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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Las dos

HOY EN DÍA, mi madre sigue sin saber qué le dio, cómo acabamos todos en los asientos crujientes del Cine Paz, unos sesteando y otros preguntando machaconamente si aquella peli era "para niños". Ese siroco afectó a muchos padres, por lo que supe después, y propició excentricidades mucho mayores que la suya. Conozco a una mujer a la que, de niña, llevaron a ver El hombre elefante y le pasó lo que nos pasa a todos: no pudo dejar de mirar aquello que tenía claro que no debería estar viendo. La atención se reconcentra si no se sabe cuándo se va a acabar el suministro de lo prohibido. Su padre se disolvió en la película y ella, respirando despacito para no sacarlo del trance, absorbió por los ojos material para las pesadillas de un par de meses, un par de años. 

No sé qué fue lo que a nosotros nos dio la pista, no de lo que era aquello, que qué idea teníamos, sino de lo que no era. Si el aburrimiento descolorido de los créditos; si Michael Caine en gabardina y aquel pelo suyo que parecía una bandeja de canelones, si el poema de Cummings, si Woody Allen ejerciendo su hipocondria de médico en médico... Cuando se estrenó, mi madre nos llevó a mí y a mis primos a ver Hannah y sus hermanas. Javier y yo teníamos 11 años. De ahí, para abajo.

Qué queda de aquello. Queda el olor a madera y polvo de cines que ya no existen. Como ya no existen, tampoco existe ese olor. Queda buscar con la mirada al que está como tú, con el que ocupas una misma franja de comprensión, tu igual, para comprobar si mira cuando tú miras, si se despista cuando tú alelas. Queda preguntarle con mucha seriedad "¿Tú qué entiendes?", solo por certificar esa homogeneidad tan consoladora, por el alivio de comprobar que no estás sola. Queda una primera capa de devoción, finita como mantequilla de dieta, un entender ligero, en el que hay razón y hay intuición. Queda una semilla programada para prender muchas primaveras después.

No hay que entender todo. Es más, es mejor no entender todo. A los que les ha parecido imposible el interés de Leonor por Dersu Uzala debe de habérseles olvidado. Una cosa es ver claramente, con la transparencia del vodka, que un artículo sobre la Monarquía es pura promoción y otra pensar que una niña de 11 años es demasiado pequeña para conmoverse, como si ese interruptor no viniese ya prendido desde el principio. A ver qué luz nos hace llegar a los sitios si no.

Pero hay que entender algo. Es un equilibrio complicado. No puede llegar pronto y no puede llegar tarde. Si todo es oscuridad, hay rechazo o desinterés; si todo es luz, hay aburrimiento o hartazgo. Las cabezas funcionan así. En todas esas críticas, en esa desconfianza hacia las querencias infantiles, hay mucho olvido. Todos tuvimos once años y un enamoramiento, por lo menos uno, por algo que solo comprendimos del todo pasados los años. Se le afea como si fuera pernicioso llevar dentro un motorcito, como si hoy en día ya no nos movilizara precisamente lo que nos da más preguntas que respuestas, como si hubiéramos cambiado tantísimo.

También hay algo que nos empeñamos en atribuir a España, mientras otros países creen suyo casi en exclusiva: el rechazo a lo que se supone intelectual y considerar intelectual casi cualquier cosa. Cualquier cosa es apasionarse a la edad de Leonor por La isla del Tesoro cuando los libros de aventuras bien escritos suelen producir arrebatos. Incluso aunque no se desbrocen de los pasajes más complejos, aunque no se transformen en una fanta de naranja, gaseosa y azucarada, son legiones los que se los beben a gusto, con la sed que nos lleva a los sitios.

Pienso en todo ese desprecio a la intelectualidad cuando voy a cubrir el primer día de Selectividad. Cómo, en el punto de cocción de la juventud, ya sí queremos devotos estudiantes, que disfruten con los logaritmos, la ley de la gravedad y Machado. No solo que lo estudien, a poder ser que les guste, ya que están. Para entonces se quiere todo. Pienso en el duro trance que es para muchos y en el lío que esos, más que un motor curioso, tienen en la cabeza y recuerdo el diálogo presenciado por una amiga una Selectividad pasada. Un chico le contaba a otro que acababa de salir del examen de Historia del Arte. "¡Me cayó Velázquez! ¡Las mellizas!", le dijo, radiante. A lo que el otro, ligeramente escandalizado como si aquello fuera un exceso, le replicó: "¡¡¿¿Las dos??!!".

Las dos
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