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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Hablad, por favor

El síndrome de la impostora nos racanea voces interesantes, pertinentes y formativas

Maruxa2HANYA YANAGIHARA es la autora de Tan poca vida, un novelón como un ladrillo con el que cargué un verano. Lo leí en aviones y trenes, sentada en bordillos y en camitas de 90, con las piernas estiradas en rocas sobre el mar y en esos bares céntricos de ciudad que son la guinda de una tarta, que siempre parecen incrustados en ella pero hechos de otra cosa, de la misma que otros bares de otras ciudades. El ejemplar está ahora asqueroso, traqueteado, y flácido. Así se quedan los libros de tapa blanda que ruedan sin detenerse, que se posan en cualquier sitio, que se llenan de agua y se secan al sol, como alguien que hubiese adelgazado demasiado rápido.

Aún no tengo claro qué pensar de él, años después. Uno de sus protagonistas sufre tantísimo que a menudo tuve que levantar la vista del párrafo para recordar dónde estaba y descansarla en la naturaleza junglosa, donde la vegetación parece hecha en bloque, totalmente trenzada como los auriculares al sacarlos del bolso. No tiene un principio y no tiene un final. Helen Garner viaja a Vanuatu y le horroriza el paisaje tropical, pasa los días soñando con Escocia, donde "se anima a las plantas a crecer separadamente, con dignidad individual". Yo, sin embargo, encontraba mucho alivio en esa masa de verde oscuro, con sus hojas crujientes y sus bichos, ignorantes de los horrores del libro.

Recuerdo ahora aquello, en realidad, porque, en las fotos de un desfile de moda en París, veo a Yanagihara sentada en la primera fila mirando fijamente a una modelo a su paso. Está en calidad de directora de T, la revista de estilo del New York Times. Ha trabajado en revistas toda la vida. Tardó 18 años en escribir su primer libro y 18 meses en escribir Tan poca vida, una novela a la que dedicó las noches y los fines de semana. Por entonces estaba en plantilla de una revista de viajes y, después de esa novela, le ofrecieron el trabajo de directora de T, que dice que era su sueño, su gran anhelo profesional.

Cuenta que la noticia fue recibida con levantamiento de cejas por el mundillo literario, que muchos le dijeron que no sabían que en esa clase de revistas hubiera "palabras que merecen ser leídas". No es el camino habitual de una escritora muy vendida, cierto, de quien se esperaba que deje su trabajo alimenticio y se dedique por completo a la literatura. Dice que esas opiniones sobre lo que debía hacer, sobre lo esperable en su caso, sobre si desperdiciaría su talento, le dan igual. Lo ha contado desde entonces en todas las entrevistas. Me gusta leer sobre mujeres así, las que lo tienen claro y lo cuentan, las que creen que se pueden hacer cosas distintas, que piensan que valen para más de una, que se fían de su propio juicio. Las que hablan.

A finales de los 70, se dio nombre a un fenómeno que manifiestan muchas mujeres: síndrome de la impostora. Se llama así a la percepción de que has llegado a donde sea trabajando, sí; pero sobre todo, por suerte; que tampoco eres para tanto, que no tienes nada que no tengan los demás y que cualquier día se revelará que eres un fraude.

Es esa, creo, la razón por la que muchas mujeres siguen negándose a ser entrevistadas, a ser citadas en artículos que abordan su campo de conocimiento, a participar en mesas redondas. A veces, muchas, no se les da la oportunidad, como si su trabajo fuera transparente; a veces se les da y la rechazan; a veces la aceptan y acuden haciendo de tripas corazón. Son después las que menos hablan. No es lo único, desde luego, pero también el síndrome de la impostora nos racanea voces interesantes, voces pertinentes, voces formativas. Hay luchas externas e internas. Esta es de las segundas y también hay que hacerla.

He visto esto mil veces. Llamo a alguien porque estoy haciendo este o aquel reportaje. Muchas mujeres dudan de que esté llamando al sitio adecuado, ¿no preferiría hablar con X? Quizás me convenga Y. Entrevisto a un grupo de gente, quizás varias médicas jóvenes y un solo médico; siempre es él el que se anima a tomar la palabra primero y, en ocasiones, casi exclusivamente, se crea una dinámica en la que casi se la ceden y solo cuando ha acabado se explican ellas.

También soy yo culpable de todo: de no insistir y de rechazar las oportunidades que a mí se me presentan. He publicado artículos solo con voces masculinas muchas veces porque son ellos los que aceptaron hablar conmigo, los que enseguida dijeron que sí y ellas las que dudaron, prefirieron que no, qué iban a aportar.Y yo lo acepté. No se puede forzar a nadie, pensé. Tampoco perseveré.

Cuando me llaman para algo, aunque ocurre poco, mi primer instinto siempre es negarme. Acto seguido, morirme del agobio. Qué sabré yo de eso, cómo puedo ser la mejor opción.

Así que aquí estoy, pensando en Yanagihara y, en esta semana y en todas las semanas, pidiéndoos que habléis. Por favor, hablad. Quiero preguntaros, quiero escucharos y quiero leeros. Queremos.

Hablad, por favor
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