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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El olvido de Cristina

Me compré un libro para fabricarme un recuerdo y acabé conservando el de otra

ME COMPRÉ un libro el día de cierre definitivo de una librería y lo hice, más que por verdadero interés en ese ejemplar en cuestión, que pichí pichá, por la efemérides. Me horroriza comprobar que cada vez soy más sentimental, pero me lo permito todo, me malcrío. Así que admito que me compré el libro para hacerme un recuerdo, el del último de ese sitio del que tengo tantos.

Cuando llegué a casa lo abrí y vi que la primera hoja estaba escrita, de arriba a abajo, con una dedicatoria enrevesadísima, no porque el mensaje fuera misterioso, evocador, broma íntima entre dos, sino porque pecaba de eso que mata el guiño, la seducción y el arte: querer contentar a todo el mundo. Era un discurso compensatorio y ambiciosísimo, inútil. Deseaba a Cristina un feliz año 2012, a sus padres y hermanos, confiaba en que se produjeran muchos encuentros mutuos, que todos estuvieran bien y que, además, su lectura le entusiasmase. Pides mucho tú, firmante.

Aquella era una librería de originales, no de segunda mano, lo que quiere decir que a la receptora del regalo no le convenció la dedicatoria y lo devolvió a principios del 2012, que las libreras no se percataron de lo que incluía al aceptar la devolución y que a mí, años después, me salió regulín el objetivo ese de hacerme un recuerdo porque acabé con el de Cristina. Con el desechado por Cristina. Acabé con el olvido de Cristina, concretamente.

IlustraciónHay gente a la que lo que más le gusta de rebuscar en libros usados es encontrar dedicatorias, o anotaciones de los antiguos dueños en los márgenes; que creen que una obra subrayada se enriquece de las dos lecturas, la propia y la del anterior lector, y que se crea un diálogo a través del tiempo entre quién eres tú ahora leyéndote este libro y quién era aquel leyéndose el mismo libro pero que seguramente percibiría como otro. A mí, sin embargo, me resulta un poco inquietante. No aprecio que me dirijan la mirada y las anotaciones me distraen muchísimo. Si subrayamos lo mismo, qué predecibles somos; si nos fijamos en cosas distintas, qué fue lo que le llamó la atención al otro justo ahí. Me desconcentra ese lector del pasado mirando por encima del hombro. En un libro impoluto cuando encuentro en la página 150 el único subrayado, me sobresalto con esa traición: confié en tu vacío, en tu ausencia de opiniones, en tu presencia invisible y así me lo pagas, propietario previo.

Las dedicatorias son peores porque, a poco delicadas que sean, me rompen el corazón. ¿Es absurdo que te rompan el corazón los asuntos de dos desconocidos? Efectivamente, pero ya avisé en el primer párrafo de mi sentimentalidad, es lo que hay.

En La sombra de Naipul, el libro de Paul Theuroux sobre su amistad y enemistad con el escritor trinitario cuenta cómo fueron unas dedicatorias las que pusieron la puntilla a su relación. Encontró en una librería de viejo todas las primeras ediciones de sus libros primorosamente dedicadas a su amigo, que las había vendido porque para entonces el valor sentimental no superaba al económico. Ese es un libro muy criticado, considerado como una rampante traición por los amigos y familia de Naipul, que veían a Theroux destilando envidia, frustración y ansias de acaparamiento. A mí me parece fantástico, una joya sobre las dificultades de la amistad entre dos personas que se dedican a lo mismo, en alejados puntos de sus carreras, que triunfan en distinta medida y a distinto ritmo. La historia de un alumno que quiere exprimir a un profesor brillante, de un profesor que quiere ser venerado, del deseo de superación y de la constatación del envejecimiento. También una eterna conversación sobre la tarea de escribir. Me encanta y entiendo a Theroux, su indignación al ver sus obras dedicadas a un amigo del alma marcadas a 1.500 dólares el ejemplar. Si me duele que Cristina devolviera un libro con una dedicatoria de postal navideña, cómo no voy a estar con Theroux. Imaginen hasta qué punto que conservo sin leer el libro de Cristina.

El olvido de Cristina