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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La vida de quién

DE QUIÉN ES la vida, me pregunto. Ese trozo, aquel recuerdo, lo que nos pasó a los dos, o a los tres, en aquel lugar, cuando tú dijiste y yo respondí. Eso ¿es mío o tuyo? ¿de ambos con la particularidad de que lo de uno es diferente a lo del otro, como en un reparto desigual del pastel? Quién decide qué.

Hace 17 años escribí por primera y única vez un comentario en un blog. Acababa de leer Mi verdad de Joyce Maynard, unas memorias de la escritora en la cuarentena en las que hablaba de su convivencia con J.D. Salinger. Maynard llevaba años publicando artículos en la prensa cuando escribió para The New York Times una extensa reflexión sobre su generación, acompañada de su fotografía. Tenía 18 años y acababa de empezar la Universidad. Recibió cientos de cartas y, entre ellas, una de Salinger, que pasaba sobradamente de la cincuentena y que fue (solo faltaría) el más perspicaz de todos los correspondientes. Sabía que su artículo había causado revuelo, que sería objeto de mil atenciones y le decía que alguien llamada a ser escritora como ella debía considerarlas meras distracciones, ignorarlas, que las servidumbres de la fama solo dañan la obra.

Cuando das con un pensamiento consistente lo aprecias mucho

Salinger era ya entonces la encarnación del escritor misántropo, apartado del mundo, que escribía a diario pero no publicaba, no concedía entrevistas y no hacía promoción, al que solo la mera idea de planteárselo le ofendía. Despreciaba el mundo literario y el mundo en general. Verdaderamente, para él el infierno eran los otros.


Ella, cómo no, se sintió halagada, reconocida, ilusionada. Aspiraba a ser escritora y un escritor mítico, prestigiosísimo, la señalaba como tal. Empezaron a cartearse y meses después, dejó Yale para irse a vivir con él durante un año. Una cosa queda clara en el libro y lo ha repetido la autora mil veces, la última hace bien poco: todo lo hizo voluntariamente. Lo que habría que ver es qué voluntad es esa que dejas en manos de otro para que te la modele a su gusto. Salinger le decía qué comer, qué escribir, qué pensar y cómo vivir. Ella describe escena tras escena de la más clásica manipulación sentimental. Con el tiempo supo que Salinger se había escrito, y convivido, con otras muchas mujeres jóvenes.
Ilustración de Joyce Maynard
Maynard perdió amigos y concilió muchos odios cuando salió Mi verdad. Cómo podía hacerle eso a un hombre discreto, que había elegido el retiro como forma de vida, al que espantaba estar en boca de otros, a quien había querido y respetado. Y hacerlo después de tanto tiempo, qué ajuste de cuentas era ese, qué aprovechamiento de un año de existencia, qué ganas de fama que no cuaja y qué forma de buscarla en el roce con un genio. Qué gran traición.

Me alegra verlo ahora, pasados los 40, como lo vi a los 25. A veces, una se recuerda en el pasado y se horroriza sin compasión: cómo podía pensar yo así. Por eso cuando das con un pensamiento consistente, que lleva tiempo dentro de ti, lo aprecias tantísimo, por todas las veces en las que la vida te lleva a negar a la que fuiste.

Yo creía y sigo creyendo que la vida de Maynard es suya, incluido el año de convivencia con Salinger. Yo creía y sigo creyendo que las mujeres pueden contar todas las experiencias que quieran contar. También si estas atañen a hombres poderosos que asumen que ellas callarán eternamente. Yo creía y creo en los secretos, en la intimidad, en la discreción. Pero no en el silencio impuesto unilateralmente para ocultar abusos. Yo creía y creo en que los genios, también los más brillantes, pueden ser personas fallidas, un asco de gente. También creía y creo que los abusos hay que detenerlos y que no es tarea de las víctimas ni de los que desean ayudarlas preocuparse de cómo darlos a conocer puede afectar al legado del artista abusador.

La vida de quién
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