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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Hacerse un 'Misery'

Esta semana ha muerto la actriz secuestrada por Kim Jong Il y forzada a hacer películas

PARA MI primo el gran hallazgo de El guardián entre el centeno, quizás el único, es esa reflexión de su protagonista sobre cuánto desearía, al acabar una novela que le gusta, tener el número de teléfono del escritor y preguntarle qué ha sido de la gente del libro. Ese pasaje le servía de introducción, hace más de 20 años, para contar que se había enterado de cuál era el portal de Buero Vallejo y se planteaba timbrar en su telefonillo para ponerse al día de algunos detalles. Lo decía buscando aprobación. Sí, hombre, hazlo, interrúmpelo en su casa para resolver tus dudas. Le va a encantar. Quién no quiere que le acosen los lectores a domicilio.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXAYo me ponía así, defensiva y juiciosa, en alerta, pero en esto estoy con mi primo. Saber qué hay en las cabezas que nos interesan me parece un anhelo humano universal. La atracción empieza por algo concreto, quizás pequeño, un artículo, un librito, incluso un párrafo glorioso que te arrea con una idea de esas que se torna caramelo eterno: le das vueltas, lo giras en la boca, de la lengua al cielo del paladar y nunca se acaba, su sabor se renueva cada vez. Buscas más, pruebas otros, te siguen gustando las golosinas que produce. Después tu interés es más ambicioso, quieres conocer el lugar de dónde vienen, la fábrica de caramelos. No es tanto la persona en sí sino su cabeza, qué hábitat es ese para que le prendan tales plantas. Quiero decir que es mejor que yo no sepa el teléfono ni el portal de las cabezas que me seducen.

Esta semana ha muerto Choi Eun-hee, una actriz surcoreana que fue un icono en su país, equivalente a Elizabeth Taylor. En 1986, entró junto a su exmarido, el director de cine Shin Shan-ok, en la embajada estadounidense en Viena para pedir asilo contando una historia tremenda: llevaban ocho años secuestrados en Corea del Norte, forzados a hacer películas.

En 1978 Kim Jong Il era el hijo del Líder Eterno y un cinéfilo entregado al que le daba una rabia tremenda el predicamento que las películas norteamericanas tenían en todo el mundo y lo malísimas que eran las que se hacían en su país. Quería que le gustaran, que contaran las maravillas de la vida norcoreana, pero no había manera. Adoraba a Choi y, como cualquiera que supiera algo de cine, tenía claro que sus mejores trabajos habían sido con Shin, con el que creía, además, que formaba la pareja perfecta. Los secuestró para enmendar el error de su divorcio, la orfandad en la que este sumió a sus fans, y que volvieran a hacer películas juntos. Vamos, que les hizo un ‘Misery’.

No ahorró en detalles. Les construyó un palacio, les hizo ver proyección tras proyección, les ofreció de todo sin reparar en gastos y, finalmente, los puso a trabajar. La pareja intentó huir, no les fue posible e hicieron lo que tocaba: películas con despliegue de medios e interés limitadísimo. La propaganda no favorece el arte. Pero fingieron tan bien su entrega al régimen que Kim les concedió permiso para ir a Austria a, presuntamente, promocionar sus películas. Allí el mundo y sus familias, incluida la nueva que el director había formado tras el divorcio de la actriz, supieron qué les había pasado.

Desde que la conocí me ha fascinado esta historia y creo que es porque, un poquito, apenas nada, de verdad, entiendo a Kim Jong Il. Quién pudiera coger las cabezas que nos interesan y conmueven y ponerlas a producir, tenerlas cerca para saber qué se les ocurre, hacer que den respuesta a nuestras inquietudes.

Luego nada, todo ensoñaciones. Soy tan cumplidora que ni un telefonillo pulsaría. Caguicas.
 

Hacerse un 'Misery'
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