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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La urraca

"ES DE ORO por fuera y de leopardo por dentro. Tiene todo lo que me gusta". Creerán que es un bolso, pero no. Dirán entonces: oro parece, plátano es. Tampoco. Aquí se habla de un ascensor.

Los senderos de la televisión son misteriosos y quién sabe en qué desvío me salgo para acabar en una familia de los Gipsy Kings en Estambul admirando un hotel con deseo canibalístico de Hansel y Gretel. Pero sucede. También entro en Internet a leer las noticias y recalo en una cobra bebiendo agua de una botella de plástico. Que me expliquen cómo.

Lo primero se justifica porque soy una urraca: todo lo que brilla me deja traspuesta. Con la casa de esa familia de la tele rozo la catatonia. Solo sabría definir sus cortinas como una cascada de oro infinito. Los drapeados, con la forma exacta que tienen las olas cuando un niño pequeño dibuja el mar, caen refulgentes de techo a suelo. Vivir dentro de ese piso equivale a una croqueta dentro del papel Albal. Quiero decir desde la perspectiva de la croqueta. Una opresión brillante, pero no de plata sino dorada. Los sofás tienen terciopelos que hacen aguas; las lámparas, las lágrimas que lloraría un dinosaurio; las mesas, sobres de mármol rosa y pies dorados. O es todo dorado, yo ya me pierdo. Ellas llevan el pelo demasiado largo y la cara demasiado contorneada. Su idea de diseñar cosas es sacar una pistola de pegamento y trabajar por la máxima cobertura de tela con pedruscos de cristal. Yo no puedo apartar la vista.


No sé cómo, en un radical ejercicio de voluntad, me despego del brillo y voy a la noticia


De vez en cuando, sin embargo, lo hago. Me mueve el temor a caer fulminada por un ataque epiléptico, como a todos esos niños a los que tumbaban las luces de los Pokemon (los dibujos animados japoneses, no la operación de Pilar de Lara). Mis estanterías, mi suelo, mi alfombra lisa, lucen sosas, ignorantes de toda la potencialidad dorada y propiciante de epilepsias que tienen otras de su especie. Se me contrae un poco la pupila, apaciguada.

Pero enseguida se me vuelve a abrir porque la vida es frenesí. Esta vez estoy en Mar-a-lago, donde Trump recibe a Xi Jinping. La composición es una aspiración fallida a la simetría y el escenario, extremísimo. Hay molduras doradas, una lámpara de araña tamaño 'La guerra de los Rose' y un centro de flores tamaño funeral de Estado. El sofá es adamascado. La perspectiva ahora ya no es la de una croqueta sino la de un langostino, digamos. Incluso la de una langosta. Pero siempre con papel Albal.

Trump lleva su eterna, por recurrente y por larga, corbata roja y Xi, una azul. Melania Trump va vestida de rojo y Peng Liyuan, de azul. Trump lleva un tupé pétreo de color amarillo y una piel terrosa de color Cheeto sabor queso. Xi lleva un tupé pétreo de color negro azulado y una piel lisa y de color blanco. Melania Trump lleva un bronceado adquirido en sitios como Mar-a-Lago y Peng Liyuan una palidez adquirida a base de retinol blanqueante. Su cara refleja el flash. A la vera del sofá presidencial, los dos intérpretes se agachan un poco, quizás abrumados por el brillo o ya en proceso de descender al suelo por la epilepsia. Se me quedan los ojos atornillados.

No sé cómo, en un radical ejercicio de voluntad, me despego del brillo y voy a la noticia. ¿Qué estímulo hay ahora en unas culebrillas de letras? Pues ninguno. Bueno, ninguno, no; ninguno, nunca. Pero cuesta entrar, cuesta porque todavía hay luces en mi mirada, que quizás diría María del Monte. Los destellos de la sobredosis fotográfica te nublan la lectura y siempre se tarda un poco en enfocar. Me entero medio bizca de las primeras declaraciones de Trump: que ya han discutido, que no ha conseguido nada pero que Xi y él han desarrollado una amistad. Así mismo lo ha dicho, con ese verbo de enfermedad infecciosa. Eso es lo que se supone que hacían mientras tomaban té, con los intérpretes susurrándoles por el oído bueno y la cara tensa bajo la lámpara mastodóntica: desarrollar una amistad.

Trump ha dicho cosas preciosas a los chinos: que, a la vista de la balanza comercial, tenían que dejar de "violar" a Estados Unidos; que se habían inventado el cambio climático, que si no tenían las narices de pararle los pies a Corea del Norte iba a tener que hacerlo él. Pero esto era antes, antes de 15 minutos embalsamados en el brillo y entre vapores de laca. Cuando desarrollas una amistad y, especialmente, como langostinos en el papel Albal, las cosas cambian.


No sé cómo, con mi grave 'urraquismo' me aparto siquiera un minuto de esos mundos brillantes que llenan la tele y las revistas de sofás que resbalan y cortinas de olas doradas, de esas tierras que podría recorrer como una ardilla, saltando de lámpara a lámpara de lágrimas; donde se desarrollan amistades y se encuentran ascensores que reúnen toda la belleza a la que alguien aspira.

La urraca
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