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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Didáctica del periodismo

Un periodista se enfrenta a ladecisión diaria de a quién traicionar

UN PSICÓLOGO que escribe libros de autoayuda le envió hace poco a Buenafuente el guión completo de su entrevista: se hizo las preguntas y se hizo las respuestas . Cuando el presentador le preguntó por qué le llegaba con tal cosa, le contestó (y atención al candor de la respuesta) que los periodistas "a veces hacen preguntas que uno no quiere responder". El presentador confesó que era la primera vez que le ocurría algo parecido. Yo, sin embargo, no me explico cómo puede tener una carrera de varias décadas libre de injerencias así.

Lo que me ocurre con esa clase de intervenciones me resulta muy difícil de explicar. Oscila entre cierta comprensión puntual, bochorno y hartazgo, entre la desgana por tener que seguir haciendo didáctica del periodismo y la certeza de que nunca se puede dejar de hacer. El grado de benevolencia con el que las contemplo depende, fundamentalmente, de la exposición pública que tenga esa persona, de lo bregado que esté. Que Felipe González pida revisar una entrevista en El País antes de ser publicada o que un autor que hace tanta promoción como el psicólogo al que iba entrevistar Buenafuente proponga preguntarse a sí mismo me sigue asombrado. El primero no tiene nada que puntualizar porque dice lo que quiere decir, a estas alturas no le abruman las entrevistas, no le confunden los periodistas, nadie le lleva a su terreno y si se va de la lengua debe asumir su responsabilidad y si no quiere que, de lo que dijo, se destaque algo que preferiría que pasara sin pena ni gloria tiene la opción (que parece no concebir) de callar. Pero no de pulirse a posteriori. El segundo, al que si es escritor se le supone también lector, necesariamente ha de saber que de las preguntas "que uno no quiere responder" salen las buenas entrevistas. No para el entrevistado, sino para los lectores, que son para los que se escriben, son para quien se supone que trabaja el periodista. Para el entrevistado trabaja, si lo tiene, su jefe de prensa, que es el que hace rular esa entrevista hecha a sí mismo en la que se pregunta y se contesta justamente lo que desea y cuya lectura quizás propicie la siesta.

De las sutilezas de la relación entre periodista y entrevistado, nadie ha escrito mejor que Janet Malcolm, que se ha preocupado como pocas sobre los límites de la confianza, de lo fácil que es quebrarlos, de cómo romperlos parece hasta intrínseco a la profesión. De nuevo hay que citar el comienzo de su libro El periodista y el asesino (y van mil veces). "Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. El periodista es una especie de hombre de confianza que explota la vanidad, la ignorancia o la soledad de las personas, que se gana la confianza de éstas para luego traicionarlas sin remordimiento alguno", escribió Malcolm hace 27 años.

Imaginen cómo fue recibido este libro por los periodistas. Mal, fatal. En él aborda el caso de uno de ellos que se aviene a escribir un libro sobre un médico acusado de matar a su mujer embarazada y sus dos hijas, asesinatos que atribuía a un grupo de drogadictos. El periodista firma un contrato editorial y cobra un adelanto, se entrevista sistemáticamente con el acusado, tiene un acceso total al equipo de la defensa. El médico es considerado culpable y, desde prisión, siguen en contacto. Por el contenido de sus charlas, está convencido de que el periodista contará su historia, dará a conocer al mundo su versión. El periodista acaba publicando un libro, Fatal Vision, en el que le describe como un narcisista, obseso de la publicidad y asesino a sangre fría. El médico no lee ni una página antes de que se publique y se entera del enfoque cuando ve una entrevista que el autor concede a una cadena de televisión, en la que cuenta que, iniciado el juicio, vio claro que efectivamente el sujeto sobre el que estaba escribiendo había matado a su mujer e hijas. El médico denunció entonces al periodista por romper el contrato y logró una indemnización de 300.000 dólares.

Malcolm ha explicado varias veces que su primer párrafo es extremo y que buscando tal cosa lo escribió, pero no deja de defenderlo. Y algo de eso hay casi siempre: una ligera, a veces mínima e imperceptible, traición. Si el periodista -ajeno a las aspiraciones y deseos del entrevistado, a lo que él quería que saliera o no saliera, que se destacara o que se obviara, que se preguntara o se silenciara- los ignora y se guía por su juicio, traiciona al entrevistado. Si deja en sus manos las decisiones, le permite desdecirse, cambiar respuestas, rehacer la redacción, si sigue fiel el enfoque que le manda sin cuestionarlo, traiciona al trabajo y a los lectores.

Por supuesto, Malcolm lo sabe. Los periodistas se vieron traicionados por una de los suyos, pero ella escribió un libro impresionante porque dependía de esa decisión casi diaria que debe tomar un periodista: a quién elige traicionar. Y ella eligió a los periodistas, ni al trabajo ni a los lectores.

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