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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Dos palabras alemanas

ESCRIBO EL día de mi cumpleaños. Llueve y hace frío. Se supone un momento cargado de significado que, sin embargo, no significa nada. Qué tiene de especial, qué recordaré pasadas las semanas o los meses. Pues esto, lo que escribo, este empeño de empezar algo nuevo en este momento y, entonces sí, cargarlo de significado. O sea, recordaré una voluntad. La trasladas a otro momento, la ejerces en otra ocasión y la cargas de significado a ella, no a esta.

Me recuerdo en Pekín, en el piso 28 de la residencia, la planta en la que vivía Genaro, el chileno. Cómo me fumaba un cigarrillo en su balcón de hormigón gris (entonces aún fumaba), mirando las figuritas que recorrían la calle, las copas de los árboles allí abajo, la manera en la que se iban incorporando luces cuando empezaba a anochecer y me decía: "Recordaré esto siempre, esta ciudad desde aquí". No sentía felicidad, no era eso, pero sí cierta plenitud, la planificación de un designio. También un poco de épica y sentimentalismo, lo que siempre me avergüenza. Son sentimientos poco refinados.

Para entonces ya llevaba meses en China. Aún no se había borrado toda la novedad, eso no ocurre nunca, pero alguna sí. Me había visto en escenas que esperaba y también en otras nuevas. La mayoría  de las conocidas, en las que me imaginé preventivamente aún en casa, salieron de los libros, algunas del que José Ovejero escribió en los 90 sobre su estancia de dos meses en el país: uno estudiando el idioma, otro viajando. Aparecían ya en otros que había leído antes y en los que leí después, pero siempre tuve presente el suyo porque incluía también las que transcurrían en una clase, con su profesora, durante el desesperante aprendizaje de esa lengua del demonio.

Ilustración para el blog de María Piñeiro. MARUXA

Recuerdo su introducción, cómo explicaba dos palabras del alemán de las que a él, entonces traductor, y a otros que se dedicaban a lo mismo, les costaba encontrar equivalencia en otros idiomas: ‘heimweh’, la morriña del hogar, del terreno conocido, del lugar donde uno se siente en paz, y ‘fernweh’, la nostalgia de lo desconocido, de lo que está por descubrir, un anhelo por lo lejano, ansia por buscar. Decía que él era un descastado, infiel a su pasado y desconocía el primero, pero sufría ataques de lo segundo. Por eso estaba en China. En la entrevista que le hizo Jaureguizar con motivo de su visita a Lugo hace de sí mismo, 30 años después, una descripción similar. 

Cuando lo leí, estando en casa, pensé que las introducciones se escriben en realidad al final del libro, que había dado con una justificación poética para su viaje y una elocuente alusión a su carácter: era al que le dolía la permanencia y necesitaba cambiar, poner tierra (mucha) de por medio, pero también el hipocondríaco del título, si no fuera por ese mal de ‘fernweh’ eso le pesaría y se quedaría en el sofá. Una vez en China cambié de idea, me pareció muy pertinente que empezara el libro justo por ahí y que bien podía haber sido justo eso lo que había puesto en marcha todo, era más que suficiente para hacer prender la idea y las ganas de cruzar medio mundo.

Decía que él  era un descastado,  infiel a su pasado

Cuántas veces recordé esas dos palabras y me pareció que llevaba ambas dentro y se me manifestaban simultáneamente, víctimas de un arrastre mutuo. Yo quería las dos cosas a la vez: estar en casa y lejos, la paz de lo conocido y la inquietud de lo nuevo, añoraba lo familiar y lo extraño, no alternativamente sino simultáneamente. La aparición de un sentimiento traía el otro, que traía el uno, que traía el otro. Sigo igual, temiendo el cambio constante y su contrario, toda esa sucesión de lo igual.

Seguramente fuera para luchar contra eso, para tratarlo como una veleidad, ese querer algo y su contrario, por lo que apresaba de esa manera los momentos en los que me paraba y recordaba que estaba en el sitio al que había querido ir. Que estaba, al fin. 

Recuerdo esos momentos perfectamente, como si fueran hoy. Han dejado una huella porque deseé que lo hicieran y son, en una época en la que me fabriqué tantos recuerdos, los más conscientes de todos. Me gusta guardarlos. El mundo parecía lleno de posibilidades. Quiero hacer lo mismo con este momento, con esta mañana de cumpleaños en la que escribo esto. Quiero guardarla para los días que vendrán. Y para los años. Quiero volver a ella y pensar que no me equivocaba, que significaba algo, que tenía razones para creer. Que mira, María, todo lo que has hecho.
 

Dos palabras alemanas
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