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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Empoderadísima

Breve historia sobre las consecuencias de enfrentarse a una 'acción empoderadora'

TODOS LOS años hace el mismo tiempo por estas fechas y todos los años me sorprende igual, como si fuera algo nuevo, de estreno. Las mañanas están llenas de un aire fresco, casi frío, que tiene calor en su interior. No sé cómo explicarlo, hay una promesa de mediodía al sol. Quiero decir que vas tiritando por la calle, con una blusa demasiado fina, pero una certeza te consuela.

MaruxaEn eso pienso, cuando entro en el hospital, apurada, con prisa por esperar, ese comportamiento absurdo que nos une a todos. En el vestíbulo gris, hay un espejo de pie con una pegatina que dice "Recuerda que la mujer más importante está, ahora mismo, delante de ti". Es un espejo para mujeres, atención. Un espejo que nos quiere
empoderar.

La cosa es que yo estas cosas las critico, pero en realidad a mí me funcionan. Quiero decir que todas esas acciones, que es como se les da en llamar, van y me empoderan. Hay que fastidiarse.

Eso sí, me empoderan mal, me empoderan al revés, para el lado que no es.

Retrocedo y reduzco velocidad a ver si me explico. Vuelvo a lo del fresco de la mañana y lo inesperado que me parece, como si Meteogalicia me lo programase a traición. Lo de que lo voy rumiando cuando entro en el hospital un poco alocadamente y veo el espejo. Los segundos que tardo en reconocer la naturaleza muerta de espejo con pegatina como una acción empoderadora.

Luego ya se precipita todo. Siento el corazón a lo loco. El corazón es un órgano que solo percibo en momentos así. La mayoría del tiempo hace un trabajo silencioso que le agradezco comiendo un aguacate de vez en cuando y viviendo en un tercero sin ascensor. El espejo me recuerda a gritos su existencia, cómo me reparte por todo el cuerpo una sangre que noto espesarse, un caldo al que se le está echando harina y ahora parece que le costase llegar a según que sitios y a otros llegase enseguida. En una gravedad inversa noto los dedos de los pies fríos y la frente, febril. Cómo puede ser. Me miro en el espejo, bajo la puñetera pegatina y, efectivamente, los tobillos blanquean y la cara se ruboriza.

La cristalización de la sangre me ayuda a pensar muy rápido. No pensar, no, a proyectar en la cabeza una concatenación de imágenes: Hulk volviéndose verde y rompiendo la camisa, vajillas de porcelana fina precipitándose al suelo y los añicos extendiéndose como quien posa un mantel, Michael Douglas sacando la metralleta en Un día de furia porque la hamburguesa sobre el mostrador nada tiene que ver con la de la foto, yo misma arreando a los bienintencionados diseñadores de acciones empoderadoras con el espejo y atrayendo dos millones de años de mala fortuna sobre todos nosotros. El cabreo ya lo ocupa todo, tanto, que me olvido del frío y me quito la chaqueta. Mi enfado que hierve me abriga de sobra. Supongo que esa es una de las dos cosas para las que sirve el espejo y su pegatina: entrar en calor de indignación o la nada de la indiferencia, no me imagino ninguna otra cosa.

Emprendo el camino al sitio que iba con nuevas cosas en la cabeza para rumiar, un pasto fresco que amarga: de qué sirven las acciones, quién piensa las acciones y quién reacciona ante las acciones. Me respondo enseguida porque yo soy mucho de concederme esa cortesía, no me dejo las preguntas colgando. Me digo que yo misma reacciono, enseguida me reafirmo en la manera en cómo somos ya el receptor de tantas acciones vacías, que nada cambian, pero llegamos con tanta dificultad al poder real, que es el que sirve, el que cambia cosas, el que da  oportunidades y el que las quita.

En fin, que al final sí, lo del espejo me funcionó. Me voy de allí sin nada de frío, cabreada del todo, empoderadísima perdida.

Empoderadísima
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