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María Piñeiro, redactora de El Progreso, especializada en sanidad, chinista y autora de la sección El Portalón.

Desde fuera

Las luces navideñas que más me gustan son las que están en vuestras casas

MaruxaHA REABIERTO el bar de abajo. Durante años, fue un bar de siempre y, durante otros años, un local de esos misteriosos a los que parece que no va nadie pero que produce muchísimo ruido. Cómo en apariencia tan poca gente podía armar tal follón día tras día y con esa dedicación, dejando si acaso una tarde por aquí o una noche por allá de reparador silencio, era un misterio. La única certeza, fruto de una forzosa comprobación empírica, es que el reaggeton ayudaba.

En noches de desesperación, después de rodar por toda la cama como una apisonadora, me levantaba y lanzaba miradas significativas desde la ventana de la habitación. Hay quien cree que si la mirada se reconcentra, si con ella se proyecta un mensaje insistente, este llega, no hace falta hablar. Por ejemplo, puedes estar sentada en la fila 23 del cine y ver la nuca de un amigo que está en la 14. Arrojas tu mirada láser sin desfallecer para que se gire y te salude. Pues bien, no se gira y no te saluda. Ya os cruzareis a la salida. El método, que sigo aplicando con empecinamiento descerebrado, nunca funciona.

Entonces iba al salón y marcaba el teléfono del bar ruidoso. Enseguida apagaba la luz y, desde un pliegue de cortina, contemplaba, con su brillo azulado y débil, la puerta del bar. Parecía que podía verla retumbar. Cuando contestaban suplicaba que bajaran el volumen y siempre decían que por supuesto, enseguida. Acto seguido, lo hacían. A oscuras, para no darme a conocer, regresaba a la cama orgullosa de mi hazaña. Para entonces la música volvía a estar en su volumen original, criticando en la noche al noviesito de la moza que le gustaba al cantante.

El de ahora es mil veces mejor. Para empezar no ponen música, que es una característica que yo aprecio mucho en los locales hosteleros de mis inmediaciones. En los de las inmediaciones de los demás, lo admito, a veces la echo de menos. La del noviesito no, otra. El bar tiene, además, toldos, rotación regular de pinchos de tortilla y una luz cálida. Es uno de esos lugares que, cuando pasas por delante, invita a entrar solo comportándose con normalidad, tiene una rutina acogedora.

Me levanto temprano y me gusta comprobar que está abierto. Encuentro muy solidaria su luz prendida en estas mañanas tan nocturnas y vacías del invierno: estamos juntos en ese día de asco. A veces, me adelanto y veo a una de las camareras esperando a oscuras bajo el toldo a la hora de abrir, o una furgoneta de reparto con el motor encendido para que siga funcionando la calefacción, la cabina iluminada por la pantalla del móvil del conductor. Comprobar que hay quien aguarda por lo mismo que yo me reconforta.

Es, en fin, un bar que disfruto mucho más desde fuera que desde dentro, lo cual puede ser poético pero también malísimo para el negocio. El caso es que el otro día pensé exactamente lo mismo de la Navidad y sus ritos. Año tras año, como Marías hace con las procesiones o las obras públicas, dejo constancia escrita de lo poco que me gusta. Tiene cosas que sí, como los mantecados o el marisco, y cosas que no, como el sentimentalismo, lo cursi y que se llame turrón de fruta a una masa que lleva calabaza. Pero desde fuera es otra cosa.

Probablemente sea la única lucense a la que le ha parecido fenomenal que el encendido de las luces navideñas se dejara hasta bien entrado diciembre. Hago tanto por ignorar las fechas señaladas que, en cascada, he llegado tarde a todo lo demás. Casi me quedo sin lotería del trabajo y aún tengo regalos por comprar por culpa de Lara Méndez. Gracias, alcaldesa. No quiero ni pensar en mi grado de enfurruñamiento si viviera en Vigo.

Queda claro que esas ristras de Led de acera a acera, a mí plin, pero sí aprecio las que se intuyen dentro de las casas, los árboles iluminados en una esquina del salón, todas esas exposiciones de ventanas indiscretas que se me aparecen caminando por la ciudad. Hay algo en una fachada con la iluminación intermitente que presentan en Navidad, venga a guiñar ojos, ese morse lumínico, que me habla a mí cuando estoy en la calle lo mismo que me habla el bar abierto cuando estoy en pijama recién levantada.

En fin, que esa Navidad desde fuera, la que se intuye, me gusta. Veo las luces en vuestros salones y me dan ganas de ir a vuestras casas a comer vuestros mantecados. También la visión del bar en las mañanas de niebla me anima a salir a la calle con la promesa de un café.

Por supuesto, es todo una ilusión. Después de ver vuestras luces me gusta entrar en mi salón exento de espumillón, en mi pasillo sin parpadeo lumínico. De la misma manera, a veces, me asomo a la ventana para comprobar que el bar ya está abierto, ignoro con placer su llamada y me vuelvo a la cama a dormir cinco minutos más.

Desde fuera
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