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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

El desencanto

Me consuela de mi generación haber sido colectivamente ilusos

LEO ‘FELIZ FINAL’, de Isaac Rosa, que es una novela tristísima sobre el amor y la pareja, que rebobina una relación y muestra de esa manera, de adelante a atrás, cómo se deshace, con todas las mezquindades, y también los tiempos buenos, que los protagonistas tuvieron. Lo cuenta a dos voces, para que veamos de qué forma cuando uno lo ve así otro lo ve asá, algo que se nos olvida a menudo si somos nosotros un miembro de ese dúo, cegados a toda perspectiva que no sea la nuestra, empecinados en una mirada.

Es la historia de un matrimonio roto, o más bien rompiéndose, con dos hijas, que ahonda en una cuestión que tantas otras ficciones pasan por alto: los efectos de la precariedad. Los problemas económicos lo dificultan todo: la felicidad de una pareja pero también su separación.

EoCuando una familia se levanta con esos mimbres frágiles de trabajos inseguros y mal pagados, que se ejercen en sectores en crisis, llega a veces a un punto en el que la única salida es la inmovilidad, seguir como está, aunque cueste. Estos dos quieren salir de ese punto.

Veo Las distancias de Elena Trapé, una película tristísima también (qué enero llevo) sobre la amistad, el crecer y las expectativas. Un grupo de amigos de la carrera visitan a otro en Berlín. Es un viaje sorpresa que maldita la gracia que le hace al anfitrión y que revela ese horror que es percatarse de que una amistad se ha acabado, que las cosas no son cómo creías y que los planes no salen. Es una película diría que elegante, un adjetivo muy difícil de usar pero que parece adecuado en esta historia de sobreentendidos y que tiene el acierto de enseñar lo justo. Es cierto el título, es un relato de distancias: las que hay entre unos y otros, suponemos que antes más cortas cuando eran más jóvenes y la vida, más fácil; y la que también hay entre lo que se aspira a ser y hacer y lo que se acaba siendo y haciendo.

Ambas, película y novela, me dejan ese regusto de café quemado que sigues notando en la garganta horas después y te sorprende ya en otros lugares, en otras tareas y en otros estados mentales. Conviene que lo que se lee y se ve permanezca, claro, pero le doy vueltas a por qué estas sí y otras cosas se me pasan por alto. Hace años que estoy en ese punto en el que veo el lomo de un libro en el estante y recuerdo cuándo lo compré y dónde, con quién estaba, el sofá viejo en el que lo leí, o aquella playa, lo muchísimo que me gustó u horrorizó, cómo después escuché a noséquién hablar de él y pensé que parecíamos haber leído libros diferentes. Evoco todo eso y nada del contenido del libro, igual que empiezo a ver una película y no recuerdo que ya la he visto, tiene algo de terreno conocido pero lo suficiente de inhóspito para seguir, hasta que, a diez minutos del final, recupero la carpeta de la historia completa.

Es horrible y fantástico que los libros hablen de nosotros

Pero es que estas historias hablan de mí. A ver, de mí...de los míos, en realidad. No estoy yo separándome ni viajando a grises capitales europeas para percibir el fin de una amistad, pero todo me suena. Todo lo he vivido o lo voy a vivir, o lo han vivido o lo van a vivir quienes me rodean. Es horrible y fantástico a la vez que los libros y películas hablen de nosotros, de este desencanto nuestro, de las cosas que creímos. Da mucho miedo ver a tu generación retratada porque en ellos reconoces gran parte de tu perspectiva, de la manera absurda en la que muchas veces miras el mundo.

Parece ser que los de la generación X teníamos este pensamiento inocente de que las cosas iban a ir cada vez mejor. Quiero decir linealmente mejor. En el trabajo, por ejemplo, haríamos un camino estable de subida, de mejora y consolidación, de conquistas.

En la pareja, contemplábamos la posibilidad de que no funcionase, pero se nos daría después una segunda oportunidad, o una tercera y en unas condiciones mejores, con una cabeza madura, pero también una vida madura, sufragada con la cuenta corriente madura fruto de ese trabajo mencionado antes, ese en el que cada vez lo petábamos más. Separarse sería un paso, no una cosa dolorosísima que te hunde en la escala social, que te manda de vuelta a la casa materna como les ocurre en realidad a tantos.

Las amistades serían eternas y todas se mantendrían frescas con el contacto tangencial de las felicitaciones por whatsapp y algunas cañas aquí y allá. No habría envidias ni decepciones ni revelaciones tardías. No se agradecerían tantísimo las que quedan, las que siguen, porque todas quedarían y seguirían.

Pienso que, al final, en este enero en el que he elegido todo lo animoso y lo generacional, encuentro algo de consuelo en que hayamos sido colectivamente ilusos, en estar tan acompañada en esas intenciones aunque para tantos no hayan salido y vayamos de bacatazo en bacatazo de realidad.

El desencanto
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