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Hablar

Las cosas que quieres decir y no llegas a decir tienen una manera peculiar de quedarse dentro, mal sujetas

Canta Yoko Ono que "Cada vez que no decimos lo que queremos decir nos estamos muriendo". Conozco poco la obra de Yoko Ono y mucho menos la musical. Siendo veinteañera fui con mi mejor amiga a un museo donde había una retrospectiva de la artista y una instalación que consistía en un trozo de madera en la pared, un martillo colgado de una cuerda y una cajita con puntas. Las dos clavamos la nuestra y, al acabar, dijimos de manera inconcluyente: "Pues bueno".

Leí esa frase suya en el inicio de un libro porque la autora, la poeta Amy Key, coincidía con ella y le daba ánimos para continuar. Yo también coincido. Las cosas que quieres decir y no llegas a decir tienen una manera peculiar de quedarse dentro, mal sujetas, sueltas, y se te acaban desparramando por las costuras a poquitos. O te salen a borbotones un día iracundo o despreocupado, cuando ya no tienen tanto sentido, o no el que querías haberle dado, o no en la presencia de la persona a la que se lo querrías haber dicho. Pierden la intención justa y se desvanece la oportunidad de hacer avanzar algo o de detener alo, de cambiar el rumbo, lo cual sí que es morirse un poco. 

Y, sin embargo, seguimos callando y lo que quizás sea todavía peor, diciendo otras cosas que no queremos decir.

Como no pude ir a Pontevedra, escuché por streaming varias intervenciones de As mulleres que opinan son perigosas, entre ellas la de Lucía Méndez. Contó cómo, cuando empezó a trabajar y durante mucho tiempo, a ninguna mujer de la redacción se le ocurría decir que tenía que salir para algo como llevar a su hijo al médico. Ella se iba sin dar ninguna explicación -“como si fuera a tomar una cerveza con alguna fuente”, apunta- y volvía sin contar nada y así pasaban los años. Lo hombres con los que trabajaba ejercían como si no tuvieran familia, compromisos personales, circunstancias… con la pureza del exento de vida, del que solo habla del trabajo, con una dedicación mental exclusiva. Ellas, por imitación de los que mandaban, hacían lo mismo, qué remedio. La mera idea de contar en ese foro cosas como su parto le hacía poner los ojos en blanco.

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Lo que pasa es que no solo se ha visto reconfortada y aliviada en los últimos años por las mujeres que han empezado a hablar en todas partes, también en ambientes profesionales, de cosas que les interesan sin importales un pimiento la mirada masculina, sino que también ha ganado lectoras y lectores escribiendo justo de esas cosas. Así lo contó entre sorprendida y encantada, como si le hubiera sido revelado un secreto.

Susan Sontag nunca releía sus entrevistas. “Tengo la impresión de que me falsifico cuando hablo de mí misma. Mi lenguaje es la escritura y no hablo de la forma como escribo. Hablar de lo que uno escribe es una forma inferior de comunicación”, dijo, precisamente, en una entrevista. Cuánto entiendo lo que quiere decir y cómo puede ser que piense que tiene y no tiene razón a la vez. Si ya lo escribes, para qué desmenuzarlo después. ¿Acaso no se aspira a una relación directa y no mediada entre autor y lector? ¿No es fantástico abrir uno de sus libros y sentir que te habla a ti específicamente, sin que nadie te lo premastique?

Al mismo tiempo, pienso en este foro que devoré desde la pantallita de mi ordenador, esa obra monumental de las generosísimas Susana Pedreira y Diana López Varela, y veo que estoy sumergida de lleno en las historias laborales y personales de todas esas mujeres, periodistas de aquí y allí, con esta y la otra especialidad, bagajes tan diferentes y que me hablan específicamente a mí. A mí y a todas.

Menos mal que hay quienes decís las cosas que hay que decir. Gracias.

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