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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

La fórmula Villarejo

Con los amigos se tienen charlas por las que perder bien feliz un ministerio

DE VEZ EN cuando, en el pleno dolor de transcribir una entrevista, esa labor aburrida y eterna, se produce una desconexión tal, los dedos hacen un camino tan solitario, que oigo un comentario en la grabación y pienso que esa tía es tonta. Esa tía, por supuesto, soy yo.

La cosa no tiene mucha importancia porque es un pensamiento recurrente que nos dedico a todos y que generalmente articulo en el plural mayestático de ‘la reina y yo’. No eludo yo mi participación en toda la tontería que hay en el mundo, pero tampoco la vuestra, ojo, que esto es un trabajo en equipo.

A mí las grabaciones no me hacen ningún favor. Incluso cuando no pienso que esa tía es tonta directamente, como que no me cae muy bien, me chirría lo que dice, cómo lo dice o todo a la vez. La cosa llega a un punto que se me hace insoportable, de forma que si veo que se alarga con las preguntas, y vaya si lo hace la muy plasta, las paso hasta el punto en el que vuelve a tomar la palabra el entrevistado. Ya sé lo que va a preguntar.

A ver cómo explico lo mal que llevo escucharla. Este verano leí la noticia de un profesor inglés que, después de dar clase en China varios años, volvió a trabajar a su país. Le invitaron entonces a participar en algunos programas de radio y, tanto allí como en sus redes sociales, criticó duramente al Partido Comunista. Tiempo después hizo un trasbordo en el aeropuerto de Pekín y fue detenido por comportarse como un "enemigo de China". Pasó unos días muy angustiosos en una celda abarrotada, con proyecciones de vídeos de propaganda por las mañanas y, por las tardes, visionados de películas malas "la mayoría protagonizadas por Nicholas Cage", según él mismo denunció. Por supuesto, los periódicos titularon la noticia por ese detalle y yo leí la noticia por lo mismo. Los periódicos me conocen. Pues bien, mi tortura no sería Cage, sería escuchar una grabación tras otra de esa tía que soy yo. Y con esto quiero decir que a mí Villarejo me hunde la vida pero bien. Como a Cospedal y a Delgado, mínimo.

No nos equivoquemos. Son muchos los que ahora graban conversaciones. Hay pacientes que van al médico con la grabadora del móvil prendida porque así pueden recordar qué les dijo exactamente. A veces, nos pasa a todos, cuando nos abruma el contenido de una charla nuestro cerebro hace justo lo contrario de lo que debiera y desconecta. Deja de escuchar y se va a la lista de la compra, la reserva para el puente, los zapatos de rebajas, aquello de la asociación de padres, lo la clase de Pilates... cualquier cosa vale, cuando se procrastina nuestros intereses son universales. La grabadora hace entonces de cerebro supletorio, un generador que nos alumbra en la emergencia. Ya volveremos a cuánto exactamente tenemos que tomar de cada cosa, qué nivel de aquello otro nos revela la analítica, qué efectos va a tener todo eso.

Al revés, también hay médicos que graban sus consultas. Quizás menos, pero lo hacen. Quieren recordar después qué es lo que preocupa a sus pacientes y fijarse en las sutilezas, cómo preguntan y qué palabras eligen, qué entiende esa persona de lo que le acabas de decir, algo que quizás solo percibas si te fijas en qué duda le surge a continuación.

Por supuesto, en estos tiempos de vigilancia total, donde me mira Zuckerberg, Trump, los rusos, los chinos, el médico, Villarejo y yo misma cuando no me puedo evitar, las conversaciones reales se vuelven trufas. Pero de las Tuber Magnatum, esas italianas del Piamonte que, por lo visto, te rayan en el plato y precipitan el desmayo, que no se pueden cultivar porque solo crecen silvestres; no se fuerzan, surgen cuando el ambiente y el lugar son los adecuados.

La curación de la propia imagen, de las ideas (si es que se tienen) y de la forma de transmitirlas es tan ubicua y agotadora, que, para percatarnos de quienes son nuestros amigos, debemos echar ahora mano de una fórmula nueva. Amigos son aquellos con los que tenemos charlas que hacen perder un ministerio. Esas son, en este tiempo de cháchara aburridísima, las conversaciones que merecen la pena, a calzón quitado, incontenidas, desparramadas por todas partes.

Pero, ojo, no me refiero a las gañanadas de Delgado o del marido de Cospedal. Por supuesto, hablo de lo real, lo que merece la pena, donde te enseñas como eres sin épica y con un poco de suerte no eres de las que piensa cosas tan inexplicables como que no te gusta trabajar con mujeres. Hablo de las conversaciones que te salvan la tarde, la semana y el mes, de la maravilla que es una charla cualquiera en confianza, una de esas por las que dimitir con la cabeza bien alta.

Yo firmo donde haya que firmar, llamo a Moncloa ahora mismo, devuelvo el maletín. Lo que sea, menos escuchar la grabación. De verdad, no soporto a la tía esa.

Maruxa

La fórmula Villarejo
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