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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El duelo

He dedicado la semana a observar a Montón y Baselga ignorar la evidencia

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA
Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

LO DE LAS fases del duelo se cumple a rajatabla. Sea el duelo el que sea, la primera siempre es la negación, quizás el más incomprensible de todos los pasos para quien es espectador y no protagonista.

Pensé en esto esta semana con un ojo aquí y otro en Nueva York, un estrabismo informativo obligado por dos caídas simultáneas en el mundo sanitario, las de la ministra Carmén Montón y el director médico del Sloan Kettering Center, el oncólogo Josep Baselga. Como soy muy novelera, a estas noticias les escribo yo el diálogo interior de cada personaje, que es un poco el mismo. De esta salgo, no tiene tanta importancia, ya me dirás tú en qué afecta, no es como lo de otros que eso sí que es tremendo, lo mío es diferente, es un despiste, un olvido, una coincidencia, una circunstancia, una tontería, no repercute en mi trabajo, eso es otra cosa.

A Montón me la imaginaba en el Ministerio, con las manos en las sienes y los codos clavados sobre una mesa pesadísima, la típica de despacho en una Administración. A Baselga en su oficina de Nueva York, la misma a la que me dijo que le llamase el día que lo abordé en un congreso para pedirle una entrevista. Aceptó con un "por supuesto" porque, y esto está comprobado, para los triunfadores no hay periódico pequeño y usó esa expresión, oficina de Nueva York, con la certeza de que yo sabía cuál, cómo no iba a saber, si no supiera no estaría allí hablando con él. Nunca llegó a producirse y ya no puedo llamarle a la oficina de Nueva York porque ahora no está.

Creo que durante esa fase de negación, en realidad, ya se ha tomado la decisión. Mientras se decían que malo sería, que no era para tanto, que llegaría otra noticia y barrería la suya de las portadas, de las teles y de la internet entera, ambos sabían que se iban. Nos pasa a todos, quiero decir, alargamos esa conversación interna por no arrancar la tirita ya mismo sabiendo que justo eso, y no otra cosa, vamos a tener que hacer. Qué flojos somos.

Me parece ese un momento interesante. El más curioso de todos. Siempre me pasa con todos aquellos en el que el cuerpo parece saber antes que la cabeza, que se empeña ella sola en razonar otras salidas, en esperar milagros, en tener la maquinaria funcionando a todo trapo por un objetivo estéril. Me ocurre con los desamores, con el ahínco con el que trabajamos en ignorar las señales, luces parpadeantes que nosotros interpretamos como órdenes para mirar hacia otro lado; también con las amistades que acaban, con la distancia que se abre y corremos y corremos sin que eso nos acerque.

Montón y Baselga, cada uno en su orilla, dedicaron ese momento de certeza no reconocida a lo mismo. Además de agarrarse las sienes y preguntarse por qué a ellos, recibieron en sus despachos a los periodistas que destaparon que a ella le regalaron el master y que él no declaró en sus artículos científicos que recibía dinero de las farmacéuticas. La ministra intentó convencerles de que sí lo había cursado y que había hecho el trabajo de fin de máster; el oncólogo, de que en una parte de los artículos no era preciso hacer declaración alguna y que, en los que sí lo era, la ausencia respondía solo a un olvido. No era suficiente con vivir en esa fase de negación, además querían que fuese compartida.

Pasaron estos casos y vendrán otros casi idénticos. Están viniendo ya. No aprenderemos, estoy convencida. Volverán sus protagonistas a pasar esa travesía del desierto que es la negación. Qué pocos tragan saliva y hacen lo que tienen que hacer, pero cuántos menos lo hacen, además, cuando lo tienen que hacer.

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