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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La señal

LAS VACACIONES perfectas serían las del tiempo detenido. Si se pudiera guionizar la existencia, uno desaparecería una temporada y no se perdería nada. Se congelaría la existencia que se deja atrás y el hielo caería como escamas de sal el día antes de nuestro regreso. Entonces, todo entraría en marcha otra vez, esponjoso como un bizcocho salido del horno. La vida nos esperaría siempre.

Algo tiene el verano que se nos olvida. Parece brillante y reventón, los gorjeos de los niños en las playas, las camisas tropicales, el runrun aeroportuario... pero pasan cosas en verano. Los niños van a los campamentos, o a los viajes para aprender inglés o a las clases particulares para hacer ver que estudian algo, y regresan adolescentes. Por qué puerta se habrán metido para salir ya en el prólogo de lo adulto. Hay parejas que vuelven rotas sin que les haya pasado nada, solo el poso de hace dos veranos, o tres, el cúmulo de veces en las que ocurrió tal cosa y el otro no hizo tal otra. Algunas vuelven nuevas. Reconocen al fin su suerte. De todas las oportunidades que hay para percatarse de las cosas, ninguna como esta, la de un verano cuando languidece.


Todo esto para decir que yo creo que se crece en el parón. Que no es tal parón. Que hay tuercas girando, vidas desmoronándose y otras recomponiéndose mientras pasmamos al sol. Quizás son las nuestras.
En verano leí El nadador de Cheever. Y cada verano me acuerdo de él. Del relato, no de Burt Lancaster en la película, con una de las miradas más tristes del cine. Ojalá no hubiera visto nunca esa película y ojalá no hubiera leído nada sobre el prodigio que es ese cuento. Ojalá hubiese llegado a él alocadamente, sin preparar, desprovista de referencias, para dejarme ahogar. A saber qué huella me hubiera dejado su lectura sin contaminar.

La vida nos lanza miguitas de pan, dejando pistas que nos empeñamos en ignorar, especialmente en verano


En sus Diarios, Cheever, que se supone que escribió 150 páginas para llegar a las 15 que son el relato, le da vueltas a la idea de que "uno no se vuelve viejo en el curso de una tarde", que es justo lo que le ocurre a su personaje. Se echa a nadar, piscina tras piscina, desde la de la fiesta en la que está, cuando la vida aún parece ir bien, hasta la suya propia, cuando tantas cosas han acabado y él ha envejecido. Y perdido.

Lo sublime de la narración son todas las pistas que el lector ve y el protagonista se empeña en ignorar; al principio tonterías, detalles sin importancia, discrepancias aquí y allí, pequeñeces que avisan de que la vida ha seguido y de por dónde ha ido. Es un cuento rebosante de indicaciones, cada vez más evidentes, que el nadador, sumido en su reto, se va perdiendo porque se quiere perder.

El nadador es un cuento rebosante de indicaciones, cada vez más evidentes, que el protagonista se va perdiendo

En otra piscina, años después, David Foster Wallace coloca a un niño haciendo cola para tirarse desde el trampolín. Lleva un tiempo con el cuerpo en revolución, como si le hubiese nacido uno nuevo. Con él parece haberle llegado otra mirada porque observa la misma escena de otros mil días y ve cosas que no veía: en sus padres, en la gente, en el agua que le espera. A ella se tira un recién adolescente y de ella emerge un joven. Otro que envejeció en el curso de una tarde.

En fin, que en esta molicie también pasan cosas. Y que la vida insiste en tirarnos miguitas de pan, en pegarnos post-its en las pistas que nos deja mientras miramos hacia otro lado. En verano, parece que no somos capaces de enfocar a través de la ranura de nuestros ojos. Pienso en El nadador y en el adolescente a punto de sumergirse y me empeño en prestar atención. No quiero perderme las señales.

Hace unos días entré en casa hablando por teléfono con mi madre. Sobre la caldera de la calefacción había una paloma inmóvil, dignísima, como si fuera un regalo que alguien hubiera dejado justo allí. Susurré al auricular para no asustarla, que el susto es muy contagioso: "Hay una paloma en la cocina". La voz materna también bajó el volumen: "Habrá ido a anunciarte algo", dijo. "Es una señal", quise ver yo. "Sí, de que hay que cerrar las ventanas", replicó, atizándome con la realidad.

Da igual. Yo, por si acaso, sigo atenta.

La señal
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