HACE AÑOS fui a cenar con una universitaria china de último año, que hablaba un español tan perfecto que conspiraba para cambiarle todo lo que no acababa de convencerle. ¿No era acaso estar como un tren más una forma de decir que alguien es gordo y no que es guapo? ¿Qué pintaban los trenes ahí?, decía negando con la cabeza como si ya fuera ella a acabar con esa excéntrica expresión. Alguien nos tenía que meter en vereda.

La ocasión era que la visitaba su madre y le iba a presentar a su novio. La señora tenía curiosidad por conocerme a mí, la amiga extranjera, y ella quería apoyo moral durante el encuentro. Quedamos a las cinco de la tarde. Para cenar. Como los padres chinos, como todos los padres, aprecian el buen apetito ese día me preparé ayunando. La verdad, cumplí.

portalón maruxaLa mujer me encontró arrebatadora, fascinante, la mejor extranjera que podía haber encontrado su hija como amiga. Le encantó mi entrega a la comida china y me preguntó si el mío era un nombre de reina. Le dije que de virgen y todavía le gusté más. 

El novio, un chico que parecía cinco años menor que su hija sin serlo, con cara de listo y llena de granos, le resultó transparente. Lo admiré muchísimo. La manera en la que siguió empeñado en dirigirse a ella como si en algún momento fuera a contestar, qué ciega perseverancia. Le hablaba con la reverencia con la que antes en España se hablaba al rey emérito; o sea, excesiva. Ella venga a ignorarle. Él venga a echarle comida en el plato. Ella venga a hacer un gestito de sorpresa cada vez, como contemplando la posibilidad de que el plato se hubiera llenado solo. Su hija venga a mencionar virtudes del chico, sin éxito. Yo venga a comer, cumpliendo.

Cuando la volví a ver me contó que su madre se había vuelto al pueblo. Antes le había limpiado la habitación, comprado un edredón, extendido las horas de estudio y obligado a romper con su novio. Le dijo que no le convenía, era peor estudiante que ella y le iba a lastrar la carrera, cuando la acabara iba a ganar menos dinero y le iba a lastrar la vida. Lanzó su terrible pronóstico y se fue a la estación. Le pregunté qué había hecho. Qué iba a hacer, me dijo. Y yo ya confirmé lo que había sabido desde que nos sentamos a la mesa. No podía acabar bien.

Pienso en aquello esta semana, en este veranillo del membrillo, cuando leo un reportaje sobre el comienzo de la Universidad en China y cómo algunas universidades habilitan tiendas de campaña en pabellones y polideportivos para albergar a los padres de alumnos de primer año que quieran estar cerca de sus hijos en los primeros días de clase. Las tiendas del amor, las llaman. Puede que China sea el único lugar donde tal cosa no te arruine la vida social para siempre.

Los padres se convierten en una Lonely Planet viviente. Exploran el campus, localizan los mejores lugares para desayunar o comer, calientan fideos, compran papel higiénico y esquijamas al mejor precio y, sobre todo, dan consejos a sus hijos con machacona insistencia. Ante ese país exótico que es la Universidad les instan a estudiar, a tener amigos que estudien y a ignorar el ligoteo hasta que se licencien. Los chavales asienten y, supongo, en cuanto la tienda esté plegada, se lanzarán a los bares y a las pasiones. O al menos a las pasiones. O a agarrarse de la mano camino de la biblioteca. Algo.

Cuando lleguen a último año, ya sabemos. Visita de reconocimiento, comida de inspección, informe negativo, emisión de pronóstico funesto, orden taxativa y despedida con certeza de cumplimiento.

Yo creo que esos estudiantes se acaban envalentonando en su primer año. Ante cuatro o cinco años de Universidad todo es primavera. Estudian un idioma extranjero y le ponen peros, se echan un novio y amigos foráneos, seleccionan el consejo paterno al que hacer caso e ignoran muchos otros. Pero, en su último año, ante el despiadado mercado laboral chino, reculan. Se arrugan y achantan con las indicaciones paternas, dejan novios y dejan todo. Hacen lo que sea. Llega su temporada otoñoinvierno.
 

Las tiendas del amor
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