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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El espíritu de la escalera

Querría ser ingeniosa pero siempre encuentro las réplicas demasiado tarde

Daría algo por ser ingeniosa. Esta es una expresión curiosa porque, en realidad, qué daría. ¿Unos centímetros de altura y ser ya definitivamente bajita para mi generación, cierta capacidad para concentrarme y quedarme con una aún más mermada, la habilidad para aprender idiomas con un pelín de soltura? Mira, no. Nunca darías nada a cambio. Esto quiere decir que querrías tener esa característica innata, sin mayor esfuerzo, igual que la tienen otros que nunca han tenido que intercambiar nada para conseguirla.

Sin nombreEl ingenio, la respuesta rápida y chusca, lo que se ha venido en llamar en los últimos tiempos el ‘zasca’ (y quizás no todo es lo mismo) son cualidades muy apreciadas hoy en día. Epatar está de moda y ha de hacerse rápido, con sorpresa y efecto, aparente cero reflexión, todo impulso. Como si solo escuchar determinadas frases empujara las respuestas, ya preparadas en la boca para caer de ella.

Para el ingenio no valgo porque mi cabeza es olla lenta: estoy todavía decidiendo qué pienso de polémicas del 2016. Pero una puede soñar, como tantos hacen, con una réplica reverberante, que deje al interlocutor con esa cara que se te pone, que parece que unas manos invisibles te escurrieran una mitad sin tocar la otra, la boca abierta retorcida en solo una comisura, el ojo medio guiñado, tres arrugas en la frente. Todo ese amasijo facial es fruto del esfuerzo frenético, y vano, de tu cerebro, que se te trasluce.

Sin embargo, de lo que sufro es de otra cosa, del espíritu de la escalera, que no es lo contrario al ingenio, eso es no tenerlo en absoluto, sino algo incluso peor: tenerlo con retraso. El espíritu de la escalera es una expresión traducida literalmente del francés (supongo que lo correcto sería ocurrencia de la escalera) y alude al fenómeno según el cual se te ocurre la réplica adecuada cuando estás bajando la escalera; o sea, abandonando la tribuna, marchándote; en definitiva, demasiado tarde. Se le atribuye a Diderot, otro paniaguado como yo al que el ingenio ajeno dejaba con la boca abierta y apocado, pero que refulgía en elocuencia cuando abandonaba la reunión. Diderot y yo, tal para cual. Cómo me gusta equipararme sin miramientos con personas ilustres, pero por lo bajo: nos igualan los defectos, no las virtudes.

A Rosseau le pasaba lo mismo. Y recuerdo un artículo de VilaMatas de hace años en el que se preguntaba si la literatura toda no sería fruto del espíritu de la escalera, una venganza colectiva de personas incapaces para la réplica rápida pero bendecidos para la lenta, para la reflexiva, que en algún sitio tenían que depositar porque si no, qué rabia más grande. Encuentro esta teoría más que razonable. Sería el escribir la sublimación de ese alivio enorme que sientes cuando das con la respuesta perfecta y la subsiguiente frustración por no poder retroceder en el tiempo para dársela a la persona adecuada en el momento justo. Decía el autor que él mismo había intentado coincidir con alguien y reproducir las circunstancias de un encuentro previo para tener al fin la oportunidad de soltarle la réplica exacta, que había encontrado demasiado tarde.

Mi hito replicante sucedió en la adolescencia, cuando estando en una casa irlandesa llamaron por teléfono y contesté; preguntaron por alguien que no estaba, lo dije y mi interlocutor se dirigió a una persona que estaba con él para contarle que estabahablando con la 'fucking french student', a lo que le dije enseguida que no, que hablaba con la 'fucking spanish student'. El hecho lamentable de que aún cuente este episodio pasados 25 años prueba lo escaso que es en mi biografía dialéctica.

Yo querría otra cosa. Y Diderot y Rosseau y Vila-Matas. Yo querría el ingenio despierto, efervescente, brillante, el del cuchillo entrando en la mantequilla, que llega hasta el final rápido, sin encontrar obstáculo a su paso. Yo querría la chispa de la sufragista Annie Kenney, diosa de la réplica, a quien un hombre dijo en una manifestación: "Si fueras mi mujer te daría veneno" y ella, lista como un ajo, respondió: "Si fuera tu mujer, me lo tomaría". Toma ya.

El espíritu de la escalera