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El ruido

VIENDO LA serie sobre Julia Child, la mujer que popularizó la comida francesa en el mercado anglosajón e inventó los programas televisivos de cocina, me encuentro con una escena que recoge las dudas previas a su primera entrevista. Se plantea recurrir a una anécdota muy querida, la clase de historia que has ido contando a tus distintos grupos de amigos y con la que siempre quedas bien. Su marido le pregunta si está segura, si no será eso banalizar sus vivencias, abaratarlas, perder una experiencia especial al compartirla de esa manera por televisión.

Pienso entonces que leído mil veces, y he creído sucesivamente, dos ideas contradictorias.

El Ruido - El Portalón - María Piñeiro (11.06.2022) - Interior

Una es que hay que hablar de las cosas de una, hay que comentarlas, hay que compartir. Hay que darse, hay que ejercer la vulnerabilidad, hay que trabajar la franqueza de forma generosa, sin racanearse, sin guardar para el invierno. Entregarse así, a calzón quitado, da sus frutos. Es un temor pueril pensar que las ideas se acaban, que tienes un cupo limitado y si las cuentas, si las compartes, si las gastas llegará un día en que te quedarás sin ellas y tendrás que vivir y vivir, con la lengua fuera, experimentar y digerir, pasar por tus jugos gástricos y tu microbiota todas esas vivencias que las convertirán en solo tuyas, que las hará únicas. La fabricación laboriosa de las ideas nuevas es mentira. Es mentira cuantísimo y cuán rápido y con qué entrega hay que vivir para derrochar ideas a lo grande y confeccionar otras nuevas al mismo ritmo, para no quedarte en los números rojos de la originalidad, del intelecto genuino. Todo es, en realidad, una argamasa de producción conjunta, del mismo sitio del que sacas y sacas surgen nuevas vetas. Quienes defienden esto, yo misma a menudo, creen que es precisamente esa extracción constante, ese carácter de mina operativa 24 horas, la que contribuye a la rotación. Se tienen ideas y se metabolizan vivencias gracias a que se comparten. Forma parte del proceso.

Otra es que hay que guardarse, el compartir debe ser controlado y medido, no hay que darse en exceso. Por varios motivos merece la pena ejercer la contención. Uno de ellos es porque el cerebro es un atontado, músculo fallido que tiende a la vagancia. Si tú anuncias un plan, o una minúscula parte de un plan, apenas una ideílla minúscula, es perfectamente capaz de asumir que has puesto en marcha ese proyecto y relajarse, parar las máquinas, cerrar el chiringuito. Otra razón por la que conviene no regalarse tanto es para no perder tiempo ni carácter, para no convertirse en estrella de las redes sociales, algo que es malísimo si lo que se quiere es tener pensamientos originales, para no acabar entregada a la representación constante de una misma, trabajando hasta el final el personaje de la que tiene ideas arriesgadas, pero no teniéndolas. Esta teoría defiende que el silencio es más fértil, infinitamente más evocador y el mejor de los espacios creativos.

Ya no se me intercalan ambas teorías en el pensamiento según el momento, ahora ya las creo casi simultáneamente. Tengo dos señorcitos en la cabeza tirando de una cuerda en sentidos opuestos, gritándose cosas a ver si uno de los dos cede. No lo recomiendo.

Pasa una cosa muy curiosa. Para dejarlos pelear en paz y ver cuál gana sin interferir mucho me entrego a la inacción. Atención, lo que me propongo es decidir sin pensar, que caiga sobre su propio peso qué es lo más conveniente si compartir mucho, como manda el siglo XXI y las redes sociales, o ejercer el recogimiento, como manda quizás el XVI y Montaigne. Es decir, que con esa intención de no elegir, acabo eligiendo el silencio. Mejor guardarse, que ya hay mucho ruido.

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