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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El diccionario

Estudiar un idioma es una pastilla efervescente para el cerebro

En esta pandemia nuestra me apunté a unas clases de chino por Zoom, junto a una profesora motivada y otras seis estudiantes con distintos niveles de entrega, incluidas Mujer Infalible y Tendencia a la Espesura. Todos conocemos a ambas porque ya hemos ido con ellas a clase y también las hemos encarnado en algún momento. La primera es esa persona despierta y concentrada que, cuando se pide un ejemplo, tiene a mano el básico y también el complejo, para usuarios avanzados. A Mujer Infalible no la odias porque, aunque te ronda la envidia, sigue la clase con la naturalidad de un hablante nativo y la presencia de un monje zen nivel premium. Mujer Infalible está a lo que tiene que estar, dice que lo que tú querrías decir y pregunta las dudas que se te empiezan a formar al fondísimo del cerebro, en una masa amorfa, ese bizcocho aún subiendo en el horno. Se te adelanta, así de infalible es. Si alguna vez he sido esa mujer, jamás en clase de chino.

MARUXALo que sí he sido, y a menudo, es Tendencia a la Espesura. Esta es la persona que está decidida a entender de una vez aquella peculiaridad gramatical, pero a la que se le cruza un pensamiento cualquiera y adiós, adiós, para siempre adiós. A Tendencia a la Espesura le basta desconectarse dos segundos para perder el hilo completamente y hace una pausa dramática antes de cada palabra. Componer una frase le lleva una eternidad, a veces dos. Habla a trompicones porque piensa a ráfagas y dice muchísimo mmmmmm, qué va a decir. En una clase por Zoom, Tendencia a la Espesura es aquella a la que ves esfumarse porque le suena el telefonillo, le borbotea la cafetera o se le olvidó el cuaderno en otra habitación.

Me encantaban las clases porque, aunque sea yo bastante Tendencia, el chino es una cosa burbujeante para mi cerebro, una pastilla efervescente. Me sigue pareciendo mágico, tanto tiempo después, echar un vistazo a ese conjunto de palitroques y entender lo que dicen. Algunos palitroques seleccionados, por supuesto, notallpalitroques.

Lo mejor del reencuentro fue descargarme el diccionario de chino en el móvil, un milagro para quien empezó a estudiarlo exclusivamente con uno de papel. Desde entonces lo tengo haciendo horas extras, pronunciando doscientas veces una palabra que se me atasca o buscando cosas al azar solo para escucharlo un ratito. Me parece un lujo imposible esa voz nativa, pronunciación perfecta, tonos exactos, lectura lenta. Justo lo que necesita una Tendencia a la Espesura como yo, aunque me recuerde sin parar la pobrísima contribución que hice yo a mis compañeros reversos, a los chinos estudiantes de español.

Vuelvo a confesar aquí que cuando viví en China con una beca exigua hice algunos trabajillos lamentables para sacarme unos yuanes. Entre ellos, el de sustituir durante una jornada de grabación a una voz de diccionario, una mujer hispanohablante que leía pausadamente las palabras en español de uno electrónico destinado a chinos interesados en el idioma. Como pagaban bien, acepté la propuesta enseguida y llegué al estudio de grabación imbuida por cierto espíritu de Mujer Infalible, con adelanto y motivadísima. Me entregaron una lista de sustantivos de la letra A con sus artículos y comprobé horrorizada que creían que todos los nombres en español podían ser indistintamente masculinos y femeninos. Empecé a balbucear al equipo, todos chinos, que no, que no. Que todo mal, que el español no funcionaba así. Ellos a encogerse de hombros y a señalar el reloj, que se les pasaba la hora de grabación, que el alquiler del estudio era carísimo. Yo, a agarrarme las sienes y a abanicarme con las listas. Siento reconocer que sucumbí, que me senté donde me indicaban y me acerqué al micro.

Siento admitir que, por cuatro yuanes de nada, traicioné a otros como yo y ahora hay un estudiante chino retomando el español, otro idioma del demonio, pulsando los botones de su viejo diccionario electrónico con todo el ímpetu y escuchándome a mí decir doscientas veces: "La autopista, el autopisto". Solo de pensarlo me da un poco "una aneurisma, un aneurismo", la verdad. Desde aquí pido "el absolución, la absoluciona". 

El diccionario
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