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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La relevancia

Hay una manera de hacer que los tiempos siempre sean de uno

asdasdEmpiezas una frase con “en mis tiempos” y los cerebros que te rodean se empiezan a apagar, uno a uno. Me pregunto cuántas continuaciones de “en mis tiempos” se habrán pronunciado sin oyente activo alguno, llevándoselas el éter al cementerio del aburrimiento, donde descansan todos los tostones a los que nadie respondió jamás. Se afea a quienes empiezan las frases con un “en mis tiempos” por el edadismo y la exaltación alocada de la juventud que implican. Es cierto que todos los tiempos en los que estás vivo son tuyos. Pero me molesta un poco este juego de no admitir qué se quiere decir porque todos lo tenemos clarísimo y porque se premia a quien es capaz de reconocer sus tiempos y, sobre todo, de detectar cuando ya no lo son.

Últimamente me obsesiona eso mismo, la pérdida de relevancia, el momento en el que que los tiempos dejan de ser tuyos. A veces te das cuenta enseguida, se te revela dolorosamente. Otras estás en la inopia. Como con todas las cosas que me interesan, el azar, tan generoso, me va salpicando la existencia para que me informe. La vida me da qué pensar y yo se lo agradezco.

Por ejemplo, veo la serie ‘La profesora’, en la que hay un experto en Literatura Estadounidense, apasionado de Melville, en cuya clase ya solo se matriculan tres y que contempla estupefacto cómo la de una profesora joven especializada en el mismo autor, que pone a los alumnos a hacer cosas que le resultan tan marcianas como tuitear su frase preferida de Moby Dick, está hasta los topes. La universidad lo quiere echar porque es caro y poco rentable. Melville no ha cambiado, es eterno, ¿cómo puede ser que su conocimiento se haya quedado obsoleto por un conocimiento nuevo, por una nueva forma de ver el mundo?

Leo un artículo compartido por González Férriz y escrito por Simon Kuper titulado ‘Cómo no ser un viejo coñazo’. Como está publicado en el Financial Times de lo que habla es de retirarse de un puestazo sin dolor, ni propio ni ajeno. Se centra en los hombres porque él es hombre y porque cree que lo hacen peor que las mujeres. Yo también lo creo. Habla del presidente estadounidense Truman lamentándose justo al dejar la Casa Blanca de que ya nadie le iba a prestar atención cuando apenas una hora antes sus palabras, las que fueran, hubieran llegado al último confín. También de la advertencia de Manfred Kets de Vries, autor de un ensayo sobre jubilarse,  sobre cómo a menudo los hombres viejos que han tenido poder son peligrosos porque les importa muy poco el mundo una vez que ya no están ellos al frente. Pienso mil veces en eso mismo, en las declaraciones de señores (sobre todo de señores) que mandaron, presidentes que tuvimos, escritores que eran reseñados en cada revista, periodistas cuyas opiniones iniciaban corrientes, músicos que no paraban de sonar insistiendo en su propia relevancia cuando todos sabemos que eso es algo que no te puedes otorgar a ti mismo y tampoco convencer a los demás para que te la den. Pienso en la manera en la que ya no parece importarles el mundo ahora que no lo dirigen.

¿Estoy siendo edadista? Seguramente. Pero es que creo que hay una manera de hacer que los tiempos siempre sean tuyos y me molesta ese empeño en agarrarse con uñas y dientes a lo que el mundo fue sin, ya no concebir, sino ni siquiera contemplar lo que está siendo. No se puede conservar la relevancia despreciando todo lo que a otros preocupa. Quizás cueste entender las inquietudes ajenas, quizás no se vea en ellas razones para que tengan tanto peso en la agenda social, quizás se las desestime por la certeza de que mañana serán otras y pasado otras. Pero si se las ignora, si se las ridiculiza, si solo se defiende la importancia de las propias y se refunfuña por las ajenas, efectivamente, tus tiempos son otros. Es el desapego el que te circunscribe a ellos.

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