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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Despertares

COMO EL despertar es tan irreal, una de esas cosas que parece que le están pasando a otro, he tardado muchísimo en darme cuenta de que tengo una rutina: miro por la ventana mientras se hace el café. Me ha costado percatarme. De lo de la ventana. Que bebo café cada mañana es algo de lo que soy muy consciente. Esa circunstancia ruidosa y olorosa separa mi día de mi otro día y del siguiente, me sacude por los hombros, me da dos palmaditas en las mejillas y me deja en el sitio mejorada, consciente. Tengo claro que si alguna vez el médico me prohíbe su consumo, y yo enajenadamente le hago caso, seguiré colocando con parsimonia la cafetera al fuego cada mañana, oyéndolo y oliéndolo salir, y luego verteré su contenido muy despacio en el fregadero, como si estuviera sirviéndolo en una taza de aluminio gigante, con cuidado de no salpicar.

Antes de que todos los silbidos, soplidos y farfullos que son la banda sonora de hacerse un café se sucedan, yo ya estoy en la ventana, mirando sin ver el paisaje que toque. Ahora es una huerta tupida, de árboles desmelenados y maleza frondosa, donde ya casi todo es sombra. Hay un manzano con unos frutos que hace solo dos semanas eran canicas de verde desvaído y han derivado en puños rojos, relucientes como una escarlatina.

Hay un rosal enano, que solo da tres rosas cada vez, unas flores abiertas e intocables, a las que el menor roce precipita todos su pétalos, una lluvia por contacto. Su vida es muy breve, pero si se cortan en la única tarde en la que están lo suficientemente prietas como para ser trasladadas del arbusto al jarrón sin desmoronarse, desprenden la fragancia más concentrada. Son una presencia extraña. Su olor dura días después de que ellas se hayan deshecho, un recuerdo machacón.

Hay a veces un gato peludo con un collar rojo, al que le gusta saltar vallas y marcar territorio a base de siestas. Por las mañanas, siempre duerme hecho un ovillo, enroscado cual gamba frita. Por las tardes, de espaldas, desplegado como masa de hojaldre estirada con rodillo, buscando un moreno sin marcas. Cuando se levanta y se va ligero, queda su silueta en la hierba, la forma exacta de un felpudo, impreso de tanto pisarse.

Llegado el verano, la luz de la mañana, que es amarilla y verde desde primera hora, un milagro minúsculo hecho de aire limpio y día por estrenar, venía siempre acompañada de trinos. Los producían pajaritos comunes, enanos, que cuando se posaban en el alfeizar siempre temblaban sobre sus patas de alambre. Volar no parecía en ellos un instinto ni la ventana su destino. Su aspecto apuntaba a que más bien los trasladaba el viento por azar y ellos, con su peso de hoja, se dejaban hacer. Sin embargo, eran cabezones, capaces de piar sin descanso, dándose la réplica unos a otros, rapeando. Siempre pensé que uno vivía cerca, casi dentro de la cocina, opinando a gorgoritos sobre mi forma de freír un huevo, de fregar la taza, de dejar alguna miga en la ventana. En otoño desaparecía.

Con mi espesura habitual, hasta esta mañana no he caído. No ha vuelto. Sigue la selva a mis pies, las manzanas brillantes, el rosal de flores fallidas, al que de tanto que se concentra en producir olor le salen así, deslavazadas; el gato desplegado y la luz amarilla y verde. Pero no hay quien le píe a todo eso. Hay, en cambio, quien le arrulla.

Ya los únicos pájaros que se me cruzan, cuando la cafetera ruge y yo miro por la ventana sin ver, son las palomas. Palomas tristes, de ciudad. Palomas grises y bien alimentadas cuyo gorjeo al unísono resulta insoportable, como de maquinaria agrícola que empieza a fallar. Si se posan en el alfeizar no parecen, como les ocurría a ellos, una decisión del viento, una mera parada en el tour previsto para esa mañana. Lo que parece es que se van a quedar ahí sin moverse, haciendo sombra con sus cuerpos rechonchos y arrullando al vacío. Opinando con arrullos, que es mucho más agresivo que hacerlo con trinos, y esponjándose para llamar a otras.

El café se desliza taza abajo y deduzco entonces que han sido ellas las que han echado a los pajaritos temblorosos, veraneantes tan fieles hasta ahora. Se posa una en el alféizar. Se posan dos. Cuando llega la tercera y ya están en plena charla arrulladora, golpeo en el cristal con el índice y las hago desaparecer.  A los pajaritos nunca les habría hecho eso. Cómo he podido dejar pasar medio verano sin darme cuenta de su ausencia. Qué despertar es ese.

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